La dignidad humana

iluminura1Irmã Martha Lucía Ovalle Pinzón,EP

Todo ser humano tiene una intuición fundamental sobre la dignidad humana, es decir, sobre el valor particular que cada uno posee. La dignidad constituye una sublime modalidad de lo bueno, de lo valioso y de aquello que está dotado de una categoría superior. El reconocimiento de su ser y de su dignidad, independientemente de su tendencia ideológica, descubre al hombre como un todo, como un universo completo, como alguien que merece respeto, protagonista de una historia única, singular, irrepetible, insustituible, alguien que no se dio la vida sino que la recibió como un don1.

En la filosofía y en la ética actual se difunden diferentes concepto de la dignidad humana. Esta no puede ser relativizada, ni depender de ninguna circunstancia. Por eso es de trascendental importancia hacer un análisis antropológico de la persona humana y así buscar un sentido a la vida del hombre, incluso cuando se encuentra cercada de dolor y sufrimiento. Por pertenecer a la naturaleza humana, todo hombre, en la situación en que se encuentre, es en sí mismo digno y merecedor de respeto.

¿POR QUÉ EL SER HUMANO ES DIGNO?

Maritain2 presenta el humanismo tomista como algo que es más que aquello que hay en el hombre. Pues sabe que el hombre fue hecho de la nada, pero también es imagen de Dios. Así, la dignidad del ser humano tiene su origen en esta imagen de Dios, que va implícita en la propia naturaleza del ser humano y en la capacidad de creación dignificante y trascendente de sus acciones. Con el conocimiento espontáneo, teniendo el sentido común, percibimos diferencias primordiales con otros seres de la naturaleza, además de una cierta, o mejor, gran superioridad respecto al mundo animal y vegetal, obviamente del mineral3.

Es propio del hombre conocer lo que es trascendente. Se trata de una superioridad especial que tiene una cosa sobre otra, por el hecho de ser intrínsecamente de una calidad más elevada. De todas esas criaturas terrenas, el hombre es el único capaz de pensar y, a través del raciocinio, llegar a comprender su trascendencia en relación a los seres que le están por debajo4. Esto nos habla de una dimensión espiritual del hombre.

Los hombres son iguales por naturaleza, y diferentes sólo en sus accidentes. Por el hecho de ser hombres, participan todos de los mismos derechos: derecho a la vida, a la honra, a condiciones de existencia suficientes, al trabajo, a una familia, entre otros; y todo lo que atenta contra esos derechos es contrario a la dignidad humana5.
El cristianismo realizó un importante aporte en el Mundo Antiguo al invertir la relación entre el hombre y el mundo, ya que elevó la vida humana, que se consideraba mortal, a la característica de inmortal, trayendo como consecuencia una gran esperanza para quienes sabían que su mundo estaba condenado.

Desde entonces, la vida adquirió el adjetivo de sacra, e incluso, en la Época Moderna continuó siendo un punto fundamental de referencia, sobreviviendo a la secularización y a la general decadencia de la humanidad6. Transponiéndose a la época actual, la prioridad de la vida terrenal se sobrepuso a la inmortalidad, pasando a ser considerada ésta un bien supremo7.

Por tanto, a pesar del progreso de la ciencia y de la desmitificación de la naturaleza que se ha derivado de ella, la vida continúa teniendo un carácter sagrado, y sigue siendo un misterio trascendente para el hombre. Sin embargo, el hombre no ha dejado de ocuparse de ella, de intentar dominarla y usarla como si fuera un juguete, es decir, ha relativizado el valor esencial de la vida. El respeto de la dignidad de la persona involucra varias características: cada persona es irrepetible y única, cada hombre es irremplazable y por lo que es en sí mismo: un ser humano8.

Teniendo en cuenta este panorama, es importante aclarar lo que se quiere expresar con la palabra vida. Es, en efecto, un término que define realidades intercambiables ya que la vida de una planta es muy diferente a la vida animal o humana. Para Tomás y Garrido “la vida humana tiene su identidad genética, responde a una singularidad biológica, es individual, irrepetible y paradójicamente presenta interioridad y apertura”9. La vida no solo es la esencia de la existencia del hombre en el mundo viéndola desde lo meramente biológico, sino también “se refiere a la vida plena, objeto del designio creador de Dios, que es la que en sentido propio, tiene valor absoluto”10. La vida además, es una interrelación de todos los hombres, unos con los otros, en la que se debe buscar el bien común.

dignidadeEn la Postmodernidad, se han venido divulgando ideas que cuestionan los valores esenciales de la vida. Se ha cultivado una mentalidad hedonista que busca el culto al cuerpo, como también hay el deseo de dominar totalmente la naturaleza. Claro ejemplo de esto es la clonación y la manipulación genética que busca generar vida, o el aborto y la eutanasia, que a su vez deciden sobre el fin de la misma, bajo la excusa del ejercicio de la libertad y de la dignidad humana. El Doctor Marco Aurelio Mejía afirma: “En esta concepción liberal podemos vislumbrar la ambivalencia de nuestros días fundamentada en una falsa autonomía que termina contradiciendo la libertad del hombre y su deber de conciencia”11.

Para Ana Marta González12 la dignidad es un concepto trascendental que pertenece totalmente al ser humano y hace una distinción entre el “ser” en el plano metafísico y el “deber ser” en el ético, ya que la naturaleza humana no es desde el principio forma alguna de totalidad finita que pudiera consumarse en sí misma como totalidad biológica, porque no sería posible la trascendencia racional sobre la vida si esta no tuviera de antemano la forma de la razón, de manera que los intereses de ésta no fueran totalmente diversos a los de la vida. Al tomar primero el “ser” como algo metafísico, se apela directamente a los atributos y responsabilidades dadas por Dios a los hombres, al entregarles la posibilidad del libre albedrío y dominio sobre la tierra; es el estado de potencia del hombre frente a determinadas circunstancias. En cuanto el “deber ser”, desde la ética, se refiere al acto concreto de cada uno de los hombres frente a dichas situaciones donde éstos diferencian lo bueno de lo malo, pero eligen por lo que consideran la mejor opción.

La dignidad está dada por el hecho de ser humanos, por tener inteligencia, voluntad y libertad, y no por características particulares, méritos o circunstancias que rodean el ser humano. Sin embargo, las reflexiones contemporáneas tienden a rechazar cualquier explicación racional al fundamento de la dignidad, considerando que siempre dicha explicación es subjetiva y cambiante.

Una excelente afirmación es la que hace Hernán Mora, comentando a Juan Pablo II: “La dignidad humana viene de Dios, de ser su criatura, y ésta se perfecciona y actualiza, y así se corrobora en la construcción que esta criatura hace de un mundo cada vez más digno y justo, cada vez más proporcional y adecuado a esa semejanza natural y trascendente de quien le confiere tan elevada dignidad13.

1 FERNÁNDEZ, Paz. Eutanasia y bioética. [En línea]. [Consulta: 1° Jun., 2009].
2 MARITAIN, Jacques. De Bergson à Thomas D‟Aquin. New York: Maison Française, 1944. p. 107.
3 GARCÍA CUADRADO, Op. Cit., p. 29.
4 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Na Renascença, domínio do natural e do terreno. Em: Revista Dr. Plinio. São Paulo. No. 23. (Fev., 2000); p. 13. (Traducción personal).
5 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Revolução e contra-revolução. São Paulo: Retornarei, 2002. p. 71. (Traducción personal).
6 ARENDT, Hannah. La condición humana. Barcelona: Paidós, 1993. p. 338.
7 Ibid., p. 342.
8 LÓPEZ TRUJILLO, Alfonso. Algunos aspectos candentes de la bioética. Bogotá: Sociedad de San Pablo, 2004. p. 13.
9 TOMÁS Y GARRIDO, Gloria María. Cuestiones actuales de bioética. Pamplona: Eunsa, 2006. p. 27.
10 SARMIENTO, Augusto. Sentido y valor de la vida humana: inviolabilidad. En: El don de la vida. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1996. p. 31.
11 MEJÍA, Marco Aurelio. Hablemos de bioética y eutanasia. Bogotá: San Pablo, 2008. p. 42.
12 GONZÁLEZ, Ana Marta. Naturaleza y dignidad. Pamplona: Eunsa, 1996. p. 22.
13 MORA CALVO, Hernán. Juan Pablo II: Apostillas filosóficas a su concepto de la dignidad humana. [En línea]. En: Revista Reflexiones. No. 83 (2004); p. 91. [Consulta: 14 Jul., 2009].

Convertida pelo Santíssimo Sacramento

Santa Elizabeth SetonIrmã Isabel Cristina Lins Brandão Veas,EP

Santa Elizabeth Ann Seton

Do seio da aristocracia anglicana norte-americana, a Providência chama uma alma de escol para mudar os rumos da educação nos Estados Unidos. Ela funda uma congregação sobre a rocha inabalável da Eucaristia, à sombra da qual florescem os carismas e se solidificam as obras de Deus.

Qual radiante flor, com o perfume de uma inocência batismal ilibada, Teresa entra para o Carmelo de Lisieux e aí, seguindo a “Pequena Via”, realiza sua vocação.

Com Agostinho sucedeu algo bem diferente. Quando já adentrava a plena idade madura, após uma juventude de pecado, é visitado pela graça, converte-se e caminha a passos largos na virtude e na sabedoria.

Um e outro caso ilustram as diferentes circunstâncias nas quais Deus vai buscar alguns eleitos, e os caminhos “personalizados” que lhes traça. “Há diversas operações, mas é o mesmo Deus que opera tudo em todos. A cada um é dada a manifestação do Espírito para proveito comum” (I Cor 12, 6-7).

Elizabeth Ann Seton foi colhida numa situação muito particular. De religião anglicana, casada com um rico comerciante e tendo cinco filhos, nada parecia indicar os elevados desígnios para os quais a Providência ia chamá-la. Mas de sua correspondência à graça dependeriam milhares de almas e, em certo sentido, um país inteiro.

E ela disse: “sim!”. Tomada de entusiasmo pela Presença Real de Nosso Senhor na Eucaristia, fez-se filha da Igreja Católica. Essa conversão transformaria não só sua vida, mas também a história do Catolicismo nos Estados Unidos. Dois séculos após seu nascimento, ela foi proclamada santa, sendo a primeira norte-americana elevada à honra dos altares.

Uma infância sofrida

Segunda filha do famoso médico Richard Bayley e de Catherine Charlton, Elizabeth Ann Bayley veio ao mundo em 18 de agosto de 1774, meses antes de eclodir a Guerra da Independência dos Estados Unidos. A família residia em Nova York, descendendo dos primeiros colonos da região. Como acontecia com a maioria dos membros da alta sociedade nova-iorquina, eram anglicanos praticantes.

Antes de completar três anos ficou órfã de mãe, e seu pai contraiu novo matrimônio, do qual nasceram mais sete filhos. A pequena enteada era desprezada pela madrasta, o que lhe fazia sentir sobremaneira a falta da mãe. Também o pai, absorvido por serviços e pesquisas médicas, não conseguia retribuir os carinhosos sentimentos de sua afetuosa filha.

Por tais circunstâncias, Elizabeth, aos oito anos de idade, foi enviada à fazenda de um tio paterno, para aí viver em companhia de seus primos. Esse período passado no ambiente tranquilo do campo determinou a formação de seu caráter contemplativo e decidido.

Matrimônio na alta sociedade

Aos dezesseis anos, Elizabeth voltou para Nova York. O viço e a graça de sua juventude, a distinção da fisionomia e a nobreza do porte fizeram com que, em pouco tempo, sua presença se tornasse muito requisitada nas reuniões da sociedade nova-iorquina.

Antes de completar vinte anos, ela casou-se com William Magee Seton, de uma conceituada família de comerciantes. Os primeiros oito anos do casal transcorreram prósperos e tranquilos. Agraciados com cinco filhos — Anna, Richard, William, Catherine e Rebecca —, os Seton residiam num dos melhores bairros de Nova York, levando uma vida regalada.

Muito religiosa e caridosa, Elizabeth participava das atividades promovidas pela Igreja Anglicana e se preocupava com os sofrimentos do próximo. Doía-lhe sobremaneira ver as agruras pelas quais passavam as viúvas pobres. Para lhes dar assistência, organizou, em união com outras damas ricas, uma associação caritativa. A jovem senhora Seton não podia imaginar que, dentro de poucos anos, estaria em situação análoga à daquelas mulheres…

Chegam as tribulações

Em 1803 os negócios da família Seton faliram. Ao mesmo tempo, William foi acometido pela tuberculose. A fim de mudar de clima, numa última tentativa para a recuperação da saúde do esposo, Elizabeth partiu para Livorno, Itália, com ele e a filha mais velha, então com oito anos de idade, apelidada Annina. Aos olhos dos familiares e amigos, essa viagem parecia uma loucura. Entretanto, cada um daqueles dias constituía um trecho do longo caminho traçado pela Providência para conduzir Elizabeth à Igreja Católica. Entre os muitos contatos comerciais que William Seton mantinha com a Europa, figuravam os irmãos Antonio e Filippo Filicchi, de Livorno, com quem tinha feito sólida amizade. Assim sendo, os Seton combinaram de hospedar-se em casa dos Filicchi durante o tempo que ali passassem.

Contudo, ao aportar em Livorno, as autoridades sanitárias decretaram quarentena aos tripulantes do navio recém-chegado, devido à notícia de que a febre amarela grassava em terras americanas. Os Seton foram então encaminhados para o lazareto, um prédio de paredes frias e úmidas, onde a saúde de William piorara ainda mais.

As primeiras graças de conversão

Isolada de todos, vendo o marido definhar dia após dia e sofrendo privações, Elizabeth pôs-se a pensar mais em Deus e a considerar sua vida através de um prisma mais sobrenatural. O confinamento físico tornava sua alma mais aberta às inspirações da graça, e ela começou a ouvir com atenção as explicações a respeito da Doutrina Católica que lhe davam as poucas pessoas com quem tinha contato durante esse período.

Terminada a quarentena, os Seton se dirigiram a Pisa. Enfraquecido pelos dias passados no lazareto, William faleceu em menos de duas semanas. Elizabeth tinha então trinta anos de idade.

A família Filicchi, imbuída da verdadeira caridade cristã, acolheu em seu lar a viúva e sua filhinha. Desejosos de distraí-las um pouco, propuseram-lhes visitar Florença enquanto aguardavam a partida do navio que as levaria de volta à América. Elizabeth aceitou o convite.

Num domingo, a esposa de Antonio Filicchi, Amabilia, convidou-as a assistir à Missa na Igreja da Annunziata. Ao entrar no templo sagrado, Elizabeth se sentiu tocada no mais fundo da alma. Reinava certa penumbra no recinto. Em torno do altar, muitas pessoas rezavam o Rosário, cheias de devoção. O olhar maravilhado de Elizabeth percorreu as obras de arte que embelezavam o ambiente: entalhes em madeira, bonitas pedras de diferentes cores, pinturas representando cenas da Escritura. Ao sair dali, ela escreveria em seu diário: “Não se consegue ter uma ideia de como é tudo isso por meio de uma simples descrição”.1 Depois desse dia, Elizabeth sentiu uma mudança em seu interior. O que havia nos templos católicos para atraí-la tanto?

A Providência Se faz sentir

Entre visitas a igrejas e outros monumentos, transcorreram os dias aprazados para a volta a Nova York. No entanto, por motivos técnicos, a partida do navio foi adiada.

Os Filicchi aproveitaram esse tempo para instruí-la ainda mais na Fé, expondo-lhe a doutrina da Presença Real de Cristo na Eucaristia. Elizabeth ficou encantada com a ideia de poder encontrar-se com Nosso Senhor Jesus Cristo nas Sagradas Espécies.

Alguns dias mais tarde, Deus lhe enviaria uma graça sensível para fazê-la acreditar nessa sublime verdade da Fé. Em companhia da família Filicchi, ela assistia à Missa na Igreja da Madonna delle Grazie, em Livorno. Quando o celebrante estava elevando a Sagrada Hóstia, após a Consagração, alguém se ajoelhou ao lado de Elizabeth e lhe disse ao ouvido: “Aí está o que se chama ‘Presença Real’”. Arrebatada por tais palavras, ela inclinou-se cheia de veneração e, pela primeira vez, adorou a Jesus na Eucaristia, enquanto tentava conter as lágrimas.

Mais tarde ela escreveria à sua cunhada, Rebecca Seton, que ficara em Nova York: “Como seríamos felizes se crêssemos no que essas boas almas crêem! Possuem Deus no Sacramento, Ele permanece em suas igrejas e é levado aos doentes! Oh, meu Deus! Quando eles passam com o Santíssimo Sacramento debaixo da minha janela, ainda que sentindo solidão e tristeza pela minha situação, não posso controlar minhas lágrimas, pensando: ‘Meu Deus, quão feliz eu seria, se, mesmo estando longe de tudo quanto me é querido, pudesse encontrar-Vos na igreja, como eles Vos encontram!’”.2

O encontro com a verdadeira Mãe

Começava para Elizabeth uma de suas mais árduas lutas espirituais. Abandonar o anglicanismo significava renunciar à religião na qual nascera e vivera até então, mas Jesus Eucarístico a atraía à Igreja Católica.

Também a pequena Annina já estava maravilhada pelo catolicismo e não poucas vezes repetia: “Mamãe, não existem católicos na América? Quando voltarmos para casa, nós vamos ser da Igreja Católica?”.3

Como boa mãe, ela sentia-se responsável, não só por sua própria salvação, mas também pela de seus filhos. Portanto, pôs-se a rezar, pedindo a Deus uma orientação.

Certo dia, Elizabeth deparou-se com um livrinho de orações pertencente à Sra. Filicchi, posto sobre a mesa. Abriu-o a esmo e começou a ler: “Lembrai-Vos, ó piíssima Virgem Maria, que nunca se ouviu dizer…” Cada uma das palavras do Memorare soou em sua alma como uma consolação: ela, que na infância tanto sentira a falta do afeto materno, na realidade tinha uma Mãe que dela cuidava com inefável bondade! Passou então a invocar Nossa Senhora, pedindo que Ela lhe mostrasse o caminho que deveria seguir.

Novas adversidades

Em 8 de abril de 1804, mãe e filha embarcaram de volta aos Estados Unidos, em companhia de Antonio Filicchi. Uma nova série de adversidades e grandes transformações aguardava a jovem viúva em sua terra natal.

Apesar da felicidade de rever os outros quatro filhinhos, Elizabeth trazia na alma um profundo dilema: abraçar o catolicismo significava comprar o isolamento da parte de todos os familiares e amigos americanos. Mas, de outro lado, ela já não conseguia viver sem pensar no Santíssimo Sacramento. Passava longas horas do dia fazendo comunhões espirituais e, estando na igreja anglicana de São Paulo, dali adorava Jesus presente no tabernáculo da Igreja Católica de São Pedro, que podia vislumbrar pelas janelas.

Em vão, várias de suas amigas aristocratas tentaram dissuadi-la da conversão. O próprio ministro anglicano que outrora lhe dera orientação espiritual via que seus argumentos eram também inúteis: ela ainda não pertencia formalmente à Igreja, mas seu coração já era católico.

A conversão

Na Quarta-Feira de Cinzas de 1805, diante do tabernáculo da Igreja de São Pedro, Elizabeth tomou a decisão irrevogável de fazer-se católica, com seus cinco filhos. Dez dias depois, em 14 de março, fez sua profissão de Fé, na mesma igreja.
Na festa da Anunciação, 25 de março, realizou-se o seu mais ardente desejo: recebeu a Primeira Comunhão. Cheia de alegria, escreveu à amiga italiana: “Por fim, Amabilia — por fim! — Deus é meu e eu sou d’Ele! Agora, aconteça o que acontecer, eu O recebi!”.4

Sobre esse dia, Elizabeth anotaria em seu diário: “Meu Deus, até o meu último suspiro me lembrarei daquela noite que passei à espera de que o sol nascesse! Meu pobre coração ansiava pela longa caminhada até a cidade, em que cada passo significava estar mais perto daquela rua, mais perto daquele tabernáculo, mais perto daquele momento em que Ele entraria em minha morada pobre e pequena, mas inteiramente d’Ele!”.5

Santa Elizabeth Seton1Funda uma nova Congregação religiosa

No ano seguinte, encontrando-se em Nova York Dom John Carroll — primeiro Bispo de Baltimore e dos Estados Unidos —, Elizabeth recebeu a Confirmação. Preocupada com a educação de seus filhos e a formação das crianças católicas, tentou abrir uma escola em sua cidade natal. No entanto, seus planos foram frustrados, devido ao desprezo e incompreensão por parte daqueles que não aprovavam sua conversão. Mais tarde, em 1808, sob o amparo de Dom Carroll, Elizabeth transladou-se para Baltimore, onde fundou um colégio destinado à educação de meninas. Não demoraram a aparecer jovens que se sentiam chamadas à vida religiosa e queriam seguir Elizabeth, em seu nobre ideal de caridade.

Com a ajuda de um generoso doador, a pequena comunidade se estabeleceu em Emmitsburg, Maryland, no ano de 1809. Nasceu assim a primeira congregação religiosa dos Estados Unidos: Congregação das Irmãs de Caridade de São José, segundo a regra das Filhas da Caridade de São Vicente de Paulo, e dedicada à educação.

Uma bela peculiaridade do carisma da instituição se encontra assim expressa no texto de suas constituições: “O fim secundário, mas não menos importante, é honrar a Santa Infância de Jesus nas meninas, cujo coração está chamado a amar a Deus mediante a prática das virtudes e do conhecimento da religião; ao mesmo tempo, semearão em suas mentes os germes de um saber útil”.6

Acompanhada por dezessete discípulas, Elizabeth fez os votos em 21 de julho de 1813. Madre Seton, como passou a ser chamada após a fundação, foi diretora geral da Congregação até o fim de sua vida, empenhando-se em formar as freiras segundo o espírito de Santa Luísa de Marillac e de São Vicente de Paulo.

Frutos de uma alma eucarística

Quanto a seus filhos, todos viveram e morreram como bons católicos. Annina foi noviça na Congregação de sua mãe e faleceu aos dezessete anos, logo após emitir os votos. Os dois filhos, Richard e William, alistaram-se na marinha. O primeiro morreu aos vinte e cinco anos. William casou-se e teve sete filhos, dentre os quais um seria Arcebispo. Catherine fez-se religiosa, na Congregação fundada por sua mãe. Rebecca expirou nos braços de Santa Elizabeth, tendo apenas quatorze anos de idade.

Como sói acontecer com os Fundadores, a missão de Madre Seton se prolongaria após sua morte. Ela assistiria, do Céu, ao crescimento de sua obra. Ao entregar sua alma a Deus, em 4 de janeiro de 1821, Santa Elizabeth tinha apenas cinquenta freiras, espalhadas por colégios e orfanatos. No dia de sua canonização, 14 de setembro de 1975, elas eram mais de oito mil, pois sua Congregação se fundara sobre a rocha inabalável da Eucaristia, à sombra da qual florescem os carismas e se solidificam as obras de Deus.

1MARIE CELESTE, Sister. Elizabeth Ann Seton – A Self-Portrait. A study of her spirituality in her own words. Libertyville (Illinois): S.C. Franciscan Marytown Press, 1986. p. 70.
2MARIE CELESTE, Sister. Elizabeth Ann Seton – Collected Writings, edited by Regina Bechtle, S.C, and Judith Metz, S.C.; mss, editor, Ellin Kelly. 2000-2006. Vol. I, p. 289.
3MARIE CELESTE, Sister. Elizabeth Ann Seton – A Self-Portrait. A study of her spirituality in her own words. Libertyville (Illinois): S.C. Franciscan Mary town Press, 1986. pp. 80-81.
4MARIE CELESTE, Sister. Elizabeth Ann Seton – Collected Writings, edited by Regina Bechtle, S.C, and Judith Metz, S.C.; mss, editor, Ellin Kelly. 2000-2006. Vol. I, p. 367.
5Idem, ibidem.
6www.famvin.stjohns.edu/es/downloads/santoralfv/isaseton.pdf

A intuição do divino

NennolinaMaria Teresa Ribeiro Matos

Querido Deus Pai, vós que sois tão bom, perdoai e fazei que logo possa receber vosso filho Jesus. Querido Jesus, vos quero tanto, tanto, querido Jesus, vós quando nascestes na gruta em Belém sofríeis tanto também e tínheis tanto frio. Querido Jesus, eu quero remediar estas vossas dores. Querido Espírito Santo, vós que sois o amor do Pai e do Filho, iluminai meu coração e minha alma e abençoai-me“.
Essas frases não saíram da pluma de um renomado teólogo, nem de uma venerável religiosa, mas das mãos de uma criança de seis anos.

Na cidade eterna, próximo à Basílica de Santa Croce in Gerusalemme, no ano de mil novecentos e trinta e seis, a pequena Antonietta Meo, apelidada de Nennolina, teve sua perna amputada devido ao diagnóstico de osteossarcoma, um tumor maligno. A menina, então, começou a escrever uma série de cartas até o dia de sua morte. Os destinatários destas missivas não eram pobres mortais, mas a Virgem Santíssima, o Menino Jesus, o Espírito Santo e a Santíssima Trindade. Com simplicidade e tão ardente amor penetrava nesses altos mistérios de nossa fé.

“Eu te bendigo, Pai, Senhor do céu e da terra, porque escondeste estas coisas aos sábios e entendidos e as revelaste aos pequenos” (Mt 11, 25).

Deus muitas vezes não age conforme os critérios humanos. “Pois meus pensamentos não são os vossos, e vosso modo de agir não é o meu, diz o Senhor; mas tanto quanto o céu domina a terra, tanto é superior à vossa a minha conduta e meus pensamentos ultrapassam os vossos” (Is 55, 8-9). O Altíssimo opera maravilhas através de pessoas que aos olhos do mundo não tem nenhuma importância. Ele escolhe os que são considerados fracos para assim confundir os fortes, e os que são considerados estultos para confundir os entendidos (I Cor 1, 27). A estes ele pode dar a conhecer verdades que cientistas e filósofos abandonados a seus próprios esforços não atinam.

Acima da natureza humana criada por Deus, está outra criatura, a graça, que aperfeiçoa a natureza e é distribuída a todos em medida determinada unicamente por Ele. Essa vida da graça infundida em nossa alma pelo batismo, se desenvolve através das virtudes e dons do Espírito Santo. Entre eles destacamos , o dom da inteligência, que nos dá penetrante intuição das coisas reveladas e naturais em ordem ao fim último sobrenatural.

O Espírito Santo punha em movimento este dom, de maneira peculiar, na alma de Nennolina, como ela mesma lho pedia freqüentemente: “Querido Jesus, diga ao Espírito Santo que me ilumine de amor e me cumule de seus sete dons”. Possuía um tão ardente amor a Jesus Eucarístico que mesmo antes de fazer a primeira comunhão, escrevia-Lhe inúmeras cartas, obtendo a graça de recebê-lo na noite de Natal de mil novecentos e trinta e seis, quando permaneceu quase uma hora de joelhos em ação de graças, apesar dos graves incômodos que dessa posição lhe resultava pelo uso da perna ortopédica. Durante os últimos dias de sua existência a Eucaristia era-lhe levada todos os dias, sendo a última recebida no dia dois de julho de mil novecentos e trinta e sete, um dia antes de sua morte.

Assim, Antonietta, que teve uma curta existência terrena, deixou testemunho de uma densa e penetrante intuição sobrenatural adquirida através do dom de inteligência, instrumento direto e imediato do Divino Paráclito.

Experiência mística: via normal de comunicação entre o infinito e o homem

Irmã Maria Cecília Seraidarian,EP

Analisando, sob o ponto de vista do humanismo tomista, a relação homem-divino na história da humanidade, Jacques Maritain1 afirma que considerados todos os esforços do homem, fora da tradição judaico-cristã, no âmbito da vida espiritual – que é o das aspirações ao sobre-humano –, vê-se que é o âmbito dos grandes fracassos e das supremas antinomias do ser humano. As grandes civilizações antigas – Grécia e Índia, sobretudo – reconheciam a superioridade da vida contemplativa sobre a ativa e que somente a primeira abria ao homem a beatitude antecipada da qual ele tem sede. Porém, não alcançaram dita beatitude porque puseram suas bases na inteligência e ela ficou reservada a um grupo privilegiado de “sábios”. Ora, Aristóteles e a sabedoria antiga tinham razão ao considerar a vida contemplativa superior à vida ativa e que aquela abria ao homem as portas de uma vida divina. Na verdade, eles desconheciam a profundidade do que diziam, pois foi o Evangelho que deu às fórmulas de Aristóteles seu mais íntimo significado.

Jacinta1A contemplação verdadeiramente libertadora e deiforme, não é a dos filósofos, que pára na inteligência e se funda no esforço humano, tendo por objetivo o esclarecimento e aperfeiçoamento supremo do próprio sábio; a contemplação dos santos – que, não parando na inteligência, passa ao coração e transborda – não se opera pela suprema tensão das forças naturais do homem, mas pelo amor de caridade, em um só espírito com Deus. Ocorre sob a inspiração superior dos dons divinos, é via de um sumo conhecimento experimental e não tem por fim o bem próprio do sábio e sua auto-suficiência, mas o amor Àquele que é contemplado. A comunicação do amor e a cooperação amorosa com Deus – que é o bem e a beleza – e a obra de bondade e salvação importam muitíssimo mais que o próprio bem e as próprias obras do sábio2.

Tal é, conclui, dentro das perspectivas tomistas, o fim ao qual tende a vida do espírito humano. Igualmente, vê-se que essa vida e os frutos da plenitude humana não são reservados a um grupo de privilegiados porque eles procedem muitíssimo menos do esforço humano do que da ação e generosidade divinas, são essencialmente sobrenaturais. A experiência mística contemplativa, a união de amor, não tem somente as formas descritas por uma Santa Teresa de Jesus ou um São João da Cruz, pode tomar na vida comum dos homens todos os disfarces, todas as formas mascaradas e secretas de que o Espírito, que sopra onde quer, é o único dono. Ele atrai a si, por um chamado próximo ou distante, todos os homens, de qualquer condição ou nível cultural. A essa sabedoria, que transcende todos os conceitos humanos e se esconde na obscuridade divina, todos são chamados. O mundo antes de Cristo jamais poderia ter uma idéia dela3.

No mesmo sentido caminha Garrigou-Lagrange4, ressaltando que a iluminação da inteligência, enquanto experiência mística, é concedida a todos e a qualquer um, segundo sua necessidade e generosidade. Quanto maior a abertura do homem ao transcendente, maior sua experiência do divino. O conhecimento experimental da presença do Absoluto em si mesmo é a verdadeira via mística, cume do desenvolvimento normal do ser humano. Todos são chamados, geral e particularmente, à união mística. No entanto, distingue entre o que seria a “via ordinária” e aquelas experiências “extraordinárias” da mística, tais como visões, revelações, etc., reservadas àqueles que atingem um grau eminente de perfeição.

Conforme Pieper5, é doutrina clássica que a contemplação – experiência transfigurante de saciedade do divino – pode vir a alguém de múltiplos modos. O estímulo mais trivial pode levar a pessoa a esse píncaro. Sendo assim, chega-se à arrebatadora e até abismante constatação – tão oposta a tudo o que habitualmente se pensa sobre o homem contemporâneo – de que a contemplação é muito mais difundida hoje do que as aparências indicam. Os aspectos significativos da experiência mística podem ser atingidos sem que a pessoa tenha consciência clara disso, nem saiba dar-lhe o nome correto. Com esse indicador, mais e mais formas novas de alcançar a contemplação se manifestam.

O homem é místico na medida em que cultiva a relação amorosa com o divino. A mística faz parte “da espontaneidade da vida cotidiana”, pois, sendo uma relação de amor, até o mais simples gesto pode ser feito com amor. Os fenômenos extraordinários – raptos, levitações, etc. – demonstram a imperfeição humana, surpreendida com a generosidade da ação divina, porque, quanto mais unida a Deus, com mais naturalidade a alma O acolhe. Eis a verdadeira mística. O Criador opera suavemente suas maravilhas de amor em toda a criação, deixando o homem estupefato diante de suas ações, uma vez que “mais que o som para o músico ou a cor para o pintor ou a palavra para o poeta, para a mística contam os infinitos matizes do amor”6.

Com efeito, segundo Von Balthasar7, é próprio ao ser humano contingente abandonar-se misticamente ao Absoluto. Está na natureza das coisas que haja um progresso autêntico desde o entusiasmo primeiro até o sentir-se inabitado por um espírito superior, divino. Esse fenômeno sempre foi vislumbrado pelos pagãos, mas somente os cristãos chegaram a experimentar. Ocorre em um momento de encanto, de arrebatamento e êxtase, em virtude da forma da beleza, que possui um poder de transcendência tal que facilmente eleva o espírito humano da esfera natural à sobrenatural. Somente através da forma é possível ver o “relâmpago da beleza eterna”.

1MARITAIN, Jacques. De Bergson à Thomas D’Aquin: essais de metaphysique et de morale. New York: Maison Française, 244. p. 262-263.
2 Ibid., p. 263-264.
3 Ibid., p. 264-265.
4 GARRIGOU-LAGRANGE, Op. Cit., p. 254-264.
5 PIEPER, Josef. Happiness and contemplation. South Bend: St. Augustine’s Press, 1998. p. 82-83.
6 URIBE CARVAJAL e OSORIO, Op. Cit., p. 116.
7 VON BALTHASAR, Hans Urs. Gloria: una estética teológica. La percepción de la forma. Madrid: Encuentro, 1985. p. 34-37. Vol. 1.

Liberdade ou escravidão?

juizo fra_angelico1Madre Mariana Morazzani Arráiz, EP

Aquele que quer ser livre eximindo-se da servidão legítima de Deus, transforma-se num escravo e, pelo contrário, aquele que se faz escravo da vontade de Deus progride infinitamente na liberdade.

“No principio Deus criou o homem, e o entregou ao seu próprio juízo” (Eclo 15,14). A liberdade é um dom conferido por Deus exclusivamente aos seres racionais – anjos e homens.

“A liberdade da pessoa, de fato, tem o seu fundamento na sua dignidade transcendente: uma dignidade que lhe foi doada por Deus, seu Criador, e que a orienta para o mesmo Deus. O homem, porque criado à imagem de Deus (cf. Gen. 1,27), é inseparável da liberdade, daquela liberdade que nenhuma força ou constrangimento exterior jamais poderá tirar-lhe e que constitui seu direito fundamental, quer como indivíduo, quer como membro da sociedade. O homem é livre porque possui a faculdade de se determinar em função da verdade e do bem. O homem é livre porque possui a faculdade de escolher « movido e determinado por uma convicção pessoal interior, e não simplesmente por efeito de impulsos instintivos cegos ou por mera coacção externa » (Const. past. Gaudium et Spes, n. 17). Ser livre é poder e querer escolher, é viver segundo a própria consciência”1.

A liberdade é, portanto, um atributo da vontade humana, em virtude dela, pode-se executar uma coisa ou não, ou ainda pode-se escolher entre duas coisas opostas (libertas arbitrii, liberdade de escolher ou potestas ad opposita ou poder dos contrários)2. É ainda a faculdade de escolher os meios dentro da ordem (facultas electiva mediorum servato ordine finis)3.

Assim, sendo a vontade uma faculdade que deve querer o que o entendimento lhe propõe como reto e conforme à ordem do ser, a liberdade não só não desaparece por seguir os ditames da razão, senão que encontra nesta a sua perfeição4. O conhecimento intelectual precede à vontade e ilumina o caminho, à maneira de uma tocha nas mãos de um viajante ou um farol a guiar a rota de um navio.

Entretanto, ela não pode estar sujeita às paixões. Quanto mais seja a vontade independente do impulso das paixões, mais livre ela será. Quanto maiores sejam as influências alheias a ela, tanto maior desgaste sofrerá a liberdade. A dignidade do homem exige que ele proceda segundo sua livre e consciente escolha, isto é, movido e induzido pessoalmente por dentro e não levado por cegos impulsos interiores ou por mera coação externa(D 4317) .

Se as paixões humanas, desregradas por influência exterior, como, por exemplo, o consumo de drogas, a sujeição a práticas de hipnotismo, o emprego de narco-análises, etc., chegassem a obnubilar o entendimento ou a anular a vontade, esta deixaria de ser livre.

A falsa liberdade, ostentada por aqueles que se julgam livres, quando se negam a obedecer a lei de Deus, torna-os semelhantes aos seres brutos (animais) que obedecem somente aos próprios instintos e sob o impulso exclusivo da natureza procuram o que lhes convém e fogem daquilo que lhes é prejudicial. Eles não possuem leis que reprimam seus apetites, pois são inaptos para conhecê-las. Por isso, são incapazes de praticar a verdadeira liberdade 5.

TERTULIANO comenta com toda propriedade a esse respeito: “Deus deu a lei ao homem não para privá-lo de sua liberdade, mas pelo contrário, para manifestar-lhe o seu apreço”6. Portanto, a razão pede a lei. Precisamente por ser livre, o homem deve estar submetido à lei.

Convém ressaltar que, em relação a Deus, a liberdade pede o reconhecimento voluntário da dependência devida ao Criador. Assim no-lo explica a Carta Encíclica Libertas Praestantissimum, de LEÃO XIII:

A natureza da liberdade humana, […] inclui a necessidade de obedecer a uma razão suprema e eterna, que não é outra do que a autoridade de Deus impondo seus mandamentos e preceitos. E este justíssimo domínio de Deus sobre os homens está longe de suprimir ou sequer enfraquecer a liberdade humana, mas faz precisamente todo o contrário: a defende e a aperfeiçoa; porque a perfeição verdadeira de todo ser criado consiste em tender a seu próprio fim e alcançá-lo. Ora, o fim supremo ao qual deve aspirar a liberdade humana não é outro que o próprio Deus. 7

O contrário não é liberdade, mas libertinagem. Segundo um pensamento de SANTO AGOSTINHO, o primeiro libertino da história da humanidade foi o próprio Adão que se perdeu ao confundir liberdade com independência de Deus8. É cabível, então ponderar, ter sido Lúcifer o máximo libertino dos seres espirituais, quando ao proferir o brado de non serviam, “Escalarei os céus e erigirei meu trono acima das estrelas. Assentar-me-ei no monte da assembleia, no extremo norte. Subirei sobre as nuvens mais altas e me tornarei igual ao Altíssimo” (Is 14, 13-14), julgou estar reafirmando sua liberdade, mas, no entanto, permanece eternamente como o maior escravo e derrotado da história.

O Cardeal JOSEPH RATZINGER, atual Papa BENTO XVI, assim se referiu ao problema da liberdade: “[…] A ideia de que ao rejeitar o que é mau fica tolhida minha liberdade, constitui uma perversão da liberdade. Em efeito, a liberdade só encontra seu espaço criativo no âmbito do bem”9

Deus criou o homem perfeitamente livre, e o pecado não é senão um defeito da verdadeira liberdade. O ponto vulnerável da natureza humana é esta liberdade imperfeita e caprichosa, e enquanto o homem permanece neste mundo tem o triste privilégio de poder desviar-se rumo ao pecado. Segundo TANQUEREY: “A criatura […] pode, efetivamente, desviar os olhos do bem verdadeiro para os voltar para o bem aparente, apegar-se a este último e preferi-lo ao primeiro; e é precisamente esta preferência que constitui o pecado”10

Em consequência, pode-se afirmar que o verdadeiro uso da liberdade não inclui a faculdade de pecar. “A escolha da desobediência e do mal é um abuso da liberdade e conduz à «escravidão do pecado» (Rm 6,17)” (CIC 1733) . Assim, a possibilidade de se afastar do bem não participa da essência da liberdade. Se tal fosse, teríamos que cair na aberração de afirmar que Deus, Jesus Cristo, os anjos, os santos do céu, que carecem dessa possibilidade, não são livres ou pelo menos o são menos perfeitamente do que o homem em estado de prova.

Deus é libérrimo, entretanto impecável porque não pode operar nada contrário a sua própria natureza. Afirma ROYO MARIN:

É um grande erro, com efeito, acreditar que a faculdade ou poder de pecar pertença à essência da liberdade. Pelo contrario, essa defectibilidade da liberdade humana que lhe põe nas mãos o triste privilégio de poder pecar, é um grande defeito e imperfeição da mesma liberdade, que unicamente afeta às criaturas defectíveis (que podem falhar), não a Deus nem a Jesus Cristo homem que são intrínsecamente impecáveis por sua própria natureza divina 11.

A esse respeito são luminosos os ensinamentos de SÃO TOMÁS, em seus comentários ao Evangelho de São João, contidos na Carta Encíclica Libertas Praestantissimum:

Todo ser é o que lhe compete ser por sua própria natureza. Em consequência, quando é estimulado por um agente exterior, não opera por sua própria natureza, mas por um impulso alheio, o qual é próprio de um escravo. Ora, o homem, por sua própria natureza, é um ser racional. Portanto, quando opera segundo a razão, age em virtude de um impulso próprio e de acordo com a sua natureza: nisso consiste precisamente a liberdade. Mas quando peca, age à margem da razão, atua como se fosse impelido por um outro e estivesse submetido ao domínio de outrem; por isto, quem comete o pecado, é servo do pecado 12.

E completa SANTO AGOSTINHO:

É esta a nossa liberdade: submetermo-nos a essa Verdade; [tal liberdade] é o nosso mesmo Deus, que nos livra da morte, ou seja da condenação do pecado. Com efeito, essa mesma Verdade, [que é] também um homem a falar com os homens, diz aos que acreditam: se permanecerdes na minha palavra sereis verdadeiramente meus discípulos, e conhecereis a verdade, e a verdade vos libertará (Jo 8,31). Efectivamente, de nada a alma disfrui com liberdade, a não ser o que disfrui com segurança.13

À luz desses princípios fica evidente que deixar-se levar pelas paixões não significa exercer a própria liberdade, senão operar com uma liberdade defectiva e até mesmo inclusive cair na escravidão.

Conclui-se que, se a liberdade é a faculdade de eleger, quanto mais numerosos sejam os obstáculos vencidos por ela, mais fica demonstrada a sua força. Deixar-se arrastar pela correnteza é fácil e, pelo contrário, a liberdade, operando segundo a razão contra as inclinações viciosas, manifesta toda sua plenitude e vigor.

Em sentido oposto, as paixões desregradas obnubilam o entendimento e debilitam a vontade. Quem terá suficiente má fé para afirmar que nisto consiste a liberdade?

Finalmente, aquele que se deixa levar pelas más paixões passa facilmente do ato ao costume, e portanto ao vício; do vício à abulia (inércia da vontade); da abulia ao envilecimento. Ora, isto não é escravidão?

1Beato João Paulo II, Mensagem para o XIV Dia Mundial da Paz , 1/1/1981 {HYPERLINK “http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_po.html”}
2JOLIVET, Régis. Traité de Philosophie II. 5. ed. Paris: Emmanuel Vitte, 1955. p.606.
3 HERRERA ORIA, Angel . La palavra de Cristo. 1953, VIII, p.760.
4Ibid.p.607
5 Cf. LEÃO XIII. Libertas praestantissimum, 1888, nº3. http://www.vatican.va/holy_father/leo_xiii/encyclicals/documents/hf_l- xiii_enc_20061888_libertas_sp.html . Acessado em 22, Novembro, 2007.
6Apud: HERRERA ORIA. vol III, p. 680. – Dios dió la ley al hombre no para privarle de su libertad, sino para manifestarle su aprecio.
7La naturaleza de la libertad humana, (…) incluye la necesidad de obedecer a una razón suprema y eterna, que no es otra que la autoridad de Dios imponiendo sus mandamientos y prohibiciones. Y este justísimo dominio de Dios sobre los hombres está tan lejos de suprimir o debilitar siquiera la libertad humana, que lo que hace es precisamente todo lo contrario: defenderla y perfeccionarla; porque la perfección verdadera de todo ser creado consiste en tender a su propio fin y alcanzarlo. Ahora bien: el fin supremo al que debe aspirar la libertad humana no es otro que el mismo Dios.(LEÃO XIII. Libertas praestantissimum, 1888, Op. cit. nº 4. Tradução do autor)
8Apud HERRERA ORIA, vol III, p. 680.
9BENTO XVI.HYPERLINK “http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_po.html” (2005, p. 89).
10TANQUEREY, Adolphe. Compêndio de Teologia Ascética e Mística. Lisboa: Editorial Áster, 1961. p.35.
11Es un gran error, en efecto, creer que la facultad o poder de pecar pertenezca a la esencia de la libertad. Al contrario, esa defectibilidad de la libertad humana que le pone en las manos el triste privilegio de poder pecar, es un gran defecto e imperfección de la misma libertad, que únicamente afecta a las criaturas defectibles (que pueden fallar), no a Dios ni a Jesucristo hombre que son intrínsecamente impecables por su misma naturaleza divina.( ROYO MARIN, Antonio. Jesucristo y la vida cristiana. Madrid: B.A.C 1961, p.167, tradução do autor)
12Todo ser es lo que le conviene ser por su propia naturaleza. Por consiguiente, cuando es movido por un agente exterior, no obra por su propia naturaleza, sino por un impulso ajeno, lo cual es propio de un esclavo. Ahora bien: el hombre, por su propia naturaleza, es un ser racional. Por tanto, cuando obra según la razón, actúa en virtud de un impulso propio y de acuerdo con su naturaleza, en lo cual consiste precisamente la libertad; pero cuando peca, obra al margen de la razón, y actúa entonces lo mismo que si fuese movido por otro y estuviese sometido al dominio ajeno; y por esto, el que comete el pecado es siervo del pecado.(LEÃO XIII. Libertas praestantissimum, 1888, Op. cit. Tradução do autor)
13 AGOSTINHO. Trad. Antônio Soares Pinheiro. O livre arbítrio. 3. ed. Braga: Publicações da Faculdade de Filosofia da UCP, 1988. p. 134.

A vida consagrada na Sociedade Regina Virginum

regina_viginumFahima Akram Salah Spielmann

O sino soa, mais uma vez, no silêncio dos corredores de um mosteiro da Sociedade de Vida Apostólica de Direito Pontifício Regina Virginum. Um ruído corriqueiro e banal para o mundo moderno, mas ali, para as religiosas, reveste de grandeza, convidando cerca de sessenta almas “anônimas” – que sentem em si o chamado para o heroísmo – para um ato da comunidade: a recitação do Rosário.

Num mundo onde a grande maioria dos homens é sôfrega de liberdade, qual seria a razão de tantas jovens renegarem sua vontade própria, e com alegria sujeitarem-se, em obediência a uma regra, a um simples badalar de sino?

A resposta encontra-se no apelo para a santidade (VS 17-19). Todos os batizados são chamados à plenitude da vida cristã e à perfeição da caridade. Contudo, os religiosos vão mais além e consagraram a própria vida ao Senhor, no espírito e na prática dos conselhos evangélicos: obediência, pobreza e castidade. 1

Segundo o atual Código de Direito Canônico, a principal característica de quem aderiu a vida consagrada é uma entrega total nas mãos do Superior, mediante votos perpétuos ou temporários, implicando a “separação do mundo que é própria da índole e finalidade de cada instituto” (Cân 607 §3).

_ND35796“Cesse a vontade própria, e já não haverá inferno” dizia São Bernardo. Segundo as normas da Sociedade Regina Virginum, é “regulamentado o alcance da obediência2, e determinado os graus de obrigação com o cerimonial correspondente”. A este respeito comenta Mons. João S. Clá Dias, o seu Fundador: “o voto de obediência, que assim está bem designado, não estaria mal se se chamasse ‘voto de liberdade’, pois é nesse voto que o membro da instituição se vê livre dos erros e faltas que poderia cometer caso seguisse o impulso de seus instintos”.

Quanto à prática do conselho evangélico da pobreza, o próprio Cristo ordenou-a aos seus seguidores: “Qualquer um de vós, que não renuncia a tudo o que possui, não pode ser meu discípulo” (Lc 14,33). Conforme o Magistério da Igreja, “o preceito do desprendimento das riquezas é obrigatório para se entrar no Reino dos céus” (CEC 2544).

Na Sociedade Regina Virginum, a regra, ou ordo, “incentiva o desprendimento dos bens materiais, dispondo deles com a prévia autorização da superiora”, havendo um cerimonial específico para a distribuição de bens.3

A Castidade4, também chamada virtude angélica, “é a maneira eminente de se dedicar mais facilmente a Deus com coração indiviso” (CEC 2349).

Aos membros desta sociedade, ela é estimulada, ao mesmo tempo em que é proporcionada a fuga das ocasiões próximas. Por exemplo, temos em nossos meios a prática da sábia norma de antigas regras de quase todos os mosteiros posteriores ao século V, onde se vedava a possibilidade de sair sozinha, inclusive em missão, além de outras normas como a proibição do acesso a algumas comunicações sociais, como a internet, sem a autorização expressa da Superiora, e o relacionamento com pessoas do outro gênero sem a licença da mesma”.

Além de praticar os conselhos evangélicos, as religiosas cumprem as normas que estão sob o carisma do fundador, conforme o cânon 576 12. “O fundador representa para o religioso uma imagem divina, um modelo que, na sua vida e em seu ensinamento, reproduz a Cristo de maneira adaptada a seus filhos”, segundo as sábias palavras do Padre Gilmont.5

Nos pilares da espiritualidade da Sociedade Regina Virginum encontramos “uma concisa expressão: a devoção a Jesus Eucarístico e a Maria Santíssima, e a fidelidade ao Papa”.

“Pela recepção frequente ou diária da Santíssima Eucaristia, aumenta-se a união com Cristo; alimenta-se abundantemente a vida espiritual; a alma se enriquece com as virtudes e, a quem a recebe, é dado um penhor mais seguro da felicidade eterna” (EM 37), além das comunhões diárias, há a adoração ao Santíssimo Sacramento que é exposto habitualmente nas casas dessa Sociedade.6

_ND35929Cônscias de que por suas próprias forças não conseguem alcançar a santidade, as jovens religiosas, com assídua frequência ao Sacramento da Penitência, rezam, quotidianamente, além da Liturgia das Horas e de diversas orações, os vinte mistérios do Rosário. Voltando-se para Maria Santíssima, “a primeira e perfeita consagrada, carregada por aquele Deus que Ela leva nos braços; Virgem, pobre e obediente, toda dedicada a nós, porque é toda de Deus” 7, com a Sua materna ajuda renovam, diária e constantemente, o seu “Praesto sum”, “eis me aqui”, para comunicar aos outros a dádiva do seu carisma (cf. 1 Cor 14, 12) e testemunhar em primeiro lugar o maior carisma, que é a caridade (cf. 1 Cor 13)8.

1 Cân 573, § 1: “A vida consagrada pela profissão dos conselhos evangélicos é uma forma estável de viver, pela qual os fiéis, seguindo mais de perto a Cristo sob a ação do Espírito Santo, consagram-se totalmente a Deus sumamente amado, para assim, dedicados por título novo e especial a sua honra, à construção da Igreja e à salvação do mundo, alcançarem a perfeição da caridade no serviço do Reino de Deus e, transformados em sinal preclaro na Igreja, prenunciarem a glória celeste”.
2 Cân 601: “0 conselho evangélico da obediência, assumido com espírito de fé e amor no seguimento de Cristo obediente até à morte, obriga a submissão da vontade aos legítimos Superiores, que fazem as vezes de Deus quando ordenam de acordo com as próprias instituições”.
3 Ordo de Costumes. Arautos do Evangelho. 2001, p.56.
4 Cân 599: “0 conselho evangélico da castidade, assumido por causa do Reino dos céus e que é sinal do mundo futuro e fonte de maior fecundidade num coração indiviso, implica a obrigação da continência perfeita no celibato”.
5 GILMONT. Jean François. Paternité et Médiation du Fondateur d’Odre. Toulousse:1964. p. 416-4 17.
6 Cân. 663 §2: “Os membros quanto possível, participem todos os dias do sacrificio eucarístico, recebam o santíssimo Corpo de Cristo e adorem o próprio Senhor presente no Sacramento”.
7. Papa Bento XVI, homilia, 2 de fevereiro de 2010.
8. Papa Bento XVI, homilia, 2 de fevereiro de 2009.

“SOU CRISTÃO”

martirJuliana Montanari

Fazer tal afirmação, nos dias atuais, não causa tantas contrariedades como nos antigos tempos, em que incontáveis mártires deram suas vidas com derramamento de sangue, e regaram o solo para que esta afirmação pudesse perdurar pelos séculos futuros. De fato, ao olharmos para o passado, quanto sangue, suor e lágrimas foram necessários para que hoje se pudesse dizer com toda propriedade e ufania que somos filhos de Nosso Senhor Jesus Cristo e da Santa Igreja.

Nos primeiros séculos, os imperadores romanos infligiam aos cristãos torturas as mais cruéis possíveis, pensando assim que acabariam com a verdadeira religião. No entanto, quanto mais os justos vertiam sangue, mais faziam a Igreja florescer, pois, vendo a coragem com que os mártires entregavam-se nas mãos dos carrascos e das feras por amor a Cristo Jesus, e a audácia com que increpavam seus algozes, multidões se convertiam. Segundo a famosa frase de Tertuliano, “o sangue dos mártires era a semente de cristãos”.

Assim, aconteceu nas cidades de Lyon e Vienne, onde o enorme crescimento de cristãos, fez aumentar o ódio do cruel imperador Marco Aurélio, determinando que, nestas duas cidades da Gália, aquele que se apresentasse como cristão, por lei, deveria ser morto. Entre o povo se espalhava inúmeras calúnias contra os cristãos, que os tornavam mal vistos nos mercados, nas ruas e nas praças públicas. O furor desta população se manifestou principalmente contra um diácono chamado Santo, natural de Vienne que exercia seu ministério na cidade de Lyon. Conseguiram prendê-lo e levaram-no ao tribunal. Como era estrangeiro interrogaram-no: “Qual é o seu nome?”. Ele respondeu: “Sou cristão”.

Estupefatos com tal resposta, perguntaram: “Qual é sua pátria?”. Santo respondeu: “Sou cristão”. Confusos e com muito ódio perguntaram: “Qual é o seu ofício, e o que faz?”. Sem temor e com toda convicção, replicou mais uma vez: “Sou cristão”. E a todas as perguntas que lhe faziam, respondia jubilosamente somente com essas palavras: “Sou cristão!”.

Esta afirmação ressoou aos ouvidos dos carrascos como sinal de condenação, que indignados e furiosos açoitaram Santo com lâminas de bronze incandescentes, de modo que seu corpo tomou-se uma única chaga, perdendo o aspecto humano. Como ainda lhe restara vida, o imperador mandou estendê-lo sobre o potro (cavalo de madeira em que se torturavam os condenados), mas qual não foi sua surpresa quando, tendo acabado esse suplício, o corpo de Santo recuperou-se miraculosamente voltando à forma normal.

Por fim, levaram o diácono Santo e mais um companheiro, que também aderira ao cristianismo, ao anfiteatro onde foram flagelados, arrastados pelas feras, sentados em cadeiras de ferro em brasas e, permanecendo firmes na fé, foram por fim degolados. Para os imperadores, acabar com a existência de um cristão era uma pseudo vitória, mas “para a Igreja de Cristo era mais um mártir e no céu mais um santo”.1

Este sangue gloriosamente derramado trouxe muitos frutos para a Igreja, pois, o ardente desejo de derramarem todo seu sangue em defesa da Fé, fez com que não só eles recebessem a coroa da glória eterna, mas também muitos outros que, vendo o exemplo destes mártires, se converteram, e os que haviam apostatado covardemente, movidos por um verdadeiro arrependimento, confessaram novamente a fé e foram também martirizados.

Alguém poderia objetar, dizendo que seria melhor que eles vivessem para expandir o Reino de Deus. Porém, a ideia de serem apóstolos de outra maneira nem lhes passava pela cabeça, pois “o exemplo heróico do martírio dos primeiros cristãos atraiu para a Fé muito mais gente do que se eles não tivessem oferecido suas próprias vidas, de modo que morrendo, eles faziam mais apostolado que vivendo”.2 Muitas pessoas perseveraram ao longo dos séculos, entraram para a Igreja e se santificaram em virtude desse exemplo, como São Santo, santo não só pelo nome, mas também pelo modelo de vida.

Quão grandioso é, depois de dois mil anos, sentir-se incorporado ao santos mártires na mesma Fé e como irmãos na grande família cristã. Sejamos, pois, imitadores destes magníficos exemplos, e se no futuro tivermos que sofrer por causa do nome de Cristo, glorifiquemos a Deus que nos deu o exemplo máximo do martírio morrendo na Cruz, confiantes de que, se permanecermos firmes na Fé, receberemos a coroa da glória que nos espera!

1CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Na avenida dos becos sem saída, a vitória de Cristo Triunfador: Conferência. São Paulo, 3O jun. 1993. (Arquivo IFTE).
2CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Organização e sabedoria na Igreja das catacumbas: Conferência. São Paulo, 1O jul. 1982. (Arquivo IFTE).

O poder do Rosário

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Irmã Elizabeth MacDonald, EP

Corria o ano de 1879. O bom pároco da igrejinha da vila de Cap-de-la-Madeleine, em Quebec, Canadá, achava-se diante de um sério problema: o inverno tinha sido demasiadamente ameno…

Os que já experimentaram a intensidade do inverno na América do Norte, com seus ventos cortantes, nevadas colossais e temperaturas de gelar os ossos, por certo achariam estranho, ver o pároco todo posto em oração, não para agradecer uma estação tão suave, mas para implorar à Santíssima Virgem com ardor, frio, muito frio…

Nossa Senhora, como verdadeira mãe, compreendeu o que ele queria e o atendeu generosamente. E essa é a nossa história, na qual poderemos venerar a solicitude e o zelo com que Maria guia seus filhos para a glória de Cristo Nosso Senhor.

Quando o Pe. Desilets recebeu, em 1864, uma igreja pequenina nessa província francófona, encontrou uma paróquia em crise.

Por ter ficado muito tempo sem pároco, recebendo apenas a visita de padres viajantes que ministravam os sacramentos em numerosas igrejas daquele vasto território, muitos fiéis tornaram-se indiferentes à sua fé Católica. A capelinha, apesar de tão pequena, era ampla demais para o reduzido número de fiéis que ainda frequentavam as Missas.

Nessa lamentável situação, o novo pároco se dirigiu à Santíssima Virgem, sob a invocação de Nossa Senhora do Rosário. Zelosamente encorajava os seus paroquianos a rezarem o terço com piedade. Pregava a beleza e eficácia desta oração tão amada por Maria e consagrou a Ela a comunidade.

Os resultados aos poucos se fizeram sentir! A graça foi operando prodígios nas almas, e o sacerdote, passados 15 anos desde que chegara àquele local, viu-se diante de um sério e agradável problema: ter de construir uma igreja bem maior.

Em combinação com seus paroquianos, decidiu dar início ao projeto no inverno, quando o largo rio São Lourenço, que passava perto da igreja, se congela e sua superfície se transforma numa firme estrada de gelo, por onde podem passar os cavalos e trenós, carregando as pedras e outros materiais necessários para a construção; processo muito mais econômico do que o transporte em barcos.

Chegado o mês de novembro, o Pe. Desilets e seus paroquianos começaram a rezar pela rápida formação do gelo. Porém, um inverno inesperadamente ameno nos meses de dezembro, janeiro e fevereiro foi adiando a realização do plano. O bom pároco, redobrando seu fervor, prometeu a Nossa Senhora que, se Ela obtivesse uma ponte de gelo, ele não só construiria uma nova igreja, mas preservaria a anterior e a dedicaria à sua honra, sob o título de Nossa Senhora do Rosário.

Chegou o mês de março e começaram as chuvas. Os paroquianos, com bom senso e pouca fé, sugeriram ao pároco que esperasse até o inverno seguinte.

Mas o sacerdote continuou rezando, cheio de confiança em Maria, argumentando que, se não construísse a igreja naquele ano, muitas Missas não seriam celebradas e, consequentemente, muitos pecados a mais talvez fossem cometidos.

A primavera já se aproximava, mas, curiosamente, ou quiçá miraculosamente, a temperatura de repente começou a cair. A festa de São José, padroeiro e protetor do Canadá, se aproximava. O padre coadjutor anunciou que haveria uma Missa solene no dia 19 de março em honra do casto esposo da Santíssima Virgem, na qual se pediria, por sua intercessão, a formação da ponte de gelo.

Após a Missa, juntamente com alguns paroquianos, o sacerdote foi examinar como estava o rio. Qual não foi a surpresa de todos, quando viram que o forte vento do dia anterior havia trazido grandes blocos de gelo, que se encaixaram perfeitamente de modo a formar uma ponte. Cheios de alegria, correram de volta para contar o ocorrido ao Pe. Desilets e a todo o povo.

Com redobrada energia, a comunidade inteira pôs mãos à obra, aproveitando essa maravilha operada por Deus. O pároco, que havia rezado inúmeros terços pela obtenção do milagre, infelizmente não pôde estar junto a seus paroquianos, devido a uma súbita enfermidade, mas escreveu uma carta encorajando os fiéis, que lhes foi lida pelo padre coadjutor: “Vossas orações perseverantes estão sendo agora atendidas. Contra toda a expectativa, temos agora uma ponte pela qual podemos passar carregando as pedras para a nossa igreja. Vejam o poder da oração…””

O trabalho começou na própria festa de São José e continuou por alguns dias. Em uma só jornada, passaram 175 trenós cheios de pedras pela “Ponte do Rosário” (popularmente assim chamada a ponte de gelo). Todos se dedicavam ao labor sem interrupção. “Era extraordinário, um verdadeiro milagre! Algo verdadeiramente impossível!” relatou um dos presentes, anos depois.

O pároco convocou todas as mulheres e crianças para recitarem o terço, enquanto o projeto se transformava em realidade, e ele mesmo era visto muitas vezes, de terço na mão, rezando diante de uma imagem de Nossa Senhora, dentro da igreja. Os homens costumavam rezar inúmeras “Ave-Marias”” enquanto trabalhavam.

Por fim, no preciso momento em que se completou a quantidade de pedras necessárias para a construção da nova igreja, a ponte começou a se desfazer. Então, a ação sobrenatural tornou-se evidente.

Na festa do Santo Rosário do ano seguinte, a nova igreja foi inaugurada e a velha igrejinha anterior passou a ser conhecida como capela do Santo Rosário, tornando-se rapidamente um local de peregrinação.
Contudo, o Pe. Desilets ansiava por mais um sinal do Céu, que confirmasse estarem seus anseios de acordo com os desejos de Nossa Senhora.

No dia da dedicação oficial da capela em louvor a Maria, o sacerdote estava rezando diante da imagem de Nossa Senhora do Rosário, quando algo extraordinário aconteceu. O fato, presenciado por várias pessoas, foi assim descrito por uma das testemunhas: “A imagem da Virgem, cujos olhos estão voltados para baixo, repentinamente os levantou e permaneceu longo tempo com eles totalmente abertos. O olhar da Virgem era firme e voltado para frente. Não poderia ser uma ilusão, pois a face d’Ela estava inteiramente iluminada, devido aos brilhantes raios do sol que entravam pelas janelas, os quais, aliás, iluminavam o santuário todo. Os olhos bem formados eram negros e em admirável harmonia com as feições da sua face.””

Estava concedido o sinal! Nossa Senhora assim mostrava a seus filhos canadenses e aos do mundo inteiro, que Ela não só atende os pedidos feitos através de recitação do Rosário, mas também acompanha, com um vivo olhar maternal, aqueles que a Ela recorrem com confiança.

Cap-de-la-Madeleine tornou-se o Santuário Nacional do Canadá, tonificando dessa forma a devoção a Nossa Senhora do Rosário, magnífica invocação d’Aquela que sempre será a medianeira universal de todos os fiéis católicos.

Médica dos corpos e das almas

Sta Hidelgarda1Irmã Carmela Werner Ferreira,EP

Santa Hildegarda de Bingen

Dotada de um carisma excepcional, a envergadura de sua obra vai desde a descrição de plantas e minerais, inclui a medicina, e atinge a mais elevada teologia e contemplação mística. Sua vida foi a composição de uma verdadeira “sinfonia divina”.

Naqueles dias primevos da Criação, o Senhor manifestava generosamente a sua onipotência e se comprazia em tirar do nada as incontáveis maravilhas que compõem o Universo. Quando a luminosidade do sol já marcava o decurso do dia e o colorido das plantas adornava a singeleza da terra, Ele exerceu sobre este elemento seu poder criador e ordenou: “Façamos o homem à nossa imagem e semelhança. Que ele reine sobre os peixes do mar, sobre as aves dos céus, sobre os animais domésticos e sobre toda a terra, e sobre todos os répteis que se arrastem sobre a terra” (Gn 1, 26).

Assim, era na elevada condição de realeza que a obra-prima saída das mãos de Deus despertava para o conhecimento das realidades exteriores. Cada um dos seres vivos, e até mesmo os elementos, estavam a seu serviço, dispondo instintivamente o requinte de suas qualidades ao beneplácito do homem racional. Nisto estava a glória do Pai: em que, utilizando- se daquela multidão de criaturas, Adão fosse feliz e restituísse ao seu Criador o bem, a verdade e a beleza, reconhecendo-as como postas por Ele na admirável ordem do Universo.

O pecado rompe a harmonia

Mas… que triste estrago veio fazer o pecado original no estado de perfeição do primitivo casal! Expulsos do Paraíso, voltaram para a terra de onde foram tirados e tiveram de comer o pão com o suor de seu rosto, perdendo aquele domínio absoluto sobre as criaturas do qual gozavam no Éden. Contudo, em sua insondável misericórdia, Deus não destituiu o gênero humano da supremacia e precedência que lhe havia conferido. Quis que nele permanecesse a capacidade de utilizar-se de todos os seres e descobrir as valiosas propriedades encerradas em cada um dos elementos a seu serviço.

Até hoje, os filhos de Adão não esgotaram as possibilidades das criaturas que o cercam, e quão longe estão de fazê-lo! Chegam-nos todos os dias notícias surpreendentes acerca das descobertas feitas ao redor do mundo nas quais, por vezes, de causas singelas tiram-se efeitos assombrosos. O lado triste deste fato é que em nossa época o homem endureceu seu coração na busca desenfreada da ciência, omitindo culposamente para si mesmo e para os demais que, se algo há que possa estar na raiz dessas descobertas, são os dons do próprio Deus.

Não é nesta perspectiva que a Igreja forma seus filhos, e nem assim pensaram os santos. Quem se aproxima, por exemplo, da extraordinária figura que foi Santa Hildegarda de Bingen, muito em breve dá graças ao Pai “porque escondeu estas coisas aos sábios e prudentes, e as revelou aos pequeninos” (Lc 10, 21).
Sta Hidelgarda
Nasce uma menina predestinada

Num agradável dia do verão de 1098 nascia no castelo de Böckekheim, na região do Reno, o décimo filho do casal Hildebert e Matilde de Bermersheim. Era uma encantadora menina, batizada com o nome de Hildegarda. Apesar da frágil saúde, dava ela — desde os primeiros anos de existência — mostras de aguda inteligência e inclinação religiosa.
A Providência quis ainda muito cedo atrair para Si esta angélica criança, que já aos três anos de idade era favorecida com luzes e revelações celestes. Pensando que todos recebiam igual sorte de favores, comentava entusiasmada a beleza do que via, causando estupor e maravilhamento nos que a ouviam.

Certo dia, caminhando com sua aia pelas redondezas do castelo, exclamou radiante: “Veja aquele bezerrinho, como é bonito! Todo branco, tem manchas apenas na cabeça e nas patas. Ah! tem uma também no lombo!” A criada, olhando para os lados e nada vendo, perguntou-lhe onde estava o bezerro. Sem compreender como ela não via o animalzinho, a menina apontou uma grande vaca e disse incisiva: “Está ali! Está ali!” Perplexa, a mulher pensou estar ouvindo mais uma fantasia infantil e, em tom de gracejo, contou o sucedido à mãe de Hildegarda. Entretanto, algum tempo depois nasceu um bezerro e ninguém mais riu: possuía exactamente o aspecto predito pela menina!

No silêncio da clausura germina um grande futuro

Como Hildegarda dava sinais inequívocos de vocação contemplativa, e a nobre condessa Jutta de Spanheim abandonara nessa mesma época suas glórias e riquezas mundanas para tornar- se monja beneditina, os pais de Hildegarda não hesitaram em confiar a formação da filha ao zelo dessa mulher virtuosa.

Foi assim que, aos oito anos de idade, ela ingressou na ermida de Disibodemberg, onde “cresceu em graça e santidade” a exemplo do Menino Deus. O silêncio da clausura, as sábias orientações que lhe eram dadas, a participação nos atos litúrgicos e o carisma de São Bento foram modelando sua alma segundo o mais puro ideal monástico: refletir em todos os aspectos da vida as divinas perfeições de Jesus Cristo.

Havia, entretanto, um fator que a unia especialmente a Deus: as comunicações sobrenaturais de que era objeto. Iniciadas as visões na primeira infância e tendo continuidade ao longo de toda a sua vida, elas deram a Santa Hildegarda um discernimento profundo da ação do bem e do mal, da graça e do pecado, da realização da vontade de Deus a que o homem é chamado e a facilidade que este tem em desprezar os desígnios divinos.

Essa riqueza de compreensão foi-lhe facultada visando o cumprimento de sua missão junto aos grandes do mundo, aos pobres do povo e à posteridade ao longo dos séculos. Com efeito, os ensinamentos de Santa Hildegarda possuem em nossos dias uma atualidade igual ou maior do que quando ela viveu, há mais de 800 anos.

Uma admirável compreensão do Universo

Nos trinta anos em que Jutta conduziu o mosteiro, grandes foram os progressos feitos por Santa Hildegarda na via espiritual. Com a morte dessa abadessa, a comunidade não encontrou senão em sua discípula a sucessora ideal. Muito a seu pesar, enfrentando admoestações interiores que lhe ditavam a humildade, Santa Hildegarda dobrou-se ante o jugo da obediência e passou a orientar aquelas almas eleitas. Com tanta perfeição exerceu esse encargo que precisou fundar dois novos mosteiros — o de Rupertsberg em 1148 e o de Eibingen em 1165 — para acolher as numerosas vocações que a ela acorriam.

Transcorria o quinto ano de seu abadessado quando a voz divina que a acompanhava indicou-lhe uma ordem expressa: “Manifesta as maravilhas que aprendes. Escreve e fala!” Assim originou-se a principal obra escrita de Santa Hildegarda, “Liber Scivias”, o qual recebeu nada menos que o louvor de São Bernardo de Claraval e a aprovação do Papa Eugênio III. Ambos reconheceram em suas palavras e em sua vida a autenticidade das revelações.

Mas, afinal, qual é o teor de seus ensinamentos?

Numa linguagem isenta de qualquer pretensão literária e repleta do colorido próprio à sua época, Santa Hildegarda fala a respeito da relação entre Deus e os homens, da Criação e do Juízo Final, e insiste sobre o papel da Igreja na história da salvação. Seu coração filial transborda em exaltações à Santíssima Trindade, não exclui vigorosas denúncias aos erros morais da humanidade e fala da importância dos sacramentos na santificação das almas.

Para ela, o Universo criado é um espelho admirável das realidades espirituais e divinas: “Deus, que fez todas as coisas por um ato de sua vontade e as criou para tornar conhecido e honrado o seu nome, não se contenta em mostrar através do mundo apenas o que é visível e temporal, mas manifesta nele aquelas realidades que são invisíveis e eternas. Isto é o que me foi revelado”.

Uma alma cheia da ciência divina

Todavia, se Santa Hildegarda logrou surpreender os estudiosos ao longo dos tempos, foi sobretudo por suas ousadas afirmações medicinais. Demonstrou ela uma penetração abarcativa nas relações entre o homem e o mundo, sua constituição espiritual e física, e as propriedades benéficas dos seres vivos. São de sua autoria as duas únicas obras médicas compostas no Ocidente ao longo do século XII, de que temos notícia.

Afirma ela que os desequilíbrios nervosos e espirituais se refletem de modo inevitável na saúde corporal, originando os problemas de metabolismo que conduzem à depressão. Em nenhum momento Santa Hildegarda deixa de considerar a mútua influência que corpo e alma exercem entre si. Na sua opinião, a vida religiosa deve buscar um sábio ponto de equilíbrio entre os dois fatores. Defende ainda a tese de que a saúde se mantém essencialmente por um sadio regime alimentar, e se detém em explicar com riqueza e profundidade as características de centenas de plantas medicinais e nutritivas. Nem mesmo as pedras escapam à sua análise, sendo vistas como excelentes elementos canalizadores da energia humana.

E se ainda fosse pouco esse vasto conhecimento empregado generosamente no cuidado da comunidade e de todos os necessitados que acorriam ao mosteiro, Santa Hildegarda foi também uma notável musicista. Dotada de rara acuidade, bela voz e originalidade, ela compôs em torno de setenta sinfonias segundo os estilos de seu tempo. Eis o que ela afirma sobre a música:

“Lembremo-nos de que, com o pecado, Adão perdeu sua inocência e, em conseqüência, perdeu também a voz que antes possuía, semelhante à dos anjos do Céu. Tendo perdido essa capacidade de louvar a Deus, os profetas, inspirados pelo Espírito Santo, inventaram os salmos e os cânticos para incitar os homens a se voltarem para esta doce recordação do louvor da qual gozava Adão no Paraíso. Também os instrumentos musicais, pela emissão de múltiplos sons, podem instruir espiritualmente os homens.”
Uma mulher prega nas catedrais

Na conjuntura da sociedade em que vivia a santa abadessa, a Igreja passava por perigos que comprometiam a paz e a salvação das almas. O Papa estava sendo perseguido pelo Imperador Frederico Barba-Roxa, o qual, julgando-se possuidor de maior poder espiritual que o Sucessor de Pedro, sentia-se no direito de destroná-lo e de colocar em seu lugar quem favorecesse seus intentos ambiciosos. Há pouco eclodira a heresia dos cátaros, que tão profundamente marcaria a época, num delírio de aversão à vida e ao verdadeiro Deus. Por fim, reinava um visível relaxamento de costumes que gradualmente conduzia os homens para o abismo da perdição.

Santa Hildegarda não restringe sua atuação ao âmbito do mosteiro; é necessário fazer ressoar sua voz profética nas abóbadas das igrejas, apontar com sua sabedoria os erros de um século surdo à voz de Deus; urge que uma alma fervorosa faça trepidar a modorra da tibieza. Ela parte, já idosa, para pregar — coisa impensável — nas grandes catedrais repletas pelo clero, nobreza e povo, desejosos de ouvir suas justas admoestações.

Sucessivamente, as catedrais de Mainz, Bamberg, Tréveris, Colônia e muitas outras são palco de seu apostolado. Os efeitos não se fazem esperar: multiplicam-se as conversões e se espalha a fama de taumaturga da santa abadessa a cujas palavras seguiam-se os prodígios. Além das pregações, ela enviou muitas cartas a diversas personalidades, sempre exortando a uma maior observância do Evangelho.

O prêmio do bom combate

Aos 81 anos, sem dobrar-se ante o peso das fadigas e dos sofrimentos, aquela que nunca recusou socorro aos filhos de Deus entregou sua alma em meio à grande paz e serenidade de seu mosteiro. Era o dia 17 de setembro de 1179. Em pouco tempo, encheu-se de peregrinos o seu túmulo, multiplicaram- se os milagres, cresceu o número de seus admiradores e devotos. Em nossos dias, numerosos países contam com associações dedicadas a estudos de sua medicina natural.

Neste conjunto brilhante formado pelas conquistas e feitos heróicos de Santa Hildegarda, sobressai-se a prática de uma virtude preciosa: a humildade, que caracteriza aqueles que são os verdadeiros depositários dos tesouros de Deus. Sem jamais se vangloriar de suas prerrogativas ou utilizar em benefício próprio os dons recebidos, ela pode ser definida com estas suas próprias palavras: “Aqueles que, na elevação de sua alma, gozaram da sabedoria de Deus e se portaram com humildade, converteram-se em colunas do Céu”.

Beauty in the liturgy

_DSC9111Irmã Monica Erin MacDonald,EP

The liturgical celebration of the Eucharist, height of Christian worship, “the summit towards which the activity of the Church is directed (…) and fount from which all her power flows” * , is a synthesis and apex of religious expression in its diverse aspects. The powerful experience within in the Liturgy, which culminates in mystical union in the Eucharist, arouses a consideration of the celebration in its artistic and transcendental dimension. It encompasses not only the spiritual faculties, the understanding and the will, but also the sensitive faculties: internal and external senses, passions and affections 2 . Clearly, the liturgical act employs diverse means of communication that encompass the entire human person 3 , in a celebration of the Divine. It is at once a moment of festive exultation in which the faithful speak through, words, music and gestures, while at the same time a moment of silent contemplation, an ecstasy of admiration and awe, wherein the spirit is receptive to Divine communications. The course of the liturgical celebration encompasses time, space and symbolic forms that harmonize in a synthesis of beauty. It constitutes, at the same time, the greatest mystical journey possible in the human experience, leading to a destination of mystical union in communion.

In this epoch of pragmatism, industrialization and globalization, the Liturgy takes on a new dimension as a reservoir of pulchrum, intense symbolism and call to transcendence. If a “world without beauty” – today’s world – is immersed in conflict and horror, one finds within the liturgical celebration an oasis of the true expression of verum and bonum in a harmonious contemplation of beauty. The Liturgy, regardless of its accidental transformations throughout the ages, has persistently remained a bulwark of the transcendental in the human experience. In its symbolism and mystical composition, it fulfills the complex needs of the human soul, in its invariable search for the Absolute.

LITURGICAL BEAUTY

The Liturgy, veritatis splendor, is intrinsically associated with beauty 4 . Beauty has a unique ability to attract and open the human spirit, in a more effective way than abstract ideas or doctrines. Navone 5 speaks of our incapacity to live without beauty, manifested in the most basic needs of the mind and heart. He emphasizes beauty as a call to transcendence, for that which attracts us by its beauty and goodness, implicitly calls us beyond, to a beauty and goodness even greater 6 . The Eucharistic Celebration, in its resplendent conjugation of sights, sounds and smells, is an efficacious instrument in captivating the human spirit, attracting it through beauty to the Supreme Good. In it, contrasting elements are harmoniously combined: words and silence, gesture and stillness, light and darkness. In the beauty of the mysteries celebrated, man experiences pulchrum, as the splendour of verum and bonum.

Clearly, a consideration of the beauty within the Liturgy brings to light some metaphysical aspects. The Concluding document of the General Assembly,Via Pulchritudinis points out the role of beauty in its relation to the true and the good.

Beauty itself cannot be reduced to simple pleasure of the senses: this would be to deprive it of its universality, its supreme value, which is transcendent. Perception requires an education, for beauty is only authentic in its link to the truth – of what would brilliance be, if not truth? – and it is at the same time “the visible expression of the good, just as the good is the metaphysical expression of beauty‟ 7 .

Since Kant, philosophy has, to a great extent, reduced the conception of beauty to a merely subjective element, depriving it of its ontological dimension. However, according to the philosophia perennis, beauty is a transcendental property of being; that is, a perfection found in all things, without exception. According to Saint Thomas 8 , the transcendentals are unum, bonum, verum, pulchrum – unity, goodness, truth, and beauty. When a being is what it should be, that is, when it possesses truth in its essence, it is also good, and, depending on the sphere to which it belongs, beautiful, holy, noble and useful 9 . Since the transcendentals are aspects of being, they form a union with it, so inseparable among themselves that the lack of care with one would be a catastrophe for the others, as Von Balthasar 10 points out.

Plato called beauty the splendour of truth, and Saint Augustine defined it as the splendour of order 11 . In the Thomistic vision it is seen as the splendour of truth and goodness 12 . For Saint Thomas, beauty is the synthesis of three fundamental qualities, “Beauty includes three conditions, integrity or perfection (…); due proportion or harmony; and lastly, brightness, or clarity”*. Integrity is related to unity, proportion to goodness, and clarity to truth.

The Greek word for beautiful, kalos, interestingly comes from the Greek verb kaleo, which means, “to call”. The beautiful, the good, attracts us evoking happiness and delight 13 . The Greek philosophers, conscious of the relationship between the good and the beautiful, combined the two concepts in one phrase: kalokagathía, or beauty-goodness. On this point Plato writes: “The power of the Good has taken refuge in the nature of the Beautiful‟ 14 . Beauty is then, the center of all motivation, decision and human action, for we do not act without being motivated by the attractiveness of a specific good 15 .

Hans Urs Von Balthasar 16 affirmed that in a world without beauty, the good loses its force of attraction, and truth, its cogency. He bases his profound reflection on beauty in the consideration of God as the font of all beauty, and all created beauty as a reflection of this beauty. Beauty is not just an external form; rather it is a light that radiates from within, an exterior form of the interior. Something is beautiful when it radiates splendor, the reverberation of a hidden light, splendour of the being. The synthesis of the truth and good produce a light that infiltrate to the exterior, an illumination that attracts and fascinates. Von Balthasar 17 employs the terms kabôd, dóxa, glória as synonymous of this beauty, for this scriptural term defines this luminosity that is a manifestation of the Divine splendour. “Beauty is the word that shall be our first. Beauty is the last thing which the thinking intellect has the courage to approach, since only it dances as an uncontained brilliance around the double constellation of the true and the good and their inseparable relation to one another 18 ”.

The manifold interpretations of beauty throughout the ages enrich our perspective in a consideration of its multifaceted role within the human experience. What becomes insistently clear is that beauty intrinsically moves the entire person “spirit and heart, intelligence and reason, creative capacity and imagination 19 ”. Beauty has the capacity to lower the barriers of our egoism in such a way that when we are touched by it, we are overcome and liberated from our selfishness as though from a prison. With the barriers of egoism struck down, one leaves oneself, and in this liberation comes an ecstasy in which one gives oneself, not in an oppressive way, but as a true donation of oneself. It possesses a dynamism that fulfils the deepest of human yearnings for it invites one to leave the transient and ordinary, to rise to the Transcendent and Mystery, ultimately seeking the source of all beauty, God 20 .

The beauty of the Liturgy is a beauty that transcends us 21 . It is a beauty that speaks through the simplicity and originality of its symbols, but also through the splendour and nobility of its ritual. It is a beauty that is revealed gradually, demanding time and attentiveness to be entirely disclosed. It is a beauty that leads to contemplation through the synthesis of its diverse manifestations. It cannot be denied that within the Liturgy the aesthetic sentiment and activity is copiously engaged in the music, choreography, art and architecture 22 . The timeless passage of Saint Augustine seems to reflect the yearnings of contemporary man, aptly fulfilled in the multiple dimensions of the liturgical experience, in which the five senses are touched and overcome by the experience of Beauty so ancient, Beauty so new.

Late have I loved You, O Beauty so ancient, O Beauty so new, too late have I loved You! Behold, You were within me and I was outside, and it was there that I sought You. Deformed as I was, I ran after those beauteous things that You have made. You were with me, but I was not with You, for those things kept me far from You, which, unless they existed in You, would have no being. You have called. You have cried out and pierced my deafness. You have poured forth Your light. You have shone forth and dispelled my blindness. You have sent forth Your fragrance, and I have inhaled and panted after You. I have tasted You, and I hunger and thirst for You. You have touched me, and I am inflamed with the desire for your peace 23 .

Liturgical beauty is truly an epiphany of the true and the good in today’s world, lifting man in his entirety to transcend the physical realities. Particularly through its symbolism, the Liturgy manifests its splendour and diversity.

* Sacrosanctum Concilium, 10
2 VAGAGGINI, Cipriano. El sentido teológico de la liturgia. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos,1959. p. 278.
3 BENEDICT XVI. Sacramentum Caritatis, 40. [On line]. [Consulted: 19 Mar., 2009]
4 Ibid., p. 35.
5 NAVONE, John J. Em busca de uma teologia da beleza. Tradução Elizabeth Leal F. Barbosa. São Paulo: Paulus, 1999. p. 41.
6 Ibid., p. 83.
7 CONCLUDING DOCUMENT of the General Assembly. The Via Pulchritudinis, II.I. Privileged Pathway for Evangelisation and Dialogue. [On line]. [Consulted: 25 Nov., 2008]
8 NICOLAS, Marie-Joseph. Vocabulário da Suma Teológica. In: Suma Teológica. 2a.ed. São Paulo: Loyola, 2003. p. 101.
9 STEIN, Edith. Ser finito y ser eterno: ensayo de una ascensión al sentido del ser. México: Fondo de Cultura Económica, 1994. p. 334.
10 VON BALTHASAR, Hans Urs. Gloria. Una estética teológica. La percepción de la forma. Madrid: Encuentro, 1985. p.15.
11 PANELLA, Federico L. La Belleza en la Liturgia. In: Phase. Barcelona. No .253, 2003. p. 9.
12 FORTE, Bruno. A porta da beleza: por uma estética teológica. Aparecida: Idéias & Letras, 2006. p. 34-35.
* SAINT THOMAS AQUINAS, Summa Theologica, I q.39, a.8.
13 NAVONE, Op Cit., p. 83.
14 JOHN PAUL II. Letter to Artists, 3 [On line]. [Consulted: Mar. 19, 2009]
15 NAVONE, Op. Cit., p. 40.
16 VON BALTHASAR, Op. Cit., p. 23.
17 Ibid., p. 40.
18 VON BALTHASAR, Op. Cit., p. 22. (Personal translation)
19 CONCLUDING DOCUMENT of the General Assembly, Op. Cit. II.3.
20 Ibid., II.3.
21 MARINI, Piero. Liturgy and Beauty. [On line]. [Consulted: 19 Mar., 2009]
22 VAGAGGINI, Op. Cit., p. 289.
23 SAINT AUGUSTINE. On Christian Doctrine. Chicago: Encyclopedia Britannica, 1952. p. 297-298.

The Middle Ages and Modernity

ReimsIrmã Margaret Louise Bassi

No historic epoch can be entirely detached from its past and an analysis of historical events is always a fruitful exercise. The philosophies that shaped the eras directly preceding the present contribute greatly to today’s thought.

Over the last five centuries, the image of the Middle Ages ― denominated as “the Dark Ages” ― was upheld as a time that contributed nothing to humanity. Rather it was said to have hindered progress and stagnated philosophical thought, most especially due to the influence it received from Christianity while Modernity came to be known as an era open to progress and thought. This partial vision of reality though, is now widely disputed.

The Middle Ages, built upon the ruins of the Roman Empire and the consequences of the Barbarian invasions, was based on the teachings of the Catholic Church. During its initial development it was not characterized by a philosophy of its own, in the sense that philosophy has now come to be understood. Christian tenets guided human life and answered the questions of medieval man. He considered eternal happiness to be goal and the cross of Christ as his path. He faced difficulties with a spirit of sacrifice in the pilgrimage toward the celestial homeland. Philosophy therefore, was intertwined with religion and this ensemble merged with the life of society, which had proceeded organically from the historical circumstance of that time. It has been said that the philosophy of the Gospel guided the peoples of medieval Western Europe.

With Saint Thomas Aquinas and Scholasticism a systemization of Christian philosophy, as a rational foundation for revealed truths, attainable by intelligence, was developed. He distinguished faith from reason and after clearing defining them he united them in a close philosophical relationship. Making use of the contributions of the ancient philosophers and thinkers in their search for truth, knowledge that had been safeguarded in the monasteries under the protection of the Church during the tumultuous epoch of wars and invasions, he strove to bring reason to an apex and to an encounter with revelation. With Scholasticism, and most especially the institution of the universities, the Western medieval world came into contact with non-Christian interpretations of man.

In this context, culture continued to develop ― principally in the fields of literature and arts with Italy among European cultural centres ― leading to the onset of the Renaissance and an aura of suspicion toward the medieval system. The initial signs of a “new spirit” appeared that would seem to substitute Christian social ideals for increasingly materialistic and mercantile values. In the cultural sphere, Humanism emerged as a super-valuation of man in detriment to the former theo-centric medieval concept. New philosophies, tantalizing to souls in search of novelties, abounded. Oftentimes faith was relegated to a secondary plane and reason was given prominence. Modernity arrived on the scene of History, severing with the past and heralding a future which claimed to give free reign to progress and thought.

Within a few centuries the fermentation of a new mentality and the transformation of the Western world was effected. Illuminism, then, appeared on the historical scene claiming to be the antidote to the so-called “darkness of ignorance”. The philosophies introduced by Renaissance and Illuminist ideas contrasted with the theological and philosophical foundations of medieval Christian thought. Where Scholastic Christian thought sought answers to human questions enlightened by Christian faith and customs, Modernity believed it was necessary to break with tradition. A large portion of Western Europe was transformed ― taking into consideration the epoch ― in a rapid, abrupt and revolutionary way.

catedral-modernaThese transformations completely altered the Western scenario and the consequences of Modernity were immediately experienced. The illusion of progress slowly waned as it became apparent that the positive sciences, which had occupied the place of philosophy and theology, were unable to provide answers to the central human questions. These effects are still felt by contemporary man who is restless and seeks to satisfy the transcendental dimension that was abandoned by rationalism and the subsequent philosophies.

O milagre de Nossa Senhora de Nazaré

Nazaré3Irmã Elizabeth Veronica MacDonald,EP

Vila típica de Portugal, Nazaré tem, tal como o país ao qual pertence, a face voltada para o mar, recebendo de frente o vento fresco e desafiador do oceano bravio. É bem conhecida a história do povo lusitano, e sabe-se que ele não costuma recuar diante desse tipo de desafio.

No distante século XII, Portugal já era nação soberana. No entanto, escaramuças e combates terrestres não deixaram de ocorrer. Além disso, os navios mouros ainda eram senhores da costa, o que constituía um grande perigo para todos. O rei Dom Afonso Henriques, preocupado em afastar essa ameaça que pesava sobre seus súditos, chamou um vassalo de sua confiança, o alcaide-mor de Porto de Mós, e o constituiu comandante das poucas naves de guerra que Portugal então possuía.

Para muitos, pareceu temeridade a flotilha cristã enfrentar os experientes marujos e corsários árabes. No entanto, a Providência velou pelos lusos, e a esquadra moura sofreu fragorosa derrota ao largo do Cabo Espichel. Era a primeira vitória da marinha portuguesa, e seu comandante, Dom Fuas Roupinho, assim entrou para a História. Porém, seu nome seria lembrado pelas gerações posteriores, não tanto pelo combate marítimo, como por ter sido objeto de um favor celeste, um verdadeiro milagre operado em nome de Maria Santíssima.

Perseguição no meio da neblina

Tempos depois da batalha naval, Dom Fuas encontrava-se na região de Nazaré, área costeira distante pouco mais de 100 quilômetros de Lisboa, cheia de altos despenhadeiros, de onde se avista um fabuloso mar azul. Era uma manhã de setembro de 1182, e estando a região em paz, o impetuoso cavaleiro dedicavase a uma de suas atividades prediletas: a caça. Um pesado nevoeiro cobria os campos e o litoral, e quando o caçador já estava prestes a desistir da empresa devido à falta de visibilidade, avistou o vulto de um grande cervo correndo em meio à bruma e saiu imediatamente em seu encalço.

NazareA neblina tornava muito difícil a perseguição. Rochas e árvores surgiam, por assim dizer, do nada, e a correria avançava por terrenos desconhecidos, mas o tenaz Dom Fuas não desistia. Subitamente, o cervo deu um grande salto, e o cavalo, que vinha em seu encalço, dispunha-se a fazer igual movimento. Nesse momento o cavaleiro percebeu, com horror, que a caça se lançara de um dos penhascos costeiros, mergulhando no abismo para perecer de encontro às rochas marinhas, e seu cavalo ia seguir atrás… Tarde demais para recuar! Em poucos segundos, o próprio perseguidor teria o mesmo trágico destino. Não havia escapatória. Sentindo-se perdido, de seu peito aflito brotou um brado de súplica à Única que poderia socorrê-lo em tal transe: “Senhora, valei-me!”

Surgiu então milagrosamente no ar, bondosa e sorridente, a Virgem Maria, com seu Divino Filho ao braço. A um ligeiro gesto seu, fincaram-se as patas traseiras do cavalo na rocha, salvando as vidas do cavaleiro e da sua montaria. De modo tão inesperado quanto surgira, a aparição se esvaiu. De joelhos no solo, e arfando de emoção, Dom Fuas Roupinho prometeu erigir nesse local uma capela em honra da Senhora de Nazaré, que o salvara. E assim o fez. O milagre marcaria tão profundamente a almas que mesmo o poeta Camões, em sua imortal obra “Os Lusíadas”, faria referência a ele.

Lembrança indelével da bondade de Maria

O pequeno oratório ficou conhecido pelo nome de Capela da Memória, e esta devoção espalhou-se rapidamente. Quase duzentos anos depois, em 1377, o rei Dom Fernando a fez ampliar e elevar à condição de matriz. A intercessão de Nossa Senhora de Nazaré, tão própria aos homens em situação de perigo e de imprevistos, tornou-se cara sobretudo aos grandes navegadores que de Portugal se lançaram à conquista dos oceanos. Homens como Vasco da Gama, ao partir em sua primeira viagem à Índia, e Pedro Álvares Cabral, na expedição que viria a descobrir o Brasil, não ousaram fazer-se ao mar sem antes ir em peregrinação à Senhora de Nazaré.

Por fim, não deixa de ter interesse o que referem alguns antigos comentaristas. No entender deles, o cervo que atraiu Dom Fuas Roupinho teria sido um demônio sob forma material. A interpretação faz sentido. Com sua operação naval, que expulsara os corsários daquelas costas, o valente cavaleiro trouxe mais paz a todos. E então o espírito maligno, inimigo da paz, tentou vingar-se dele, fazendo-o perecer no terrível despenhadeiro. Disso o livrou sua devoção à Mãe de Deus.

Até os dias de hoje a tradição aponta num dos rochedos dos Montes Pederneiras, o qual se projecta sobre o abismo, as marcas atribuídas às ferraduras do cavalo de Dom Fuas. Porém, mais do que marcar uma pedra, o milagre deixa gravado de modo indelével nos corações cristãos quão valiosa e eficaz é a devoção a tão bondosa Mãe e Senhora, Maria Santíssima.

Toma e lê

agostinho-267x300Thaynara Ramos Siedlarczyk

Ao percorrermos a história dos santos, encontramos algumas almas “a quem o Senhor acariciou desde o berço até a sepultura, retirando de seu caminho todos os obstáculos que as impedisse de se elevar até Ele sem manchar suas vestes batismais”1, e outras maculadas, que ao receber favores tão extraordinários de Deus se convertem e trilham a via da penitência, tornando-se modelos de santidade.

Entre essas almas encontramos o grande Santo Agostinho.

Chamava-se Aurélio Agostinho e viveu maior parte de sua vida em Tagaste, no norte da África. Herdou de sua mãe toda ternura e inclinação para a contemplação, mas, infelizmente, não deixou de possuir o temperamento forte de seu pai Patrício, entregando-se a uma vida pecaminosa.

Ainda jovem, ambicionando uma grande carreira, dirigiu-se a Cartago para estudar em famosas academias. Aos vinte anos interessou-se pelo maniqueísmo e adotou essa forma de pensamento para justificar sua vida moral cômoda e relativista. Nesse período, teve um filho chamado Adeodato.

Frustrado pelas desilusões, e apesar de estar “envolvido na escuridão da carne”2, Agostinho sentiu-se impelido pela busca da verdade. E para atender essa aspiração, abandonou o maniqueísmo e aderiu ao neoplatonismo que, longe de possuir o que ele tanto buscava, consistia numa nova interpretação da doutrina de Platão, sob um prisma religioso.

Entretanto, sua virtuosa mãe, Santa Mônica, rezava e pedia a Deus pela conversão de seu filho. Tal era a sua preocupação pela salvação eterna dele, que aflita procurou um bispo, a fim de que este intercedesse pela conversão de Agostinho. Após inúmeras insistências, o bispo lhe diz: “Vá tranquila, pois é impossível que pereça um filho tão chorado”.

Ao inteirar-se da intenção de Agostinho de viajar para Roma, Santa Mônica correu ao porto a fim de acompanhá-lo. Porém, seu filho a enganou e partiu escondido naquela mesma noite.

Contudo, a Providência não o abandonou e, em Milão, ele conheceu o bispo Ambrósio. Devido à sua retórica, Agostinho passou a ir às missas celebradas por ele a fim de ouvir suas pregações que tanto o deliciavam. Sua admiração pelo prelado era tal, que Agostinho permanecia horas no seu gabinete, observando-o a preparar seus sermões. Assim, aos poucos, o exemplo e os ensinamentos de Santo Ambrósio foram penetrando em sua alma, transformando-o.

Enquanto isso, Santa Mônica não cessava de rezar e chorar pela alma de seu filho, pedindo a Deus pela sua conversão e foi reconfortada por um sonho:

Viu-se num bosque, chorando pela perda espiritual de seu filho, quando se aproximou dela um personagem luminoso e resplandescente, que lhe disse: “ Teu filho voltará para ti”.Este sonho,reforçando em seu espírito as confortadoras palavras do bispo, deu-lhe grande ânimo na luta sem tréguas pela conversão do filho”.

Desejosa de encontrar seu filho, partiu para Roma. Quando lá chegou, soube que Agostinho abandonara a filosofia dos maniqueus. Confiante, Santa Mônica pressentiu que sua total conversão estava próxima.

Entretanto, “ o espírito está pronto, mas a carne é fraca” (Mt 14,38). Agostinho não tinha forças suficientes para abandonar os vícios aos quais se entregara e não cessava de exclamar: “E tu Senhor, até quando? Até quando continuarás irritado? Não te lembres de nossas culpas passadas! Por quanto tempo, por quanto tempo direi ainda: amanhã, amanhã? Por que não agora? Por que não pôr fim agora à minha indignidade?3

Assim, ainda indeciso sobre qual rumo tomar em sua vida, se deveria ou não se entregar totalmente à fé cristã, a Providência interveio, enviando-lhe as graças necessárias para dar os passos em vista a sua completa conversão. Estando no jardim de sua casa, de repente, ouviu cânticos de criança que diziam: “toma e lê, toma e lê”. Julgando ser um sinal divino, pegou o livro das Epístolas de São Paulo e abriu-o e leu: “Não em orgias e bebedeiras, nem na devassidão e libertinagem, nem nas rixas e ciúmes. Mas revesti-vos do Senhor Jesus Cristo e não procureis satisfazer os desejos da carne” (Rm 13, 13). Não foi necessário continuar a ler… Neste momento sentiu uma luz penetrar em todas as trevas e dúvidas do seu coração.

Convertido e exultante, foi anunciar à sua mãe o fato ocorrido, deixando-a radiante de alegria como menciona em seu livro “Confissões” (VIII-12):

Ela rejubila. Contamos-lhe como o caso se passou. Exulta e triunfa, bendizendo-Vos, senhor, ‘ que sois poderoso para fazer todas as coisas mais superabundantemente do que pedimos ou entendemos’. Bendizia-Vos porque via que, em mim, lhe tínheis concedido muito mais do que ela costumava pedir, com tristes e lastimosos gemidos”.

Agostinho fez um retiro e foi batizado por Santo Ambrósio. Em um arroubo de fervor, “segundo a tradição, terminada a cerimônia do Batismo, Santo Ambrósio exclamou: ‘Te Deum laudamus!’ e Santo Agostinho acrescentou: ‘Te Dominum confitemur!’; e assim, alternando suas frases um e outro, entre os dois improvisaram naquela ocasião os conceitos e palavras que compõem o cântico litúrgico do ‘Te Deum’”4.

Logo após ser batizado, Agostinho decidiu voltar a Tagaste com sua mãe. Ao chegar em Óstia, devido ao mau tempo, não puderam embarcar logo. Neste dia, entraram em êxtase durante um colóquio sobrenatural e, no fim deste, Mônica revelou a Agostinho que não mais possuía desejo de viver.

“Meu filho, nada mais me atrai nesta vida; não sei o que estou fazendo ainda aqui, nem porque ainda estou aqui. Já se acabou toda esperança terrena. Por um só motivo desejava prolongar minha vida nesta terra: ver-te católico antes de eu morrer5.

Poucos dias após esse episódio, Santa Mônica adoeceu gravemente e faleceu antes de regressar a Tagaste.
Santo Agostinho, determinado a levar uma vida cristã, voltou à sua terra natal onde fez penitência e pôs-se a escrever livros e transmitir seus conhecimentos a outros. Sua reputação espalhou-se rapidamente e, em pouco tempo, fizeram-lhe bispo de Hipona.

Um pouco antes de sua morte, pediu que escrevessem na parede de sua cela, em tamanho grande, os sete salmos penitenciais, os quais recitava todos os dias em seu leito com muita lucidez. Entrou para a morada celeste aos 77 anos.

Assim, deu-se a conversão de uma alma que, após uma vida devassa, atingiu a mais excelsa virtude, entregando-se com tal radicalidade às vias da perfeição, que se tornou uma das maiores riquezas da Igreja com seus escritos e ensinamentos.

1 SANTA TERESINHA, História de uma alma. 20.ed. São Paulo Paulus,1979. p.26
2 SGARVOSSA,Mário; GIOVANNINI, Luigi. Um santo para cada dia. 4.ed.Roma Paulus, 1978. p. 272-273
3 SANTO AGOSTINHO, Confissões; Edições Paulinas, 2º edição – 1986, São Paulo. Pág.213
4 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Santo Agostinho, farol de sabedoria e de amor a Deus. In: Dr Plinio, São Paulo: Retornarei, n. 89, ago. 2005. p. 26.
5 SANTO AGOSTINHO, Confissões; Edições Paulinas, 2º edição – 1986, São Paulo. Pág.239.

Mudança de mentalidade do homem

Cristo Rey Sainte Chapelle-ParisIrmã Juliane Vasconcelos Almeida Campos, EP

A teoria de Kant* arruinou toda e qualquer fé em verdades gerais e transcendentes, pois estas passaram a existir só para quem as forjasse para si mesmo. “O seu subjetivismo fazia a experiência religiosa perder-se numa bruma de boas intenções e de crenças afinal irracionais 1 . Tudo isso introduziu uma desordem no pensar do homem, sobretudo ao expulsar Deus de seu ser, deificando-se a si próprio, e tornando-se legislador universal.

Ora, em sua parte animal, o homem tem paixões e tendências que às vezes o levam a reagir de forma irracional. De si mesmas as paixões humanas são neutras, mas não é raro que se tornem avassaladoras 2 . E por ter uma razão lógica, ao encontrar argumentos que lhe permitam justificar-se, subjetivamente, em suas transgressões morais ― em virtude destas paixões e más tendências, já sem freios, haverem se tornado dominantes ―, se introduz a desordem também na sociedade, que entra em lenta e profunda crise. Aberta a porta do subjetivismo e perdido o referencial do Ser Absoluto, o homem foi perdendo a noção da experiência transcendental, mais além de si mesmo.

O problema passa a ser mais antropológico-ético que ontológico-metafísico.

Com efeito ― como Paul Bourget pôs em evidência em sua célebre obra ‘Le Démon du Midi’ ―’cumpre viver como se pensa, sob pena de, mais cedo ou mais tarde, acabar por pensar como se viveu’ (Op. Cit., v.II, Paris: Librarie Plon, 1914. p. 375). Assim, inspiradas pelo desregramento das tendências profundas, doutrinas novas eclodem. Elas procuram por vezes, de início, um ‘modus vivendi’ com as antigas, e se exprimem de maneira a manter com estas em simulacro de harmonia que habitualmente não tarda em se romper em luta declarada 3 .

Não se trata aqui de fazer uma análise histórico-sociológica das mudanças ocorridas na sociedade, no mundo e no homem ocidental, desde então. Mas sim de fazer uma reflexão sobre o quanto as novas doutrinas abalaram o homem em seu próprio ser, mudando-lhe a mentalidade, o que se refletiu em seu comportamento ético e em seu senso moral.

Já Descartes havia substituído a busca da “ordem da razão” pela “ordem das coisas”, aparecendo o homem científico. A ciência passou a ser vista como autógena 4 e apareceu como a mais deslumbrante e assombrosa das estrelas da cultura, considerada como um bem em si mesma, atividade produtora de novas ideias 5 . O racionalismo científico determinava que só o que se explicasse pelo método científico era verdadeiro. Fascinado pela ciência, o homem elevou-a até ocupar o lugar do sagrado. Mas não era um simples conflito entre a ciência e a fé. Por trás de tudo aquilo latejava um empenho de proclamar a salvação da humanidade por si mesma, e o advento de uma sociedade iluminada unicamente pela razão humana 6 .

Até onde penetraram essas novas hermenêuticas? Não se pode imaginar um declínio total e imediato. Mas é impossível negar que a influência que exerceram foi considerável. Sendo limitado o número de intelectuais, no limiar do século XVIII as ideias avançadas de racionalismo e libertinagem alcançavam apenas homens de letras, nobres ou grandes burgueses ávidos de bel esprit. E apesar de tantas transformações e crises, aqueles que se tardaram a separar a Razão da Fé ― ou seja, sobretudo os que se mantinham cristãos ―, apoiados nos alicerces da Fé e de tradições antigas e sólidas, se mantiveram ainda mais arrazoados e menos abalados em seu próprio ser 7 .

Isso porque quando a Razão se separou da Fé, não só proclamou-se independente desta, mas lhe declarou guerra e começaram os grandes dramas da sociedade 8 . Morta a metafísica da causalidade, com Kant ― e separada a Razão da Fé ―, já Hegel tinha uma concepção de religião como “um momento lógico, natural da evolução do Espírito Absoluto e, contra qualquer subordinação da religião à filosofia”. E em fins do século XVIII, entrando pelo XIX, “por obra de Marx, Engels, Comte, Nietzsche e Freud, irrompe a desmistificação da religião, a qual encontra amplos consensos e muitíssimos defensores num momento em que impera o positivismo e o materialismo” 9 .

Por isso, diz João Paulo II 10 que não é exagerado afirmar que boa parte do pensamento filosófico moderno se desenvolveu afastando-se progressivamente da Fé Cristã. E a partir do subjetivismo e da perda do referencial Absoluto bem como com seu relativismo moral, a filosofia deu origem a uma mentalidade difusa, chegando a um pensamento niilista, onde não se deve assumir qualquer compromisso, porque tudo é fugaz e provisório.

Dominando a ciência e bastando-se a si mesmo, o homem provocou uma verdadeira revolução na sociedade humana. Deixou de ser visto como o sujeito da história, relegando a tradição e a iniciativa, a herança filosófico-cultural e o gênio criador, caindo em um morboso naturalismo dessacralizador, desfigurando a imagem ontológica do homo Dei 11 . Este novo homem, seguro de ter o domínio da ciência e da técnica, se afastou até de si mesmo como seu próprio fim e passou a ser dominado e controlado por elas, considerando-as como algo e fim último, desligado da consciência das pessoas 12 , degradando-se a si mesmo, perdendo seu senso moral.

A modernidade, chegando ao seu auge na era da pós-modernidade, revela uma questão antropológica complexa e articulada, que se verifica nas reflexões filosóficas dos últimos séculos. Não foi ela um simples fenômeno cultural que mudou as sociedades, mas, na realidade, obriga a uma compreensão mais exata do que ocorreu com o espírito humano 13 . O temperamento da opinião pública passou a ser tão vegetativo, que a vida de pensamento parece eliminada dela. Os mais tremendos acontecimentos não afetam mais o indiferente homem egocêntrico e globalizado, já sem referencial de fim último. Frente a manifestações de degradação moral, a mais completa, apresenta uma atonia radical, pela qual nem o sim é o sim, nem o não é o não, nem o bem é o bem, nem o mal é o mal. Ele a tudo olha com indiferença e apatia, exceto para sua vidinha pessoal 14 .

Aquela luz que a razão projeta sobre todas as coisas ― o lumen rationis ―, dando uma visão integral destas, parece estar se extinguindo do ser humano. O homem foi ficando cada vez menos sensível à contradição, ao ilogismo, mesmo ao disparate ou ao estapafúrdio, significando uma insensibilidade para com a própria razão. Essa evanescença do lumen rationis produz um cambalear geral da humanidade, que passa a ser presa fácil de qualquer força que a queira conduzir. Perdida a luz do Absoluto, que antes lhe iluminava a razão, o homem passa a ter seu lumen rationis cada vez mais esmaecido, “reduzido a uma brasa ou a um farolete de lanterna, que está apenas ― para me exprimir assim ― comburente, mas que não projeta mais, não põe em claridade zonas de uma sala, apenas na sala se percebe que ele está lá. É um lumen rationis coincé, quer dizer, comprimido de vários lados e reduzido ao seu estado inicial” 15 .

Assim, o sonho iniciado nos séculos XVI-XVII ― de que homem se converteria em senhor e possuidor da natureza e do mundo ―, afinal gerou uma nova humanidade autônoma e aparentemente livre, mas que na realidade perdeu o rumo de seu próprio ser, quase incapaz de pensar com clareza e lucidez, que transformou sua liberdade em libertinagem, produzindo um caos nas mentes, perdendo o sentido do humano, ademais do divino.

Sem embargo, como uma brasa que ainda fumega, a luz da razão vai, como que, se despertando. Como um movimento pendular que tende a voltar ao seu badalar equilibrado ― depois de atingir o outro extremo e dele se ter saturado ―, o século XX se iniciou com um resgate da metafísica, pela analítica dos neotomistas, abrindo as portas para um novo diálogo filosófico com a causalidade e uma redescoberta do transcendente.

* ver artigo “morte” da metafísica
1DANIEL-ROPS, Henri. A Igreja dos tempos clássicos: (II) a era dos grandes abalos. São Paulo: Quadrante, 2001. p.69.
2CLÁ DIAS, João Scognamiglio. A maior felicidade. Em: Revista Arautos do Evangelho. São Paulo. No. 55 (Jul., 2006); p.8-9.
3CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Revolução e Contra-Revolução. 2a. ed. São Paulo: Diário das Leis, 1982. p.23.
4MARITAIN, Jacques. De Bergson a Thomas d’Aquin. New York: Maison Française, 1944. p.208-209.
5BUNGE, Mario. La ciencia, su método y su filosofía. Citado por: URIBE CARVAJAL, Ángel Hernando y OSORIO, Byron. Cultura y espiritualidad. Medellín: UPB, 2008. p.34.
6AGUILÓ, Alfonso. Pode a ciência controlar-se a si mesma? [Em linha]. [Consulta: 25 Mar., 2009].
7DANIEL-ROPS, Op. Cit., p.80-81.
8CASTÉ, Juan Carlos. Fé e razão, fraterna e alcandorada união. Em: Revista Arautos do Evangelho. São Paulo. No. 89 (Mai., 2009); p.20.
9MONDIN, Op. Cit., p.98.
10JOÃO PAULO II. Encíclica Fides et Ratio. No.46.
11RODRÍGUEZ Y RODRÍGUEZ, Victorino. Temas-clave de humanismo cristiano. adrid: Speiro, 1984. p.235.
12ADORNO, Theodor. Educação após Auschwitz. Citado por: DOMINGUES, Ivan. Ética, ciência e tecnologia. Em: Kriterion. Belo Horizonte. Vol. 45, No. 109 (Jan. – Jun., 2004); p.162.
13BENTO XVI. Alargar os horizontes da racionalidade. Em: Revista Arautos do Evangelho. São Paulo. No. 80 (Ago., 2008); p.8.
14CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. O lumen rationis em nossos dias. Conferências. São Paulo: s.n., 1975;1983. s.p.
15Ibid., s.p.

Cápua: preciosa lição de vida espiritual

AnibalIrmã Clara Isabel Morazzani Arráiz, EP

Aníbal foi um excelente general, astuto e ao mesmo tempo ousado. No entanto, no momento mais dramático de sua grandiosa campanha militar, faltou-lhe a prática de uma importantíssima virtude.

Roma, a invencível, a poderosa, tremia… Num só dia perdera o escol de seus soldados e de sua cavalaria; deixara sobre o campo de batalha 50 mil mortos e vira cair nas mãos de seus inimigos mais de 10 mil prisioneiros. A soberba rainha das nações sofrera o maior desastre militar de toda a sua história. E a derrota não se limitava a estas conseqüências: era de temer- se que o adversário, alentado pela recente vitória, alcançada de forma tão fulminante, continuasse sua marcha triunfal até as portas da Cidade Eterna, derrubando sua supremacia e mudando completamente os rumos do Ocidente.

Quem era o contendor que ousava opor resistência ao glorioso avanço das legiões romanas, levando sua audácia ao extremo de desafiá-las no coração de seu poderio? Quem era este que, num golpe estratégico magistral, se aventurara a frear a colossal força de Roma e agora a mantinha numa humilhante incerteza?

Aníbal e a campanha contra Roma

Havia já muitos anos, uma rivalidade surgira entre as duas potências da Antigüidade: Roma e Cartago. Não poupara a primeira, em seu ímpeto conquistador, os territórios da segunda situados nas ilhas de Sicília, Córsega e Sardenha, ocasionando a Primeira Guerra Púnica. Se Roma havia conseguido ampliar suas fronteiras, comprara ao mesmo tempo uma inimiga irreconciliável que nutria um profundo desejo de vingança.

Em Cartago, entre os mais acirrados na oposição a Roma, achava-se a dinastia dos Barca, cujo chefe, Amílcar, distinguira-se por sua coragem e determinação ao longo das campanhas militares na Península Ibérica. Conta a tradição que ele obrigou seu filho Aníbal, de nove anos, a jurar diante dos altares dos deuses ódio eterno aos romanos.

Pode-se dizer que a partir daí a vida de Aníbal não foi mais que o estrito cumprimento de sua promessa. Educado por seu pai nas rudes façanhas da guerra na Hispânia, o jovem descendente dos Barca reunia predicados aparentemente contraditórios: sabia aliar a astúcia à energia, o maior dos entusiasmos a um cálculo frio e sagaz; era ao mesmo tempo o melhor dos peões e o mais hábil dos cavaleiros, o primeiro no ataque e o último na retirada.

Após a morte de seu pai e de seu cunhado, o exército cartaginês o elegeu general quando tinha apenas vinte e um anos. Aníbal revelou-se um excelente estrategista, demonstrou logo seu gênio improvisador nos combates e realizou verdadeiras proezas. Rompendo a trégua temporária que havia entre Cartago e Roma, atacou várias cidades pertencentes a esta na Hispânia, saindo sempre vencedor.

Em 218 decidiu pôr em prática o sonho temerário de tomar Roma e destruir por completo sua primazia. Os romanos conheciam as intenções do jovem general e o esperavam no marcom uma numerosa frota; entretanto Aníbal, temendo ser derrotado numa batalha naval onde a superioridade de seus inimigos era patente, preferiu levar suas tropas por terra através da Hispânia e da Gália. Reuniu um exército de 100 mil guerreiros com 37 elefantes, transpôs o Ródano, os Pirineus e os Alpes, estes últimos cobertos de neve e cheios de perigos e obstáculos. Grande parte dos soldados pereceu ao longo da viagem, mas o general não se intimidou, e recrutou gauleses para reparar as perdas sofridas.

Seu avanço militar pela Itália foi marcado por uma série de êxitos extraordinários. Chegando a Ticino, venceu o cônsul Cornélio Cipião e pouco mais tarde, em Trébia, infringiu uma vergonhosa derrota à legião comandada por Semprônio. No ano seguinte, obteve nova vitória às margens do lago Trasímeno, contra as forças lideradas pelo cônsul Flamínio. Com a chegada da notícia dessa batalha, o terror espalhou-se em Roma. Quinto Fábio Máximo, eleito ditador, pôs a cidade em estado de defesa e reuniu às pressas um novo contingente com o intuito de conservar ao menos a capital.

Não obstante essas medidas de prudência tomadas por Fábio Máximo, o general púnico conseguiu atrair os cônsules Terêncio Varrão e Paulo Emílio a uma batalha em Cannas, em campo aberto, como era bem do seu gosto, pois sempre vencia nesse tipo de combate. Aníbal dispôs seus africanos, gauleses e íberos em ordem de batalha, armados de longas espadas e afiados alfanjes. A luta foi encarniçada. De ambos os lados, os guerreiros combateram heroicamente, mas Aníbal, apesar da inferioridade numérica de seu exército, saiu vencedor. Como afirmamos acima, Roma sofreu aí a pior derrota da história da República e viu cair sob os golpes dos cartagineses a fina flor de sua força combatente.

O exército cartaginês se detém em Cápua

Após a batalha de Cannas, muitos contemporâneos pensaram que Roma chegara ao fim de sua glória, e alguns de seus aliados italianos, julgando- a perdida, decidiram unir-se a Cartago. A queda da capital parecia uma conseqüência natural do avanço cartaginês.

Entretanto, deu-se o inesperado: ao invés de lançar-se sobre a cidade no momento em que ela se achava indefesa e sem coordenação militar, Aníbal preferiu retirar-se para Cápua (uma das cidades que lhe haviam aberto as portas) a fim de ali passar o inverno e conceder um merecido descanso às suas tropas. Sem dar ouvidos às sugestões de seus oficiais, de logo invadir Roma, e aos acertados avisos de seu lugar-tenente Maarbal que lhe dizia: “Tu sabes vencer, Aníbal, mas não aproveitar da vitória”, ele deixou-se ficar em Cápua, gozando de uma vida ociosa e devassa. Seus soldados, que estavam no auge do furor bélico, ficaram de repente sem motivação por verem o próprio chefe abandonar seus objetivos para dedicar- se ao descanso, e entregaram-se aos prazeres de uma vida fácil, a ponto de, entre os romanos, dizer-se que eles “tendo entrado homens, saíram transformados em mulheres”.

Era o toque de finados do sonho cartaginês: Aníbal cometera um erro irreparável. Ao facilitar o repouso e o relaxamento de seus valentes, concedendo-lhes tudo quanto quisessem, julgava que eles adquiririam assim um redobrado vigor para se jogarem de novo sobre o adversário. Entretanto, o resultado foi precisamente o contrário: de tanto descansar no meio dos prazeres, eles amoleceram e perderam o desejo de vencer. A inação dos cartagineses em Cápua deu aos romanos oportunidade de reagrupar suas forças e iniciar uma hábil contra-ofensiva, hostilizando a retaguarda africana e cortando-lhe o aprovisionamento. Aníbal jamais chegaria a entrar em Roma.

Profunda lição de vida espiritual

Após ter cruzado toda a Península Ibérica, transposto os Alpes e enfrentado vitoriosamente os poderosos exércitos romanos, o enérgico general africano sucumbiu em Cápua. O que, exatamente, teria acontecido?

“Finis coronat opus” (o fim coroa a obra), diz o provérbio latino. Aníbal confiou demais nas suas próprias forças e já deu a vitória por obtida quando pouco lhe faltava para alcançar o termo final. Sem ter atingido o seu objetivo último, todas as suas lutas anteriores ficaram tremendamente destituídas de brilho e até mesmo, de certo modo, sem sentido.

Ele foi um excelente general, astuto e ao mesmo tempo ousado. No entanto, no momento mais dramático de sua grandiosa campanha militar, faltou-lhe praticar a virtude que dispõe a razão a discernir em qualquer circunstância nosso bem, e a escolher os meios adequados para realizá-lo: a prudência.
“O homem prudente vigia seus passos” (Pr 14,15), afirma a Sagrada Escritura. São Tomás, citando Aristóteles, ensina que a prudência é a “regra certa da ação” 1 . Ela é chamada “auriga virtutum” (o cocheiro, ou o portador, das virtudes), porque conduz as outras virtudes, indicando-lhes a regra e a medida. Graças à prudência, aplicamos sem erro os princípios morais aos casos particulares e superamos as dúvidas sobre o bem a fazer e o mal a evitar 2 .
Onde falhou Aníbal? Tivesse ele sido prudente, teria considerado quanto risco havia em entregarem-se, ele e seus soldados, aos devaneios das paixões que Cápua oferecia, desviando-se assim de primordial, a conquista de Roma. A ele — que era pagão e desconhecia os salutares preceitos da moral cristã — teriam bastado os ensinamentos de Aristóteles, o qual previne os imprudentes contra o risco dos prazeres desregrados: “O deleitável e o triste pervertem no coração o conceito da prudência” 3 .

Mas o Cristianismo vai muito além. Na Suma, o grande São Tomás disserta sobre a prudência de modo completo e profundo. E é muito claro ao afirmar que ela se perde, não tanto por distrações ou esquecimentos, mas, sobretudo, quando é enleada pelas paixões: “A prudência não desaparece diretamente pelo esquecimento. Ela, ao invés, corrompe-se pelas paixões” 4 .
Deste fato histórico passado na antiqüíssima cidade itálica tiramos, sem dúvida, uma preciosa lição. Ele é útil tanto para quem adotou o estado religioso quanto para os cristãos que vivem na sociedade. A entrega a um vício, a uma paixão, por pequena, fugaz e sem importância que pareça, é sempre uma imprudência que pode arruinar anos de uma bem-levada vida devota. Pode destruir uma empresa, um casamento ou uma família, uma juventude brilhante ou uma respeitável maturidade. Quantas “Cápuas” não terão destituído da coroa da dignidade pessoas que passaram uma existência inteira na observância dos melhores preceitos morais, levando-as até a terem vergonha de si mesmas?

O exemplo da derrota do infeliz Aníbal e, sobretudo, os sábios ensinamentos da Santa Igreja, são um sério e irrecusável convite a todos nós, no sentido de nunca fraquejarmos na prudente vigilância e no combate às más paixões. Além disso, nunca será demais recordar que nenhuma virtude pode ser estavelmente praticada sem o precioso auxílio da graça. Mas esta jamais será recusada àqueles que a pedem com insistência e confiança, sobretudo quando pela intercessão de Maria Santíssima. Sejamos prudentes e confiantes, e não haverá “Cápua” a nos desviar do caminho da eterna salvação.

1) Suma Teológica II-II, q. 47, a. 2.
2) Cf. CIC n. 1806.
3) In VI Ethic.
4) Suma Teológica, II-II q. 47, a. 16.

Santa Maria Madalena – porque muito amou…

tangere
Thaliane Neuburger

“Ama et quod vis fac”, ou seja, ama e faze o que quiseres. Frase ousada de Santo Agostinho, porém inteiramente teológica, por ser a caridade a virtude essencial, sem a qual, as demais virtudes carecem de valor 1 . O próprio São Paulo assim inicia seu nobre, distinto e angélico cântico sobre a rainha das virtudes: “Ainda que eu falasse as línguas dos homens e dos anjos, se não tiver caridade sou como o bronze que soa, ou como o címbalo que retine. Mesmo que eu tivesse o dom da profecia, e conhecesse todos os mistérios e toda a ciência; mesmo que tivesse toda a fé, a ponto de transportar montanhas, se não tiver caridade, não sou nada. Ainda que distribuísse todos os meus bens em sustento dos pobres, e ainda que entregasse o meu corpo para ser queimado, se não tiver caridade, de nada valeria!” (1Cor 13, 1-3).

Diversos autores afirmam que a caridade supera em beleza, valor e essência a todas as demais virtudes, inclusive a própria Fé e Esperança pelo fato de Deus constituir-Se no seu objeto primário e principal 2 , e porque estas não ultrapassarão os umbrais da eternidade, enquanto que “a caridade jamais acabará” (1Cor 13, 8).

Segundo São Tomás , o progresso na vida sobrenatural consiste, essencialmente, na perfeição da caridade 3 . Ela é a virtude que nos une diretamente a Deus conforme no-lo demonstra o discípulo amado: “Deus é amor, e quem permanece no amor permanece em Deus e Deus nele” (1Jo 4, 16). Disto procede a supremacia do amor: porque as demais virtudes somente preparam e iniciam essa união, mas quem a realiza de modo pleno é a caridade 4 .

Por outro lado, o Apóstolo São Paulo mostra-nos que “o amor de Cristo nos pressiona” (2Cor 5, 14). Mas, no que consiste esse “pressionar”? Vejamos o que nos explica o Revmo. Monsenhor João Clá:

“É um modo de exprimir a força que tem o amor de Nosso Senhor por nós; este amor é transformante, infunde bondade e faz com que sejamos aquilo que jamais seríamos pelos nossos esforços ou natureza; é um amor que faz com que eu dê em relação ao Bem que é Ele, aquilo que eu nunca conseguiria dar por meu esforço. (..) Ele nos confisca [pois] é um amor tão superior, exuberante, rico, transbordante e incomensurável, que uma vez manifestado, torna-se impossível, de nossa parte, não vivermos para Ele” 5 .

Estes foram os efeitos do amor do Divino Mestre em Santa Maria Madalena, “que foi cativada e transformada pela força deste amor, a tal ponto que depois de uma vida de vícios e desvarios, atingiu tão eminente grau de admiração e enlevo por Nosso Senhor Jesus Cristo e, sobretudo, foi tão amada por Ele que obteve a restauração da inocência” 6 .

Voltemo-nos, pois, para sua vida e veremos as grandes maravilhas operadas por Deus naquela alma.

Maria Madalena nasceu de uma família muito digna, talvez a mais rica de Israel. Possuindo, desde pequena, uma aparência privilegiada, sua mãe tinha o costume de colocá-la sentada encima de uma almofada na janela, para que todos pudessem admirar sua beleza e seu bom comportamento. As ruas daquela época eram estreitas e os que por ali transitavam viam-na, conversavam um pouco com ela e, encantados, elogiavam tão extraordinária menina. Elogios estes, que serviram para dar início a um processo que a levaria a cometer os piores pecados, porque, “quando a pessoa não sabe se defender dos elogios e restituí-los a Deus, isso produz na alma um estrago tremendo” 7 , pois, o “orgulho leva à impureza” 8 . Foi justamente o que aconteceu com a jovem Maria Madalena.

Com a perda dos pais, deu-se a divisão da vasta herança. Coube a Lázaro — sendo o primogênito — herdar todas as terras e propriedades que possuíam em Jerusalém, assumindo com isso o encargo social e político da família. Marta, por sua vez, ficou em Betânia e viu-se obrigada a administrar as propriedades do irmão. Restou à Maria — por ser a caçula — o castelo que a família possuía em Mágdala, cidade muito mundana da época, devido à sua localização às margens do Mar da Galiléia.

Chegando a idade das paixões que rejeitam todo freio; quando a presença de toda pessoa honesta e séria resulta-lhe pesada” e sendo Maria Madalena “muito adulada e muito bela, circundada de adoradores, desfrutando ao respirar o incenso agradável dos elogios e sobretudo o perfume embriagante do prazer, fugiu da companhia de sua irmã” 9 , aos quinze anos, para estabelecer-se em Mágdala. No entanto, em pouco tempo, “começou a levar uma vida afastada dos Mandamentos da Lei de Deus, tornando-se, assim, uma pecadora” 10 .

Em certo momento chega a Mágdala rumores de estupefação, admiração e entusiasmo pelo grande profeta: Jesus Nazareno. Muito dada a estar de acordo com as notícias de acontecimentos mais recentes, Maria decidiu reunir uma caravana e ir ao encontro daquele, do qual todos comentavam. Quando chegaram ao lugar onde o Divino Mestre se encontrava, Ele “a viu, a olhou e a curou” 11 , e, sobretudo, infundiu em sua alma graças superabundantes, operando assim sua conversão. Abandonando tudo o que tinha e todos os antigos amigos que a levaram ao pecado, seguiu a Nosso Senhor.

Entretanto, após passar um longo período acompanhando a Jesus juntamente com as outras Santas Mulheres, sentiu um desejo de voltar à Mágdala e à sua antiga vida. A pretexto de buscar algumas coisas, embora Marta e as outras insistissem à que não retornasse, ela decidiu ir e lá chegando retomou a sua vida de pecado.

Um dia, estando Nosso Senhor a pregar perto de Cafarnaum, dá-se o reencontro. Aquele Divino Olhar recai sobre Maria, mas desta vez, “esse olhar do Salvador e essa palavra penetrante mudaram seu coração mais dolorido que endurecido. Em seguida, ela seguiu a Jesus e não O deixou mais” 12 .
Algum tempo depois, o Divino Mestre é convidado para jantar em casa de um fariseu. Maria Madalena rompendo as praxes da época — as quais proibiam a entrada de mulheres durante os banquetes — foi até Jesus para assim manifestar publicamente seu arrependimento e seu amor por Aquele que a havia transformado. Ali entrando, permaneceu aos pés do Salvador, e lhe ofertou o que de mais precioso possuía: suas lágrimas que, como sinal de penitência, lavaram aqueles Sagrados Pés; em seguida enxugou-Os com seus próprios cabelos; beijou-Os e por último, Os ungiu com o mais precioso perfume. Atos simbólicos de “seu coração que ela se empenhava em lançar todo inteiro no coração do Mestre” 13 . Tal veneração e escravidão mereceu como recompensa do Salvador as seguintes palavras: “seus numerosos pecados estão perdoados, porque ela muito amou” (Lc 7, 47) e “em verdade vos digo: onde quer que for pregado em todo o mundo o Evangelho, será contado para sua memória o que ela fez” (Mc 14, 9).

Estando o Mestre em Betânia, Maria despreocupava-se de todos os assuntos da casa e permanecia aos Seus pés, ouvindo-O e admirando-O. Tinha o pensamento unicamente posto no Salvador, já que guardava um delírio de amor a Ele e não se interessava por outra coisa, a não ser o Mestre, que para ela era tudo 14 . Por esta razão, recebeu esse elogio: “Maria escolheu a melhor parte e esta não lhe será tirada” (Lc 10,42). Ou seja, desde que a pessoa se ponha a amar, o demônio não consegue tirar nada e “ninguém rouba aquilo que o amor constrói” 15 .

O Senhor concedeu imensos benefícios a Maria Madalena e distinguiu-a com sinais de predileção, infamou-a totalmente de amor por Ele e tornou-se íntimo dela.

Uma das características do enlevo é fazer com que o enlevado saia de si e se fixe em algo que lhe é superior 16 , por isso, Santa Maria Madalena “se une a Ele em todos os estados pelos quais Ele faz passar sua humanidade. Ela se une a Jesus vivendo (…), a Jesus sofrendo (…) a Jesus morrendo e a Jesus morto” 17 , de tal maneira, que acompanhou o Divino Mestre até na hora suprema do “Consummatum est”, quando todos O abandonaram. Mostrando que o enlevo verdadeiro é aquele que está disposto até ao holocausto, se isso for necessário, em favor do Amado.

Quando mataram a Nosso Senhor, ela — em contraposição aos discípulos, os quais “tinham fechado as portas do lugar onde se achavam, por medo dos judeus” (Jo 20,19) — ia por todos os cantos, proclamando que haviam cometido um crime infame contra o Mestre, pois Este não tinha feito outra coisa senão o bem. Atraindo para si, o ódio de todo Sinédrio.

Sendo “a que mais fervorosamente amava o Senhor, (…) não podia conter-se de desejo de adorar e perfumar Seu sagrado Corpo” 18 . Por isso, já na madrugada do domingo, quando uma dama não podia estar andando pelas ruas, ainda sem o sol ter nascido, com verdadeiro empressement desejava chegar o quanto antes ao túmulo, para assim venerar o Corpo Daquele que era o objeto absoluto de seu encanto. Estava de tal modo inebriada de amor, que neste ato de “imprudência” nem sequer se preocupava com os guardas, nem com a pesada laje a ser removida.

Chegando ao túmulo, encontrou-o aberto e os soldados não estavam mais lá. Aproximou-se e não viu o Sagrado Corpo do Redentor, julgando que o tivessem roubado. Sua primeira preocupação foi a de informar aos Apóstolos, demonstrando a pureza de seu amor todo feito de sabedoria e amor à hierarquia. Saiu correndo rumo ao Cenáculo. “Com seu ardor sem medida, Madalena contagiou os Apóstolos, e estes, associando-se aos mesmos sentimentos de amor, temor e esperança, partiram cheios de ânimo” 19 . São Pedro e São João entraram na gruta, constataram que de fato o corpo não estava ali e saíram. Ela ficou, pois não possuia outro desejo a não ser o de empregar todos os meios para saber onde colocaram o Divino Corpo de seu Mestre. Estando nesta aflição, aparecem dois Anjos. Estes lhe dirigem a palavra, interrogando-a sobre o porquê de seu pranto. Ela, tomada de zêlo, afirma: “Levaram o meu senhor e não sei onde o puseram” (Jo 20, 13), declarando, com isso, sua posição de escrava e incitando-os, respeitosamente, a dizer onde é que puseram o Corpo ou a indicar onde ele pudesse estar. O amor é cheio de educação, de elegância; o amor, quando é autêntico e puro, leva a um trato elevadíssimo 20 .

Tendo dito isto, ela se volta para trás, e sem dar-se conta vê Nosso Senhor em pé, contudo, não O reconhece. E Nosso Senhor lhe pergunta: “Mulher, por que choras? Quem procuras?” (Jo 20,15). Jesus disse isto para fazer aumentar ainda mais o seu amor, pois este é passível de crescimento, ou de diminuição . E quanto mais a pessoa explicita o amor que tem, mais nele cresce. Por esta razão, era conveniente que Madalena externasse seu entusiasmo e enlevo.

Então, Jesus disse: Maria! (Jo 20, 16). Bastou que o Salvador pronunciasse seu nome para que ela O reconhecesse. Imediatamente, atira-se aos pés de Nosso Senhor. Este, porém, a impede, para que sua Fé e Caridade atingissem um grau mais eminente. Maria obedece de imediato, por se tratar de uma ordem de ‘seu Senhor’.

Quer dizer, ela procurava o Corpo, e o que encontrou? Encontrou o próprio Nosso Senhor Jesus Cristo. Este é, justamente, o fruto do amor. Quando a pessoa deseja com muito amor, devoção, enlevo, e sobretudo, com labaredas de entusiasmo, especialmente quando se trata de algo ligado a Deus, recebe mais do que aquilo que procura. O Criador sempre concede muito mais do que se pede.

Durante as perseguições, Maria Madalena juntamente com seus irmãos foram postos em um barco à deriva que chegou em Marselha no sul da França onde pregou a doutrina de Cristo e converteu um bom número de pessoas.
Morreu em um local solitário nas montanhas de Sainte-Baume, onde vivia em contemplação e penitência.

Concluamos com as palavras cheias de veneração sobre Santa Maria Madalena de São Francisco de Sales : “Ainda que não a honremos como virgem, se levarmos em conta a eminentíssima pureza que guardou depois de sua conversão, deve ser chamada arqui-virgem, porque, uma vez purificada na fogueira do amor sagrado, recebeu tão excelente castidade, e tão perfeita caridade, que depois da Mãe de Deus, ela foi quem mais amou a Jesus Cristo. Amou-O com os serafins, e ao amá-Lo foi mais admirável que eles, pois os serafins obtêm o amor sem dificuldades e conservam, mas esta santa o adquiriu com grandes suores e cuidados e o conservou com temor e solicitude” 21 .

1 Cf. ROYO MARÍN, A. Teología de la perfeccíon cristiana. Madrid: BAC, 2006.
2 Cf. Clá Dias, João. Homilia sobre o enlevo. Caieiras: Igreja Nossa Senhora do Rosário, 9/5/2010.
3 Cf. SÃO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica, II-II q.184, a.1.
4 Cf. ROYO MARÍN, op. cit., ibidem
5 Clá Dias, João. Homilia sobre Santa Maria Madalena. Caieiras: Igreja Nossa Senhora do Rosário, 22/07/2008, p.1-2
6 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Inocência e penitência. In: Dr. Plinio. São Paulo: Agosto, N.17, p.4, 1999.
7 CLÁ DIAS, João , op. cit., p.3
1 CLÁ DIAS, 2006, p.5(Arquivo IFTE)
8 OLLIVIER, P. Les amitiés de Marie. L’Ami du clergé. Paris: Mai, n. 20, 8v., p.328, 1896.
9 CLÁ DIAS, 2008, p.4(Arquivo IFTE)
10 OLLIVIER, P. Les amitiés de Marie. L’Ami du clergé. Paris: Mai, n. 20, 8v., p.329, 1896.
11 OLLIVIER, P. Les amitiés de Marie. L’Ami du clergé. Paris: Mai, n. 20, 8v., p.329, 1896.
12 OLLIVIER, P. Les amitiés de Marie. L’Ami du clergé. Paris: Mai, n. 20, 8v.,330, 1896.
13 Cf.CLÁ DIAS, 2006(Arquivo IFTE)
14 CLÁ DIAS, 2008, p.4(Arquivo IFTE)
15 Cf. CLÁ DIAS, 2010(Arquivo IFTE)
16 MAITRIER, J. Petit sermon pour la féte de Sainte Marie-Madeleine. L’Ami du clergé. Paris: Juillet, n.28, 4v., 433-435, 1892.
17CLÁ DIAS, 2008, p.13(Arquivo IFTE)
18 CLÁ DIAS, 2008, p.15(Arquivo IFTE)
19 Cf. CLÁ DIAS, 2008(Arquivo IFTE)
20 Cf. CLÁ DIAS, 2008(Arquivo IFTE)
21 SALLES, F. Obras Selectas. Madrid: BAC, 1953, 1v, p.432-433

THE WILL AND THE GOOD IN BEING

paisagemKYLA MARY ANNE MACDONALD

“In the Thomistic synthesis, the good has an extraordinary importance. St. Thomas conceives it as the motive of creation and the end of the created” 1 .

The Aristotelian concept of the universe is one of order. Transferred into Thomistic thought, the resultant concept of the universe is one in which each part has some relation to each other part, inasmuch as all parts are ultimately linked with the Creator-God. It is thus that the purpose of the will emerges in light of its object.

THE GOOD

It is in the first part of his Summa Theologica, in which St. Thomas treats of God and the divine attributes, that he first touches upon the idea of goodness. A superlative and causative goodness is imputed to God in the description of His essential perfection and being. Referring to Aristotle‟s Metaphysics, St. Thomas states that God is called universally perfect since He cannot lack any perfection that is found in any other genus. For by reason of His being effective cause, He possesses all that the effect possesses. Continuing, he expounds:

God is existence itself, of itself subsistent. Consequently, He must contain within Himself the whole perfection of being. (…)

Now all created perfections are included in the perfection of being, for things are perfect precisely so far as they have being after some fashion. It follows therefore that the perfection of no one thing is wanting to God. This line of argument, too, is implied by Dionysius (loc. cit.) when he says that “God exists not in any single mode, but embraces all being within Himself, absolutely, without limitation, uniformly”; and afterward he adds that He is the very existence to subsisting things 2 .

This excerpt not only demonstrates the relation between being and perfection but also shows that a relation exists between created things, in their particular degrees of being and perfection, and God. This relation, in addition to being that of cause and effect, is one of a certain similarity: “all created things, so far as they are beings, are like God as the first and universal principal of being” 3 . It follows, as a consequence, that: “Every being that is not God, is God’s creature. Now every creature of God is good (1Tim 4:4): and God is the greatest good. Therefore every being is good” 4 .

The infinite being and goodness of God is, therefore, represented in His work, His creation. However, creatures have but finite being and goodness; no one creature can adequately reflect the divine likeness. For this purpose, the existence of a multiplicity and variety of creatures are required 5 . It is important to note that the excellence of the divine agent is seen, therefore, in the totality of his work and not completely in any individual part. The resultant variety or distinction among creatures signifies unequal degrees of perfection, and where there are degrees of perfection there is necessarily a hierarchical order. In this order, plants are more perfect than minerals, animals above plants and man being the most perfect among animals 6 .

This scale of greater and lesser perfection among created entities is nothing other than a scale of greater or lesser participation of being. Living things have more being than things that merely exist without life. That which understands surpasses life without understanding 7 . By virtue of the concept of all being as good, the universe is likewise conceived as the ordination of distinct levels of goodness according to their participation in the good 8 . Yet even seen thus, the most profound root is that of being; to have goodness, above all, is to have being 9 .

The human person finds himself on the pinnacle of the material universe, ─ perfectissimum in tota natura (De Pot., I,29,3) ─ since he is endowed with the highest level of being which comprises intelligence and free will 10 . Among creatures, only an intelligent, personal being that is devoid of all material ─ angelic nature ─ can surpass human nature 11 . Yet in contrast with all created nature which has being in varying degrees, God is pure being, in such a way that He is His own being 12 . Being as a nature is present only in God 13 . In other words, this signifies that God is a necessary being, without need of cause, while all creatures are contingent beings in relation to God. Applying this principle to the goodness of God and creatures, God is His goodness while the goodness of creatures is a finite participation of the infinite goodness which is God 14-15 .

This decidedly Theo-centric view of the ontological goodness of the universe illustrates the fundamental metaphysical optimism which characterizes the philosophy of St. Thomas. Chesterton identifies the primary target of these arguments as being the Manichean philosophy in its various manifestations. One such school assigns the production of the material world to an evil spirit, rendering all nature and being within it essentially evil, while the good spirit resides in an entirely separate spiritual world. Other developments present a different shade of dualism: God is the sole creator, but he creates and wills both good and evil in the world in a sort of equal and parallel position, in which neither can claim primacy 16 .

In contrast, St. Thomas maintains that while God is the supreme and essential good that is the cause of all being and first principle of all good, there cannot be a supreme evil that is the first principle of all evil, since its very being would imply some good 17 . Evil, in the metaphysical sense, does not have positive existence, but can only be considered in a negative sense as the privation of good in the same way that darkness is but lack of light 18 . This concept will later be reconciled with the spectrum of moral good and evil, but for the present the ontological good is significant as we consider in its appetitive sense, as an object of the will.

THE WILL IN THE GENUS OF APPETITE

We have thus far considered the good as being. This is, in effect, to consider good as a transcendental of being, thereby sharing ─ with oneness and truth ─ the same identity as being. But although the transcendentals are in reality the same as being, they are not identical in concept 19 . In what sense, then, is the notion of good distinct from that of mere being in Aristotelian and Thomistic thought?

Aristotle begins his Nichomachean Ethics with a definition of the good as that toward which all things tend: quod omnia appetunt. Thus, goodness refers to the relation between being and the appetite in the universal sense. In other words, goodness carries a nuance of meaning which the term being, alone, does not, namely, the aspect of appetibility 20 .
Accordingly, the very criterion of what is good is its appetibility. “Everything is good so far as it is desirable, and is a term of the movement of the appetite” 21 .

Given the metaphysical principle that every form elicits an inclination 22 , “appetition in general is a universal occurrence, existing in both inanimate and animate beings” 23 . Since the good exists in varying degrees in all levels of being, it stands to reason that this appetition is likewise of unequal degrees. “All things in their own way ─ says St. Thomas ─ are inclined by appetite towards good, but in different ways” 24 .

In following, St. Thomas traces the presence of appetite throughout the various levels of being. Minerals or inanimate things and plants are inclined to good naturally and without knowledge; this inclination is called natural appetite. The next level is that of irrational animals which although without knowledge of the good in itself, apprehend some particular good by means of the senses, and the inclination which follows is duly named sensitive appetite. The most perfect inclination to what is good occurs in beings that have knowledge of the reason of goodness, goodness in its universal sense; in them this inclination is called rational appetite or will 25 .

Appetites are aptly divided, then, into those of beings with knowledge and beings without. Clearly, appetition follows apprehension; therefore, a higher level of apprehension determines a superior type of appetition, as the following explanation illustrates:

As forms exist in those things that have knowledge in a higher manner and above the manner of natural forms; so must there be in them an inclination surpassing the natural inclination which is called the natural appetite. And this superior inclination belongs to the appetitive power of the soul, through which the animal is able to desire what it apprehends, and not only that to which it is inclined by its natural form 26 .

The irrational and hence inferior form of apprehension and inclination would hold little import for man if it were not for the fact that in the scale of being, each successively superior level possesses the potencies of the levels inferior to it, upon which something further has been added. Thus, sensitive nature includes natural or vegetative nature, and the human soul contains a spiritual nature in addition to all the preceding natures 27 . Considering that man´s position on the graduated scale of being is precisely at the intermediate point between the corporal and the spiritual world, between angels and brutes 28 , this accounts for an impressive diversity of natures at once present in the human being, rendering him the most complex of all beings, a composite of spiritual and corporal. St. Thomas 29 attests to this fact, stating that the human soul exists on the border of the spiritual and corporal worlds and for this reason, it possesses the potencies of both one and the other order.

As diverse as these various vegetative, sensitive and rational potencies are ─ the vegetative and sensitive being corporal and the rational being spiritual, they are all present within the human soul, united as it is to the body as its one substantial form 30 . The vegetative or nutritive nature present in man involves only corporal functions over which the intelligence and will have no direct dominion. Much more significant to our study, then, is the presence of sensitive life in man, since this, in addition to his spiritual nature implies two distinct faculties of knowledge, sense and intellect. These faculties, being endowed with distinct means of knowing, give rise to the correspondingly diverse sensitive appetite and the will 31 . In St. Thomas´ own words: “Since what is apprehended by the intellect and what is apprehended by sense are generically different; consequently, the intellectual appetite is distinct from the sensitive” 32 .

Endowed with these distinct potencies that reflect his composition of matter and form ─ in this case, soul and body ─, man is thus admirably equipped to live in a universe of which every part is made up of matter and form. For while the sensory perception is suited to capture the particular and individual aspect of things that present themselves in matter, the intellect is adapted to extract from this knowledge the universal, purely abstract* aspect which is reserved in the form of a given object 33 .

The will comes into play in response to an object that is represented to it by the intellect as good, just as the sensitive appetite desires only the good that one or other sense has captured. As a spiritual potency, the will is capable of desiring purely spiritual goods, such as knowledge and virtue. But the will would not be a human faculty and would be of little use to man in the material world if it were not also able to choose between things that exist as material singulars. But even so, it desires these according to some reason of the universal aspect of good (bonum in universali): either as an end (bonum honestum), or a means towards that end (bonum utile), and if successful, it rejoices in them as a good attained (bonum delectabile) 34 . Thus, the will´s essential disposition emerges, fixed in the desire for good and an absolute incapacity of desiring evil:

From this, the will cannot escape, and since all action is nothing more than a manifestation of nature, in all action which is fruit of the will can be seen the mark of the good and its influence. (…) To want evil, would be, truly, not to want, given that to want is, by definition, the seeking for the good, being the manifestation of an appetite of the good naturally executed. It could be said: The will does not want the good because it wants; it wants the good because it is: To want the good, for the will, is to be 35 .

1 FORMENT, Eudaldo. Id a Tomás : Principios fundamentales del pensamiento de Santo Tomás. p.29. [On line]. [Consulted: 12 Nov., 2008]. “En la síntesis tomista tiene una importancia extraordinaria el bien. Santo Tomás lo concibe como motivo de la creación y como fin de lo creado”.
2 ST. THOMAS AQUINAS. Summa Theologica I, q. 4., a. 2. “Deus est ipsum esse per se subsistens, ex quo oportet quod totam perfectionem essendi in se contineat.[…]. Omnium autem perfectiones pertinent ad perfectionem essendi, secundum hoc enim aliqua perfecta sunt, quod aliquo modo esse habent. Unde sequitur quod nullius rei perfectio Deo desit. Et hanc etiam rationem tangit Dionysius, cap. V de Div. Nom., dicens quod Deus non quodammodo est existens, sed simpliciter et incircumscripte totum in seipso uniformiter esse praeaccipit, et postea subdit quod ipse est esse subsistentibus”.
3 Ibid., I, q. 4, a. 3. “Et hoc modo illa quae sunt a Deo, assimilantur ei inquantum sunt entia, ut primo et universali principio totius esse”.
4 Ibid., I, q. 5, a. 3. “Omne ens quod non est Deus, est Dei creatura. Sed omnis creatura Dei est bona, ut diciter 1 Ti4,4: Deus vero est maxime bonus. Ergo omne ens est bonum”.
5 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma contra los gentiles. L. II, c. 45.
6 GILSON, Étienne. El tomismo. 4a. ed. Pamplona: Universidad de Navarra, 2002. p. 205-206.
7 FORMENT, Op. Cit., p. 45.
8 Ibid., p. 30.
9 GILSON, Étienne. Elementos de una metafísica tomista del ser. [On line]. In: Espiritu, No. 41 (1992). [Consulted : 9 Feb., 2009].
10 RODRÍGUES, Victorino. Temas clave de humanismo cristiano. Madrid: Speiro, 1984. p. 19. Rodrigues outlines the key principles of the special dignity of human nature: “Hence the superior dignity of man above the other beings of this world: as much by reason of his quasi generic factor (to subsist in himself with, moreover, an ultra-temporal projection, due to the natural immortality of the human soul) as by reason of his quasi specific factor (rational and free). (“De ahí la superior dignidad del hombre sobre los demás seres de este mundo: tanto por parte de su factor cuasi genérico (subsistir por sí, con proyección, además, ultratemporal, debida a la inmortalidad natural del alma humana) como por parte de su factor cuasi específico (racional y libre).) p.261.
11 SANCHEZ DE LEON, Pilar. 30 Temas de iniciación filosófica. Bogotá: Universidad de la Sabana, 1990. p. 92.
12 GILSON, Étienne. Elementos de una metafísica tomista del ser, Op. Cit., p. 18.
13 OWENS, Op. Cit., p. 48.
14 GILSON, Étienne. A filosofia na idade média. 2a. ed. São Paulo: Martins Fontes, 2007. p. 659-663.
15 Ibid., p. 663. This is far from the pantheistic interpretation that creatures are part of God and are, therefore, God, as Gilson explains: “To participate in the pure act or in the perfection of God is to possess a perfection that pre-existed in God, and which, in fact is found in Him without having been either augmented or diminished by the appearance of the creature which reproduces it in a limited, finite manner. To participate is not to be part of that of which is participated, it is to owe one‟s being and receive it from another being, and the fact of receiving from another is exactly what proves that one is not the other”. (Personal translation)
16 CHESTERTON, G.K. St. Thomas Aquinas. [On line]. [Consulted: 12 Nov., 2008].
17 ST. THOMAS AQUINAS. Summa Theologica I, q. 49, a. 2.
18 Ibid., q. 48, a. 1.
19 GARDEIL, H.D. Introduction to the Philosophy of St. Thomas Aquinas: Metaphysics. St. Louis: Herder Book, 1967. p. 126. Vol. 4.
20 Ibid., p. 142, 143.
21 St. THOMAS AQUINAS. Summa Theologica I, q. 5, a. 6. Nam bonus est aliquid, inquantum esta appetibile, et terminus motus appetitus.
22 GARDEIL, H.D. Introduction to the Philosophy of St. Thomas Aquinas: Psychology. St. Louis: Herder Book, 1956. p. 197. Vol. 3.
23 GARDEIL, H.D., Introduction to the philosophy of St. Thomas Aquinas: psychology, Op. Cit., p. 79.
24 ST. THOMAS AQUINAS. Summa Theologica I, q. 59, a. I. “Omnia suo modo per appetitum inclinantur in bonum, sed diversamode”.
25 Ibid.
26 ST. THOMAS AQUINAS. I, q. 80, a. 1. “Sicut igitur formae altiori modo existunt in habentibus cognitionem supra modum formarum naturalium, ita oportet quod in eis sit inclinatio supra modum inclinationis naturalis, quae dicitur appetitus naturalis. Et haec superior inclinatio pertinet ad vim animae appetitivam, per quam animal appetere potest ea quae apprehendit, non solum ea ad quae inclinatur ex forma naturali”.
27 GARRIGOU-LAGRANGE, Reginald. Reality: A Synthesis of Thomistic Thought. St. Louis: Herder, 1950. p. 184.
28 SERTILLANGES, A. D. Foundations of Thomistic Philosophy. St Louis: Herder, 1931. p. 199.
29 ST. THOMAS AQUINAS. Summa Theologica I, q. 77, a. 2.
30 KRETZMANN, Norman. Philosophy of mind. In: The Cambridge Companion to Aquinas. Op. Cit., p. 131.This is an important factor in understanding the human soul as a “microcosm” in which all elements of the cosmos are represented. “In a theory that recognizes the soul of a plant as a merely nutritive first intrinsic principle of life, and the soul of a nonhuman animal as a nutritive + sensory principle of that sort, it comes as no surprise that the soul of a human
being is to be analyzed as nutritive + sensory + rational. Aquinas thinks of the human soul not as three nested, cooperating substantial form, however, but as the single form that gives a human being its specifically human mode of existence, including potentialities and functions, from its genetic makeup on to its most creative talents”.
31 GARDEIL, H.D. Introduction to the Philosophy of St. Thomas Aquinas : Psychology. Op. Cit., p. 198, 199.
32 ST. THOMAS AQUINAS. Summa Theologica I, q. 80, a. 2. “Quia igitur est alterius generis apprehensum per intellectum et apprehensum per sensum, consequens est quod appetitus intellectivus sit alia potentia a sensitivo”.
33 GILSON. A Filosofia na Idade Média. Op. Cit. p. 666 – 668.
* Ibid., p. 666-668. Since an in-depth description of the process of abstraction is outside of the scope of this study, see this passage for an overview of the respective functions of agent intellect and possible intellect in the process of rendering intelligible the sensible species.
34 GARDEIL, H.D. Introduction to the Philosophy of St. Thomas Aquinas : Psychology. Op. Cit., p. 199.
35 SERTILLANGES, A. D. Santo Tomas de Aquino II. Buenos Aires : Desclée de Brouwer. p. 213 – 214. (Personal translation). “A esto no puede la voluntad escapar, y como toda acción no es en el fondo más que una manifestación de la naturaleza, en toda acción fruto de la voluntad se podrá ver La marca del bien y su influencia. (…) Querer el mal, será, en verdad, no querer, puesto que querer es, por definición, La búsqueda del bien, al ser la manifestación de un apetito del bien realizado naturalmente. Se podrá decir: La voluntad no quiere el bien porque quiere; quiere el bien porque ella es: Querer el bien, para ella es ser”.
* This necessity is not equivalent to coercion, and is not incompatible with freedom. Davies explains that for St. Thomas, “it is not against will that one should be drawn to what one‟s nature needs for its fulfillment. This kind of necessity is, he thinks, essential to will, just as the being drawn of necessity to truth is needed for the intellect to be itself. (DAVIES, Op. Cit., p. 177.)

O desenvolvimento da vida espiritual

STeresa_dAvilaIrmã Maria Cecília Seraidarian, EP

Em sua Teologia da Perfeição Cristã, o Pe Royo Marín (1968, p 273) salienta que :

Cada alma segue seu próprio caminho rumo à santidade sob a direção e o impulso supremo do Espírito Santo. Não há duas fisionomias inteiramente iguais no corpo nem na alma. Contudo, os mestres da vida espiritual tem tentado diversas classificações atendendo às disposições predominantes das almas, que não deixam de ter sua utilidade ao menos como ponto de referência para precisar o grau aproximado de vida espiritual em que se encontra uma determinada alma. (…)

São três, parece-nos, as principais classificações que foram propostas ao longo de toda a história da espiritualidade cristã: a clássica das três vias: purgativa, iluminativa e unitiva; a do Doutor Angélico, baseada nos três graus de principiantes adiantados e perfeitos; e a de Santa Teresa de Jesus em seu genial Castelo interior ou livro das Moradas.

A obra de Santa Teresa de Jesus, Castelo interior ou Moradas, é tomada como exemplo pela maioria dos autores de vida espiritual, pois explica de modo excelente as fases da vida cristã rumo à santidade, baseando-se nos graus de oração. Esta Doutora da Igreja compara a alma a um castelo e os diversos graus da vida espiritual, aos aposentos desse castelo: “consideremos nossa alma como um castelo, feito de um só diamante ou de limpidíssimo cristal. Neste castelo existem muitos aposentos, assim como no céu há muitas moradas” (1981, p. 19).

Santa Teresa divide o desenvolvimento da vida espiritual em sete moradas:

a) Primeiras Moradas (ibidem, p. 19-37) – considera a beleza de uma alma em estado de graça e lamenta aquelas almas que jamais entram no castelo, ficam ao redor dele, obstinadas no pecado. Afirma ainda que a porta de entrada desse castelo é a oração. Trata da hediondez de uma alma em estado de pecado mortal e da importância da humildade e do conhecimento de si mesmo, através do conhecimento de Deus. Adverte também sobre as artimanhas do demônio para impedir que as almas progridam dessas primeiras moradas para as seguintes. Nesse estágio, as almas desejam não ofender a Deus e praticar boas obras, no entanto, estão ainda absorvidas pelo mundo.

b) Segundas Moradas (ibidem, p. 41-49) – aqui as almas já se preocupam em servir a Deus, fogem das distrações fúteis e buscam uma vida de oração e recolhimento, embora com muitas quedas e falhas. Têm aversão ao pecado mortal, porém, pouco cuidado em evitar as ocasiões. Sofrem por sentirem cada vez mais claro o chamado de Deus e não terem ânimo suficiente para se entregarem inteiramente. Nesta fase, a Santa encoraja-as a não desanimarem diante dos ataques do demônio mas serem humildes e se confiarem à Misericórdia Divina, a fim de perseverarem.

c) Terceiras Moradas (ibidem, p. 53-68) – nestas moradas as almas passam a ter mais oração e recolhimento, evitam os pecados veniais e fazem penitência. Quando são provadas pelo Senhor com securas e aridezes, desanimam porque ainda são débeis. Aconselha a estas almas a fuga das ocasiões e a perseverança na humildade e na oração, sem fazer caso de provações ou de consolações.

d) Quartas Moradas (ibidem, p. 71-95) – é nesta etapa que ocorre a transição da ascética para a mística. As tentações trazem benefícios e são ocasião de mérito. Tem-se o início das orações contemplativas. Santa Teresa ressalta a importância de crescer no amor, condição para progredir às moradas seguintes.

e) Quintas Moradas (ibidem, p. 99-130) – a Santa Doutora descreve longamente a união da alma com Deus na oração contemplativa. A experiência mística é intensificada e aumentam as purificações passivas. As almas experimentam grande amor ao próximo e têm necessidade de muita vigilância para não cair nas sutilezas do demônio.

f) Sextas Moradas (ibidem, p. 133-224) – nesta fase as almas recebem grandes favores e padecem terríveis provações; Deus opera maravilhas naqueles que alcançam estas moradas. O amor a Deus é levado até o esquecimento de si mesmo. Os fenômenos místicos se multiplicam. As almas têm desejo de unir-se intimamente a seu Senhor, abandonando esta vida.

g) Sétimas Moradas (ibidem, p. 227-260) – Perfeição – dá-se o “matrimônio espiritual”, a união transformante em que a alma se faz uma com Deus, sente em si a inabitação da Santíssima Trindade. As almas atingem um estado de paz e tranqüilidade inalteráveis, preocupam-se unicamente com a glória de Deus.

Diante dessa impressionante descrição de Santa Teresa de Jesus, um dos luminares da mística experimental, percebe-se o belo mas árduo caminho a percorrer para alcançar a santidade, uma vez que é preciso arrancar da alma todo o apego às coisas terrenas e o apego a si mesmo para poder seguir a Nosso Senhor Jesus Cristo (Lc 9, 23): “se alguém quer vir após mim, renegue-se a si mesmo, tome cada dia a sua cruz e siga-me” (BÍBLIA SAGRADA, 1996). Sem um constante auxílio de Deus, que com sua graça atrai as almas, sustenta-as e faz avançar nas vias da santidade, não seria possível ao homem chegar à perfeição por suas próprias forças.

Deus me vê

Deus e a criacao1Irmã Teresita Morazzani Arráiz, EP

Quando contemplamos, num belo anoitecer de verão, a abóbada celeste, percebemos miríades de estrelas que aos poucos vão se acendendo aqui, lá e acolá. Na verdade, além das que vemos, existem milhões e milhões de outras que só com a ajuda de boas lunetas conseguiríamos ver. E ainda resta um número quase incontável que nem sequer a ciência, com todos os seus recursos, logrou ainda observar.

Pois bem, mesmo sendo o universo tão imenso a ponto de nos parecer sem limites, há um Ser superior a isso tudo, que tudo criou, tudo governa e tudo vê: Deus infinito. Ele está presente em tudo, não há lugar onde Ele não possa estar, como diz o Salmista: “Tu me envolves por todo lado e sobre mim colocas a tua mão. Onde eu poderia ocultar-me do teu Espírito? Para onde poderia fugir da tua presença? Se subir até os céus, Tu lá estás; se descer ao mundo dos mortos, ali Te encontras” (Sl 138, 5.7-8). Também lemos nos Atos dos Apóstolos que em Deus “vivemos, nos movemos e existimos” (At 17, 28).

O modo de Deus estar presente na criação

Ensina-nos o grande São Tomás de Aquino que existem três modos de Deus estar presente na obra da Criação. Primeiro, por potência, influxo ou poder, pois tudo está submetido a seu domínio; se Ele “cochilasse” um instante, tudo voltaria ao nada. Segundo, por presença, visão ou conhecimento, pois tudo está patente e como que descoberto a seus olhos; nada Lhe escapa, nem sequer os mais ocultos pensamentos. Terceiro, por essência ou substância, pois Ele está em tudo, como causa de seu ser.

Falando em termos mais específicos, existem outras presenças de Deus, como a inabitação na alma do justo, realizada através da graça. Também a presença pessoal ou hipostática, única e exclusivamente de Cristo, pela qual sua humanidade adorável subsiste na própria pessoa do Verbo Divino. Por isso Ele é pessoalmente Deus, a Segunda Pessoa da Santíssima Trindade encarnada. Temos, ademais, a presença sacramental ou eucarística, na qual Jesus Cristo está realmente presente sob as espécies do pão e do vinho.

Há, por fim, a presença de visão ou manifestação, que é a do Céu. Deus está presente em toda parte, porém, não Se deixa ver em todo lugar, mas somente no Céu. Só na Visão Beatífica Ele Se manifesta face a face aos bem-aventurados.
Lembremo-nos dia e noite do olhar de Deus

Portanto, Deus está presente em toda parte e constantemente nos vê.
Oh! quantos crimes seriam evitados, quantos problemas seriam resolvidos, quantas lágrimas seriam enxugadas,quantas aflições seriam suavizadas se a humanidade tivesse consciência do olhar de Deus sempre pousando sobre nós! “Deus está no Templo santo e no Céu tem o seu trono, volta os olhos para o mundo, seu olhar penetra os homens” (Sl 10.4).

Estamos aflitos, necessitando de uma palavra de conforto e ânimo para superar algum obstáculo? Precisamos de um coração com o qual possamos nos abrir? Ou de um amigo a quem falar? Por que não recorrer ao melhor dos amigos, ao mais suave, compreensivo e cheio de compaixão, que é o próprio Deus? Ele nos conhece até o fundo e sabe tudo de que precisamos; seu Divino Coração arde em desejos de ajudar e consolar as almas abatidas e de aliviar as costas carregadas de fardos: “ Vinde a Mim todos vós que estais cansados e oprimidos, que Eu hei de aliviar-vos” (Mt 11,28).

Queremos servir a Deus com mais amor e perfeição? Lembremo-nos de seu olhar dia e noite. Certa vez Santo Inácio de Loiola, vendo um de seus irmãos trabalhar de modo relaxado, perguntou-lhe:
— Irmão, para quem trabalhas?
— Para Deus — respondeu-lhe ele.
— Se me dissesses que trabalhas para um homem, eu compreenderia tua moleza, mas isso é imperdoável quando se trabalha para Deus.

São Francisco de Sales vivia tão compenetrado da presença de Deus que, estando sozinho ou em sociedade, conservava um porte digno, modesto e grave. Costumava dizer que não sentia constrangimento algum na frente de reis ou príncipes, pois estava habituado a encontrar-se na presença de um Rei muito maior que lhe inspirava respeito.

A oração torna a vida mais leve, suave e amena

A oração freqüente é um meio eficaz para nos recordar a presença de Deus. É tão fácil — durante nossos afazeres, no trabalho, na escola ou em casa, andando pela rua, dirigindo no trânsito ou já deitado para o descanso — fazer uma prece, uma jaculatória que seja, a Deus, ao Sagrado Coração de Jesus e oferecer-Lhe os problemas, pedir-Lhe ajuda e proteção!

Caro leitor, eu o convido a fazer isso diariamente, com amor e confiança, e você verá que aos poucos sua vida irá se tornando mais leve, suave e amena.

Diz Jesus no Evangelho: ‘Pedi e ser-vos-á dado; procurai e encontrareis; batei e hão de abrir-vos” (Lc 11.9). Por que desprezamos essa promessa proferida por lábios divinos e que nos dá a garantia absoluta de sermos ouvidos? Poder-se-ia dizer que Nosso Senhor como que Se inclina do Céu sobre a terra, à espreita de que Lhe façamos pedidos, desde os mais simples até os mais ousados, para ter Ele a alegria de atender-nos e encher-nos de dons e graças.

O exemplo de dois santos

Davi encontrava força e consolo em pensar que o Senhor conhecia seus sofrimentos, e exclamava cheio de confiança: “Ainda que atravesse vales tenebrosos, de nenhum mal terei medo porque Tu estás comigo” (Sl 22, 4).

Efrém era um jovem que se entregara a todo tipo de vícios. Porém, reconhecendo seus desvios, arrependeu-se e retirou-se à solidão. Um dia veio até ele uma mulher de costumes pouco recomendáveis, para tentá-lo. O homem de Deus prometeu-lhe fazer tudo quanto ela quisesse, com a condição de que primeiro ela o seguisse. Mas a infeliz, vendo que o santo a conduzia a uma praça pública, disse-lhe que não teria coragem de dar-se em espetáculo. Respondeu-lhe Santo Efrém: “Tens vergonha de pecar diante dos homens e não te envergonhas de pecar diante de Deus que tudo vê e tudo conhece?!” Estas palavras tocaram profundamente a pecadora; ela mudou de conduta e levou até o fim de seus dias uma vida santa.

Deus nos fez herdeiros e merecedores do Céu

Havia antigamente na Alemanha o costume de pintar um “olho de Deus” nas igrejas, nas escolas ou nas casas, para lembrar ao povo que o olhar do Altíssimo nos acompanha a cada passo de nossa existência. Esse hábito salutar perdeu-se de todo e atualmente muitas pessoas vivem no esquecimento quase completo de Deus.

Imaginemos um artista que esculpisse uma belíssima estátua e recebesse de um anjo o poder de infundir nessa sua obra a própria vida humana dele. A estátua começaria a mover-se e a conversar, teria desejos e apetências, as potências da alma desabrochariam nela e a veríamos dotada de personalidade, mentalidade, espírito. O escultor ficaria encantado e deitaria todo o seu amor e seu desvelo na educação desse seu “novo filho”. Preocupar-se-ia com sua instrução, ele mesmo lhe daria aulas e faria dele um jovem perfeito e acabado.
Como deveriam ser a gratidão e a reciprocidade desse ser tão aquinhoado? Não é necessário dizer…

Porém, um belo dia o pai nota que seu filho está diferente, algo nele mudou. Aos poucos, ele foi deixando de ser aquele menino dócil, afável, carinhoso e desejoso de aprender; agora está revoltado, não quer mais saber de seu benfeitor, chega até a desprezá-lo e responder-lhe com rudeza; por fim, toma a atitude de não lhe dirigir mais a palavra e nem sequer olhá-lo. O pobre pai tenta atrair o jovem a si por meio de redobrado afeto e de apelos a seu amor de outrora, mas… em vão!

Que ingratidão monstruosa! — diria alguém. Pois bem, esta metáfora nos dá apenas uma pálida idéia de nosso procedimento quando voltamos as costas para Deus, O rejeitamos, esquecemo-nos d’Ele e nem mesmo nos lembramos de que continuamente está Ele a nosso alcance, desejando nos favorecer e nos prodigalizar seu carinho e sua misericórdia infinita.

Ele escolheu-nos dentre uma multidão infinita de seres possíveis, tirou-nos do nada, deu-nos a vida, infundiu em nós uma alma racional dotada de inteligência, vontade e sensibilidade, encheu-nos de dons naturais e, como se tudo isso fosse pouco, nos deu o Batismo, fazendo-nos viver da própria vida d’Ele. Está sempre à nossa disposição no Sacramento da Eucaristia, esperando ser recebido por nós e nos beneficiar com seu convívio todo feito de doçura e suavidade. E nós, como correspondemos a essa torrente infinita de bondade, a esse amor que O levou a entregar-Se e morrer crucificado como vil malfeitor para redimir-nos e nos fazer herdeiros e merecedores do Céu?

“Oxalá ouvísseis hoje a sua voz: não endureçais os vossos corações” (Sl 94, 7-8). Voltemos nosso coração e toda a nossa vida para Aquele que Se voltou todo para nós e sua vida nos deu. Façamos d’Ele o centro de nossa existência e Ele, a rogos de sua e nossa misericordiosíssima Mãe, um dia nos acolherá na eterna bemaventurança.

Jesus e Maria: um só Coração

Sagrado Coração
Irmã Carmela Werner Ferreira,EP

Deus sempre tira do mal um bem muito maior. Para corrigir os erros do jansenismo, surgiu a devoção ao Sagrado Coração de Jesus e Maria. Nos seus infinitos tesouros de misericórdia encontrará a humanidade remédio para os males de nossa época.
Corria o ano de 1635. Numa localidade do oeste da Bélgica o povo lotava o recinto sagrado para ouvir uma pregação. Do alto do púlpito o orador dirigia à numerosa assembléia palavras como estas: “Meus irmãos, não temos forças para resistir ao pecado, a menos que sejamos ‘predestinados’. Se estivermos dominados pela graça, faremos o bem… mas se estivermos dominados pela concupiscência, que remédio teremos senão fazer o mal?”

E continuava: “Ficai sabendo que não foi por todos os homens que Cristo morreu, mas apenas por aqueles que Ele quis salvar, aqueles aos quais deu forças para não praticar mal algum. Vede o crucifixo: é uma expressão errada do Senhor, porque Ele na realidade não tem os braços abertos para toda a humanidade. Temei pelos vossos pecados! Eles podem vos afastar irremediavelmente da face de Deus!”

Após o sermão, os fiéis se retiraram um pouco assustados. Custava-lhes acreditar em um Deus indiferente a uma parte das suas criaturas, que já estavam previamente condenadas, e sendo para as demais um terrível Juiz. Mas se o padre assim falava, assim devia ser…

Aos poucos, a devoção eucarística ia diminuindo, assim como a freqüência às confissões, porque — pensavam — de nada lhes serviria o sacramento sem uma perfeita e quase inalcançável contrição.

Dentro dessa perspectiva rígida e severa, também o amor à Mãe de Deus foi perdendo intensidade e as orações em sua honra foram se extinguindo nos lábios dos fiéis.

Falsa concepção da justiça divina: o jansenismo

O eclesiástico que assim pregava era seguidor do tristemente famoso Cornélio Jansênio, bispo da cidade belga de Ypres. Sua doutrina, condenada pela Santa Sé após a sua morte, foi refutada por muitos santos. Entretanto, seus ensinamentos lançaram profundas raízes na sociedade daquela época, sobretudo na França, Bélgica e Holanda.

O jansenismo, juntamente com outros erros surgidos no mesmo período, foi um duro golpe nas cordas mais delicadas do amor a Deus. Somando-se aos fatores de degenerescência que fermentavam no século XVII, logrou arrancar de um imenso número de almas cristãs o fio de ouro preciosíssimo que as mantém ligadas a Deus nas tribulações da vida: a confiança no perdão e na misericórdia do Salvador e a devoção a Nossa Senhora.

A misericordiosa resposta da Providência

Em seus desígnios insondáveis e sapienciais, a Divina Providência nunca deixa de tirar dos grandes males bens ainda maiores. A História nos demonstra que a resposta dada pelos Céus às investidas infernais solidifica, explicita e faz progredir a obra de Deus. Daí a famosa expressão de São Paulo: “Oportet hæreses esse” — é preciso haver heresias, para que se possam reconhecer os fiéis (1 Cor 11, 19).

Contra os erros difundidos no séc. XVII, o revide divino marcou para sempre a fisionomia sagrada da Santa Igreja com a expressão mais terna e eloqüente da bondade do Senhor e de sua Mãe Santíssima: o mundo recebeu a revelação da devoção aos Sagrados Corações de Jesus e de Maria.

O Coração de Jesus e Maria

Como os primeiros raios da aurora vêm anunciando a chegada do astro-rei, a grande revelação feita por Jesus a Santa Margarida Maria foi preparada, desde os primórdios daquele século, por um surto de devoção a este Coração divino. Uma plêiade de almas fervorosas espalhou esta prática admirável, dentre as quais destacou-se São João Eudes.

Este varão verdadeiramente evangelizador, que consagrou sua vida inteira às missões e à formação dos sacerdotes na França, teve uma devoção fecundíssima aos Sagrados Corações de Jesus e de Maria.

Impelido por um invulgar sopro da graça, explicitou com unção e sabedoria a ousada devoção que une num só os Sacratíssimos Corações do Redentor e de sua Mãe:
“Não sabeis que Maria nada é, nada tem e nada pode sem Jesus, por Jesus e em Jesus, e que Jesus é tudo, pode tudo e faz tudo n’Ela? Não sabeis que é Jesus quem fez o Coração de Maria tal qual ele é, e quis fazê-lo uma fonte de luz, de consolação e de toda sorte de graças para aqueles que recorrem a Ela em suas necessidades? Não sabeis que Jesus não apenas reside e assiste continuamente no Coração de Maria, mas é Ele mesmo o Coração de Maria, o Coração de seu Coração e a alma de sua alma, e que, portanto, vir ao Coração de Maria é vir a Jesus, honrar o Coração de Maria é honrar Jesus, invocar o Coração de Maria é invocar Jesus?” (1).

De fato, foi Maria Santíssima quem trouxe à terra o Filho de Deus, o qual havia de redimir a humanidade pecadora, estabelecendo com todas as almas cristãs um comércio admirável e transformador. Neste sublime nascedouro da História da Redenção, quis Jesus ter bem junto de Si um Coração segundo o seu, isento de qualquer inclinação dissonante de sua divindade. Foi o Coração de Maria que conservou todos os mistérios e todas as maravilhas da vida de seu Filho, empregando inteiramente a sua capacidade natural e sobrenatural num exercício contínuo de amor a Jesus — o único objeto de todos os seus afetos. Nada, em Jesus, passava despercebido a Maria. Fossem suas manifestações interiores ou exteriores, fosse sua humanidade ou divindade. Por meio desse amor, o próprio Jesus esteve sempre vivendo e reinando no Coração de sua Mãe: “Se alguém Me ama, guardará a minha palavra e meu Pai o amará, e Nós viremos a ele e faremos nossa morada” (Jo 14, 23).

O Imaculado Coração de Maria não é invocado por São João Eudes como se tivesse movimentos próprios, mas como tendo se dissolvido inteiro no Coração Jesus, incapaz de refletir em si qualquer coisa que não seja o próprio Deus. Sua filial audácia fez surgir um termo inédito: o Sagrado Coração de Jesus e de Maria.

Novo manancial de graças

Quando se abrem a esta devoção, as almas recebem graças torrenciais. Ela é destinada a mover mais a vontade que a inteligência, mais o amor que a razão. Sabe-se, pela experiência tantas vezes secular da Santa Igreja — exímia formadora das almas —, que não concorre para a santificação de ninguém aquele que explicita uma doutrina e não conduz pelo próprio exemplo às vias sobrenaturais. Haverá quem faça isso melhor do que Aquela que “guardava todas estas coisas e as conferia no seu coração” (Lc 2, 51)?

Cabe a São João Eudes, ademais, a glória de ter sido o primeiro a celebrar litúrgica e publicamente os Santíssimos Corações. Ao Coração de Maria compôs e celebrou uma Missa em 1648, e ao Coração de Jesus em 1672 — ambas com as devidas aprovações da autoridade eclesiástica e a presença de milhares de fiéis. Este gesto contribuiu na preparação para que o mundo recebesse a revelação desta sublime devoção, como a mais excelente dentre todas, enquanto manifestação do amor salvífico de Jesus.

Do silêncio da clausura para o mundo

Foi em 1673 que Jesus revelou os tesouros de misericórdia de seu Coração aos homens.
Para testemunhar perante o mundo esta revelação, Deus não escolheu uma autoridade renomada, um orador famoso ou um sábio. Quis o Divino Mestre mostrar, mais uma vez, que é na fragilidade que se revela totalmente a sua força, preferindo uma humilde religiosa, acrisolada no cadinho da provação desde tenra infância: Santa Margarida Maria Alacoque, da Congregação da Visitação. Essa jovem borgonhesa, de família muito piedosa, foi, por assim dizer, instruída nas vias espirituais diretamente por Nosso Senhor. “Quem diz ‘escola’ diz também ‘livros’. A Margarida Maria, Jesus fornecia outro ‘manual’: seu próprio Coração que é ‘livro da Vida’” (2).

Favorecida por experiências místicas ao longo de toda a sua vida, ela teve a alma modelada segundo os padrões divinos. Jesus revelara-lhe muitas vezes que, para cumprir sua missão, ela deveria ser flexível e não colocar nenhum obstáculo. “Eu Me fiz a Mim mesmo teu mestre e teu diretor para te dispor ao cumprimento deste grande projeto e para te confiar este grande tesouro que é o meu Coração, que te mostro aqui a descoberto”(3).

Aos vinte e seis anos de idade e quatro de vida religiosa deu-se a grande revelação do Coração de Jesus, mola propulsora de todas as graças insignes que o mundo recebeu para vencer a tibieza, a heresia e deixar-se abrasar pelo amor divino.

Era o dia 16 de junho de 1675, na oitava da solenidade de Corpus Christi. Santa Margarida Maria rezava genuflexa diante da grade aberta do coro com os olhos fixos no tabernáculo, quando o Redentor lhe apareceu sobre o altar e, descobrindo seu Sacratíssimo Coração, lhe disse: “Eis aqui o Coração que tanto amou os homens, que não lhes poupou nada até esgotar-se e consumir-se para provar-lhes o seu amor; e em reconhecimento, não recebeu mais do que ingratidões através de suas irreverências e sacrilégios, e pela indiferença e desprezo que eles têm por Mim no Sacramento do Amor. É por isso que Eu te peço que a primeira sexta-feira após a oitava do Santíssimo Sacramento seja dedicada a uma festa particularmente voltada para honrar o meu Coração em desagravo pelas ofensas que ele recebe” (4).

Jesus bate à porta do nosso coração

Que pungente queixume saído dos lábios de Jesus! Tanto transbordamento de afeição por suas criaturas, tanta rejeição da parte delas!

Cada um de nós certamente já sentiu o duro golpe da ingratidão, da indiferença ou do esquecimento, quando com reta intenção tenhamos nos sacrificado e lançado mão de todos os meios para proporcionar um benefício àqueles que estimamos. Esse menosprezo que nos custa aceitar, e que é motivo de tantas desavenças na humanidade pecadora, assume outra perspectiva quando tem por objeto o próprio Deus.

Não se trata de um coração com personalidade humana, mas o d’Aquele que disse: “Eu sou o Caminho, a Verdade e a Vida” (Jo 14, 6). Não ofereceu Ele a seus filhos a promessa de bens passageiros, mas a vida eterna e o perdão de todos os crimes, mediante o derramamento de seu sangue na Cruz. Mais ainda: fez dos pobres filhos de Eva o objeto do seu afeto e ternura, desejou estabelecer com eles o seu reino sapiencial, quis reuni-los como a galinha junta os pintainhos debaixo das asas e declarou que suas alegrias consistiam em estar com os filhos dos homens.

O que recebeu em troca? A morte mais ignominiosa e carregada de ódio que jamais houve sobre a terra e o descaso da grande maioria dos homens ao longo da História. Este é o Coração cercado de espinhos que vem bater à porta de nossas almas em busca de reparação e amor. Haveremos de negar-Lhe o que merece como Deus e pede como amigo?

Uma infinidade de tesouros ao alcance de todos

Sendo todo o seu Corpo divino digno de adoração, por que escolheu Ele o coração como sinal sensível de sua manifestação de misericórdia? Precisamente por ser o símbolo de sua vontade santíssima, de sua mentalidade, e o foco de irradiação de sua santidade. É o órgão físico em que pulsa o Verbo encarnado, a Arca preciosíssima que encerra a plenitude da Lei: o amor.

Celebrando o Sagrado Coração, nós rendemos homenagem à sua personalidade divina, insondavelmente perfeita, que abarca as qualidades de todos os anjos e homens desde o começo da criação até o fim dos tempos.

É uma invocação completa e universal, destinada a regenerar a humanidade — como dizia São Pio X —, limpá-la de suas infidelidades e fazê-la gozar da plenitude de seus dons, conforme a promessa à vidente de Paray-le-Monial: “Como te prometi, tu possuirás os tesouros de meu Coração e Eu te permito dispor deles segundo o teu beneplácito. Não sejas mesquinha, porque esses tesouros são infinitos”.(5)

O Coração de Jesus e Maria, píncaro de toda a criação

Comparando toda a ordem estabelecida por Deus na criação a uma imponente montanha, vemos que cada ser ocupa, harmonicamente, o lugar que lhe corresponde, desde um grandioso Serafim até um pequeno colibri. Em seu píncaro está o Sagrado Coração de Jesus e Maria, enquanto protótipo, exemplo e regra viva de todas as perfeições de cada uma das partes do universo.

Vendo no Homem-Deus e em sua Mãe Imaculada o conjunto de todas as qualidades criadas, não é difícil identificá-las e amá-las nos seres que nos circundam. Assim, encontramos algo de sua infinitude numa caudalosa catarata que faz jorrar abundante água desde que o mundo existe, sem nunca “cansar-se”. Suscita também nosso enlevo a generosidade divina espelhada num pelicano que não hesita em abrir o próprio peito e alimentar com sua carne os filhotes aos quais nada tem para dar. Num plano mais elevado, veremos os infatigáveis missionários espalhados pelos cantos mais recônditos da terra, manifestando o desejo que Deus tem de nos salvar; as despretensiosas religiosas que se dedicam à caridade e imolam toda a sua existência pelo bem do próximo, os Pontífices Romanos que nos ensinam a verdade…

Todos, sem exceção, têm uma vocação especifica, cuja essência e plenitude estão neste Coração inefável que jamais se nega a conceder, àqueles que Lhe pedem, o inestimável dom da santidade. Nenhum é mais precioso, nenhum é concedido com maior alegria pelo Senhor através da mediação de sua Mãe. Se os bem-aventurados o receberam, por que não o obteremos também nós?

É por isso que a Igreja repete a cada dia, em uníssono com o passado e o futuro, uma oração que traduz este anseio: “Jesus, manso e humilde de coração, fazei nosso coração semelhante ao vosso”.

1) Pe. Jean-Michel Amouriaux, Pe. Paul Milcent, Saint Jean Eudes par ses écrits, Médiaspaul, Paris, 2001, p. 140.
2) Pe. Gérard Dufour, Na escola do Coração de Jesus com Margarida Maria, Loyola, São Paulo, 2000, p. 19.
3) Idem, p. 20.
4) Pe. Victor Alet SJ, La France et le Sacré Cœur, Dumoulin ImprimeursÉditeurs, Paris, 1892, pp. 227-228.
5) Pe. Gérard Dufour, op. cit., p. 68.

0 sofrimento, sinal de dileção

Lucia Nga Thi Vu

jesus gran poder

Em uma de suas homilias quando esteve no Brasil, o Papa João Paulo II afirmou: “A cruz, símbolo da fé, é também símbolo do sofrimento que conduz à glória e da paixão que conduz à Ressurreição. ‘Per crucem ad lucem’, pela cruz, chega-se à luz: este provérbio, profundamente evangélico, nos diz que, vivida em seu verdadeiro significado, a cruz do cristão é sempre uma cruz pascal” (Hom. Rio de Janeiro, 30/6/1980).

Segundo São Tomás, após o pecado original, estabeleceu-se na alma humana a necessidade do sofrimento para lhe facilitar a aceitação de seu estado de contingência e, assim, levá-la a recorrer ao auxílio sobrenatural. Sem esse poderoso auxílio, acentuar-se-ia no homem a tendência de fechar-se sobre si mesmo e constituir-se em centro do universo. A dor obriga-o a juntar as mãos em atitude de oração e a implorar a proteção de Deus.

A cruz é uma honra que Nosso Senhor dá para aqueles a quem ama. Por isso, Garrigou — Lagrange assinala: “Que maior prova de amor pode dar Deus a uma alma do que fazer dela uma vítima de amor, em união com o Crucificado?” (LAGRANGE, 1999, p.31 O).

O aceitar com resignação todos os sofrimentos e cruzes que, ao longo da vida, tem-se de carregar é de suma importância para todos aqueles que, por amor a Deus, resolvem trilhar as vias da virtude. Nosso Senhor Jesus Cristo deu-nos esse exemplo, ao submeter-se a dores atrozes, físicas e morais, no cumprimento de Sua missão redentora da humanidade.

Porém, a compaixão de Jesus para com todos aqueles que sofrem é tão grande que Ele se identifica com eles: “Estive doente e me visitastes” (Mt 25,36). Deste modo, cumpri-se de modo perfeito a profecia de Isaias: “Tomou nossas enfermidades e sobrecarregou-se dos nossos males” (Is 53,4).

Esse amor de predileção, por todos nós, alivia-nos os sofrimentos e ajuda-nos a encará-los como o Apóstolo Paulo: “Tenho para mim que os sofrimentos da presente vida não têm proporção alguma com a glória futura que nos deve ser manifestada” (Rm 8, 18).

A verdade: guia terrestre para chegar à luz celeste

Ego sumEmelly Tainara Schnorr

“O que é a verdade?” (Jo 18, 38). É esta uma indagação feita por Pilatos a Nosso Senhor, e que se repetiu ao longo dos séculos diante de santos e mártires, por parte de reis e imperadores.

A natureza humana possui uma tendência profunda a procurar a verdade. “A sede de verdade está tão radicada no coração do homem que se tivesse de prescindir dela, a sua existência estaria comprometida” (JOÃO PAULO Il, Fides et Ratio, n. 29).

Segundo S. Agostinho, a verdade se apresenta e se oferece a todos os que são dotados de inteligência para contemplar as realidades. E é ela uma realidade muito mais sublime do que a nossa razão e a nossa mente.

A verdade está em nossa inteligência e vive na mente humana. “O verdadeiro e o falso não estão nas coisas, mas no intelecto” (ARISTÓTELES apud SÃO TOMÁS DE AQUINO, S.T. I, q. 16, a.1) .

Ela consiste em julgar que as coisas são o que na realidade são. “Dizer que é, o que é; e que não é, o que não é: eis a verdade” (ARISTÓTELES apud GILSON, p.476). E ainda: “Uma conformidade entre o que o espírito julga, e o que é” (GILSON, 1970, p. 258).

Já os sentidos não podem alcançar esta conformidade que há — “(…) esta conformidade os sentidos não conhece de modo algum” (SAO TOMÁS DE AQUINO, S.T. I, q. 16, a.1). A tal ponto que um animal, isento da capacidade intelectiva, não percebe o verum, não sabe que ele existe, pois “a verdade é a própria essência dos seres enquanto cognoscíveis pela inteligência” (JOVILET, 1972, p. 246).

Desta maneira, a verdade consistirá numa relação entre a coisa e o intelecto. Quando a coisa se conforma com o intelecto, denominamos verdade transcendental. “É uma relação de identidade de natureza entre uma coisa dada e um pressuposto ideal” (JOVILET, 1972, p. 246). Irreversivelmente, a verdade tornar-se-á conhecida para nós apenas quando o nosso intelecto se conformar com a coisa. “Daí resulta que conhecer tal conformidade é conhecer a verdade” (SÃO TOMÁS DE AQUINO, S.T. I, q. 16, a. 2).

Sem embargo, esta relação da coisa com o intelecto, pode ser uma relação por si (per se), quando a coisa depende do ser. Ou por acidente (per accidens), quando se refere ao intelecto pelo qual ela é cognoscível. (SAO TOMÁS DE AQUINO, S.T. I, q. 16, a. 1).

No momento em que o intelecto humano se conformar com o objeto conhecido, temos uma verdade lógica. “É uma propriedade não mais das coisas, mas da inteligência cognoscente” (JOVILET, 1972, p. 247).

Entretanto, todas as verdades existentes são destinadas a refletir uma única Verdade, que é Deus, e tão somente através do intelecto divino é que as coisas são verdadeiras. É como se fosse um vitral atravessado pelo sol, espargindo diversas cores, as verdades são cada uma destas cores, segundo o seu próprio modo de ser, todas espelhando a Verdade Suprema.

“A perfeição do intelecto é o verdadeiro enquanto conhecido” (SÃO TOMÁS DE AQUINO, S.T. I, q.16, a.1). Diz a Escolástica que a felicidade do entendimento é o repouso na contemplação da Verdade.

Ora, dissemos anteriormente que o homem sempre está a procura da verdade. Como explicar, então, que possa cair no erro e na falsidade?

A falsidade é o oposto da verdade. “O verdadeiro e o falso se opõem como contrários” (SÃO TOMÁS DE AQUINO, S.T. I, q. 17, a. 4). Ou seja, se da verdade se pode definir o que é, a falsidade consiste em afirmar “que não é o que é; ou que é o que não é” (GILSON, 1970, p. 475), sendo esta uma afirmação contraditória com a verdade. Em outro lugar: “A falsidade consiste na não-conformidade entre o conhecimento e a coisa” (SÃO TOMÁS DE AQUINO. In: Pensadores, 1996, p. 115-116).

Por exemplo, quando em um objeto aparecem externamente qualidades sensíveis as quais demonstram uma natureza que não lhe corresponde, dizemos que este objeto é falso.

A natureza humana é tão propensa à verdade que quando o homem ama algo contrário a ela, ele quer que este algo seja verdadeiro. Com isto, cai em erro, persuadindo-se de que é verdadeiro o que na realidade é falso (AGOSTINHO apud CORRÊA DE OLIVEIRA, 2002, n49, p. 30).

Monsenhor João Clá explica que o homem não pratica o mal pelo mal, assim como também não pratica o erro pelo erro. Então, ele porá aspectos de verdade ao erro que abraçou.Por conseguinte, a falsidade se inviscerará na verdade, necessitando alimentar-se dela. “Tudo o que é falso está fundado em algo verdadeiro” (SÃO TOMÁS DE AQUINO, S.T. I, q. 17, a. 4).

Destarte, contemplando a humanidade hodierna, percebemos o quanto ela se desviou do “Caminho, a Verdade e a Vida” (Jo 14, 6), que é Nosso Senhor. Conseqüentemente, escravizou-se à falsidade, embriagando-se de todos os vícios que dela provém.

Compreendemos, então, o quanto a verdade é a nossa guia terrena e tendo-a encontrado, devemos aderir e adequar nossa vida a ela para chegarmos à morada celeste.

E renovareis a face da Terra…

Pentecostes4

Se da ação do Espírito Santo em Pentecostes nasceram tantas belezas da cultura e da civilização e, sobretudo, tantos milagres da graça, o que não aconteceria se houvesse um novo sopro do Paráclito sobre a face da Terra?

Irmã Clara Isabel Morazzani Arráiz, EP

Incansável, ardendo de zelo pela glória de Deus, o Apóstolo Paulo percorria as cidades da Grécia, pregando a todos o Evangelho de Cristo. Por vezes, a hostilidade de muitos se opunha a seu apostolado e atentava contra sua vida. Grande era, entretanto, o consolo que lhe proporcionavam as numerosas conversões. Chegando a Atenas — cidade rica e orgulhosa, centro da filosofia e do intelectualismo — o coração do Apóstolo das Gentes encheu-se de amargura, à vista de tanta idolatria (cf. At 17, 16). Entre os múltiplos locais de culto, onde eram oferecidos sacrifícios às divindades mais absurdas, deparou ele com um altar no qual figurava esta inscrição: “A um deus desconhecido”. Chocado ante a ignorância daquele povo, sem embargo tão inteligente, Paulo pôs-se a pregar no Areópago, exclamando: “O que adorais sem o conhecer, eu vo-lo anuncio!” (At 17, 23). E logo os iniciou no conhecimento da verdadeira religião.

Nos dias de hoje, em nosso Ocidente cristão, não vemos mais aqueles templos destinados à adoração dos ídolos, pobres imagens feitas por mãos humanas. Pelo contrário, passados quase dois mil anos de pregação apostólica, continuada fielmente pelo Magistério, erguem-se agora numerosos templos cristãos, ostentando no alto de suas torres o glorioso símbolo da cruz.

Entretanto, se a confissão de um só batismo e a crença na Trindade reúnem os cristãos, não faltam aqueles para os quais o Espírito Santo poderia chamar-Se o “Deus desconhecido”. Semelhantes aos discípulos de Éfeso que, interrogados por Paulo, responderam: “Nem sequer ouvimos dizer que há um Espírito Santo” (At 19, 2), muitos são hoje os que, sem chegar a esse extremo, desconhecem as características e os poderes do Paráclito e se esquecem de invocá-Lo.

Quanto mais O conhecemos, mais O amamos

No Antigo Testamento, a humanidade ignorava a existência de Três Pessoas em uma única Essência Divina; e se algumas expressões dos Livros Sagrados faziam vislumbrar esse conhecimento, eram apenas lampejos de uma Revelação que Deus Se reservava transmitir por meio de Seu Filho, na plenitude dos tempos.

Errôneo seria julgar que a doutrina sobre o Espírito Santo não deveria ser difundida entre os fiéis, por temor de causar confusões ou desvios. Não foi este o exemplo dado pelo Salvador, ao prometer a vinda do Paráclito ou ao explicar tal mistério ao velho Nicodemos, que não chegava a compreendê-lo. Também não foi essa a conduta observada pelos discípulos de Jesus ao escreverem repetidas vezes sobre a ação e a presença da Terceira Pessoa Divina no seio da Igreja.

Em sua Encíclica Divinum illud munus, o Santo Padre Leão XIII exortava aos pregadores a ensinar e inculcar essa devoção no povo cristão, visto que seus frutos haviam se revelado abundantes e profícuos:

“Insistimos nisso não só por tratar-se de um mistério que nos prepara diretamente para a vida eterna e que, por isso, é necessário crer firme e expressamente, mas também porque, quanto mais clara e plenamente conhecemos o bem, mais intensamente o queremos e o amamos. Isso é o que agora queremos recomendar-vos. Devemos amar o Espírito Santo, porque é Deus: ‘Amarás o Senhor teu Deus, de todo o teu coração, de toda a tua alma e de todas as tuas forças’ (Dt 6, 5). E deve ser amado porque é o Amor substancial eterno e primeiro, e não há coisa mais amável que o amor; portanto, tanto mais devemos amá-Lo quanto Ele nos cumulou de imensos benefícios que, se testemunham a benevolência do doador, exigem a gratidão da alma que os recebe” (Divinum illud munus, 13).

Entender como coração, e não apenas com o intelecto

Ao procurar nos aprofundar no conhecimento desse Divino Espírito, a quem a Igreja invoca como “Luz dos corações”, façamo-lo não apenas por um exercício do intelecto, mas compreendendo, sobretudo, o coração.

A inteligência,como explica São Tomás, é potência régia e imóvel: traz a si o objeto sobre o qual ela se aplica e o torna proporcionado à sua capacidade. Se esse objeto é superior à razão, ela forçosamente o diminuirá ao adaptá-lo a si. A vontade percorre o caminho inverso: naturalmente inclinada à entrega e à doação de si mesmo, ela voa até o objeto e adquire suas proporções. Quando este se manifesta superior, eIa se alarga e cresce até tomar as suas medidas.

Ora, no caso do Espírito Santo, não se trata de um objeto apenas superior ao pobre entendimento humano, mas de um Ser infinitamente distante de nossa frágil natureza. É necessário voarmos a Ele com a vontade, amando-O sem medida até nos tornarmos “deuses” como Ele mesmo afirma nas Escrituras (cL SL 81, 6; Jo 10, 34-35). Deste modo, estaremos aptos para anunciá-Lo àqueles que ainda não O conhecem, conforme a expressão de Lacordaire: “ La raison ne fait que parler, c’est l’amour qui chante!”– A razão só sabe falar, é o amor que canta!

Pobre por amar os pobres, mas rico em santidade

Irmã Clara Isabel Morazzani, EP

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São José Benedito Cottolengo

“Tereis sempre pobres entre vós” (Mt 26, 11). São José Cottolengo abraçou avidamente essa preciosa herança deixada por Jesus à sua Igreja e a eles dedicou toda a sua existência.

A santidade não provém de um puro esforço feito pelo homem, mas sim de uma singular graça concedida por Deus. Ora, Jesus, Homem-Deus, sendo o Criador e, ao mesmo tempo, o escrínio de todas as graças, pode e quer dispensá-las a todos que delas necessitem e as desejem. O heroísmo na prática das virtudes, como se pode definir a santidade, é, pois, uma graça participativa dessa maravilhosa plenitude que habita em Nosso Senhor e é liberalmente outorgada por Ele. Um desses privilegiados foi José Benedito Cottolengo, suscitado por Deus na conjuntura dos séculos XVIII e XIX.

Atraído pela compaixão de Jesus para com os pequeninos

Sem deixar de ver a Deus na sua totalidade, cada santo põe um acento todo especial na contemplação de algum aspecto pelo qual é particularmente cativado e convidado a ser reflexo. Em concreto, José Cottolengo sentiu-se atraído pela bondade e compaixão de Jesus em relação aos pequeninos, aos pobres e doentes. Compreendeu em profundidade as riquezas de amor do Coração de um Deus por aqueles a quem denominou como os “menores de meus irmãos” (Mt 25, 40).

No alto da Cruz, o Salvador obteve por seu Sangue a filiação divina e a filiação de Maria para toda a humanidade. Por esta dupla dádiva, tornou-Se Ele mesmo nosso verdadeiro irmão. Quanta união, quanto embricamento de afeto há entre os filhos nascidos de uma mesma família! E, entretanto, esses laços de sangue são apenas pálidas imagens do insuperável amor fraterno que Jesus nutre por todos nós! São José Benedito Cottolengo penetrou nesse mistério e procurou manifestá-lo em sua vida, dedicando-se com total desinteresse àqueles que se acham na orfandade natural e espiritual, aliviando-lhes não só as dores corporais mas também as enfermidades de alma.

Primeiros passos na vocação

José Benedito Cottolengo nasceu em Bra, no Piemonte, em maio de 1786. Desde a infância deu provas de sua vocação, sendo encontrado um dia medindo um dos quartos de sua casa com o objetivo de saber quantas camas caberiam ali para receber doentes.

Terminados os estudos, dos quais saiu-se brilhantemente graças à intercessão de São Tomás de Aquino, foi ordenado sacerdote e mais tarde, em 1818, eleito cônego do cabido de Corpus Domini em Turim.

Em 1827 deu início à sua obra, fundando a “Pequena Casa da Divina Providência”, onde acolheu inúmeros enfermos e abandonados. Para o cuidado destes, criou primeiro um instituto de religiosas chamado “Filhas de São Vicente” e, alguns anos depois, outro, denominado “Irmãos de São Vicente de Paulo”.

Confiança cega na Providência

As dificuldades para a realização de seus desígnios não foram pequenas. Muitos outros dotados de uma fé robusta, mas não cega como a sua, teriam desanimado na metade do caminho. Continuamente achava-se sem recursos e acossado por credores incompreensivos exigindo o pagamento das dívidas. Por outro lado, via crescer todo dia o número de seus protegidos que acorriam à “Pequena Casa”, atraídos, não só pelas necessidades de saúde, mas, sobretudo, pela fama de sua bondade sem limites.

Quem conhecesse a atividade incessante dessa obra, acreditaria ser seu fundador um homem inquieto e preocupado, metido nos assuntos materiais, desejoso de tudo vigiar e governar. Nenhum juízo poderia ser tão falso a seu respeito: São José Benedito era um varão essencialmente contemplativo e desapegado das coisas terrenas. A característica preponderante de sua santidade e de sua missão era a inteira confiança na Divina Providência. Poder-se-ia dizer que toda a sua espiritualidade sintetizava-se nesta frase do Evangelho: “Buscai em primeiro lugar o Reino de Deus e a sua justiça e todas estas coisas vos serão dadas por acréscimo” (Mt 6, 33).

Com freqüência costumava dizer aos seus: “Estai certos de que a Divina Providência nunca falta; poderão faltar as famílias, os homens, mas a Providência não nos faltará. Isso é de fé. Portanto, se em alguma ocasião faltar algo, isso só poderá ser atribuído à nossa falta de confiança. É necessário confiar sempre em Deus; e, se Deus responde com sua Divina Providência à confiança ordinária, proverá extraordinariamente a quem extraordinariamente confiar”.

“Por que vos inquietais por tão pouco?”

Uma fé assim levada a grau tão heróico só poderia obter resultados miraculosos, e estes foram abundantes ao longo da existência de nosso santo. Em certa ocasião, a religiosa encarregada da cozinha veio anunciar-lhe:
— Nada resta de farinha na casa… Amanhã não haverá pão para alimentar os indigentes!

— Por que vos inquietais por tão pouco? Bem vedes como a chuva cai às torrentes e é impossível mandar alguém sair neste momento — respondeu ele.

A boa irmã, que não atingira na perfeição aquele santo abandono de seu Fundador, retirou-se muito descontente com a resposta. Alguns instantes depois, Cottolengo entrou no refeitório e — imaginando-se só, sem desconfiar que outra irmã o espiava pelo buraco da fechadura — ajoelhou-se diante da imagem da Santíssima Virgem e orou fervorosamente com os braços em cruz.

Passaram-se apenas alguns minutos e um homem, conduzindo uma carroça, apresentou-se à porta do estabelecimento. Sem querer informar de onde vinha nem por quem fora enviado, declarou ter o encargo de depositar na “Pequena Casa” toda a farinha que trazia em seu veículo. As freiras logo acorreram, alvoroçadas, para contar tudo ao santo cônego. Este acolheu a notícia sem manifestar a menor surpresa e tranqüilamente lhes deu ordem de fazer o pão.

O dinheiro apareceu no bolso

Em outra ocasião, São José Benedito viu-se diante de uma situação ainda mais apertada. Um de seus credores chegou a ameaçá-lo de morte caso não lhe pagasse a dívida naquele mesmo instante. Ele desculpou-se, pediu-lhe para ter um pouco mais de paciência, prometendo fazê-lo tão logo fosse possível. Mas o homem mostrou-se inflexível e, sem mais, tirou de dentro de sua vestimenta uma arma com a qual se dispunha a acabar com a vida do santo. Num gesto maquinal, este levou a mão ao bolso e, para sua grande surpresa, encontrou um rolo contendo exatamente a soma reclamada. Entregou-a logo ao credor e este partiu dali confuso por sua atitude violenta, e impressionado diante do milagre e do exemplo de serena confiança que acabava de presenciar.

Abandono à vontade de Deus

Seu desejo de fazer o bem a todos quantos dele se aproximavam não conhecia restrições nem obstáculos: chegava ao extremo de prodigalizar os cuidados mais humildes aos doentes e de entrar nos jogos dos débeis mentais, com o intuito de distraí-los. Não considerava isto uma humilhação, pois analisava tudo com vistas sobrenaturais, sabendo que o importante não está em fazer grandes obras ou realizar prodígios estupendos, mas sim em ser aos olhos de Deus aquilo que Ele quer de nós. Dessa elevada concepção da vida, que impregnava todos os seus atos, decorria o alegre desprendimento com o qual se abandonava à vontade de Deus, repetindo sempre: “Por que ficais angustiados pelo dia de amanhã? A Providência não pensará nisso, pois já pensastes vós. Não arruineis, portanto a sua obra e deixai-a agir. Embora nos seja permitido pedir um bem temporal determinado, entretanto, quanto ao que a mim se refere, temeria cometer uma falta se pedisse algo nesse sentido”.

Em 1842 faleceu José Benedito Cottolengo. Durante sua permanência neste mundo, os anseios de seu coração e a vida de sua alma estiveram voltados unicamente para a glória de Deus. Por isso deixou atrás de si uma obra monumental de Caridade para com próximo, que hoje está presente em quatro continentes, como prova irrefutável da veracidade da promessa de Jesus Cristo. Ele só procurara o Reino de Deus e sua justiça, Nosso Senhor lhe concedera tudo por acréscimo.

Um lugar de honra lhe está reservado entre os cordeiros da direita naquele dia supremo, quando o justo Juiz dirá: “Vinde, benditos de meu Pai! Recebei como herança o Reino que meu Pai vos preparou desde a criação do mundo! Pois Eu estava com fome e Me destes de comer; estava com sede e Me destes de beber; era estrangeiro e Me recebestes em casa; estava nu e Me vestistes; estava doente e cuidastes de Mim; estava n prisão e fostes Me visitar (,..)

Em verdade Eu vos digo que todas as vezes que fizestes isso a um dos menores de meus irmãos, foi a Mim que o fizestes!” (Mt 25,34-36 e 40)

A mensageira do Sagrado Coração de Jesus

Irmã Laura de Melo Aquino, EP

A mensagem da qual ela foi portadora mostraria à humanidade, de um modo nunca antes imaginado, a insondável intensidade do amor que Ele tem a cada um de nós.

ParayLeMonialBasiliqueQuando Margarida Maria Alacoque tinha apenas quatro anos de idade, começou a sentir-se levada a dizer diversas vezes: “Ó meu Deus, eu Vos consagro minha pureza e Vos faço voto de castidade perpétua”. Algo surpreendente numa menininha daquela idade, que nem sabia o que isso significava — como diria mais tarde em suas memórias.

Era já o início extraordinário da história desta alma, na qual a graça divina agia preparando-a para pertencer somente a Jesus. Assim, ela poderia cumprir eximiamente uma crucial missão em benefício da humanidade: ser a mensageira do Sagrado Coração.

Luta entre a vocação e o atrativo pela vida comum

Margarida nasceu em 22 de julho de 1647 na Borgonha, França. Seu pai era juiz e notário real, mas homem de pequenas posses.

Quando tinha 8 anos de idade, foi surpreendida pelo falecimento de seu pai, e a família precisou enviá-la para a escola das clarissas de Charolles. Ali, uma estranha enfermidade reduziu-a a um tal estado de debilidade que, ao cabo de algum tempo, sua mãe a levou de volta para casa. “Passei quatro anos sem poder caminhar”, dirá ela depois. Vendo a ineficácia dos remédios, voltou-se para a Virgem das Virgens e fez-lhe o voto de entrar para a vida religiosa, se ficasse curada. Foi atendida com rapidez, restabelecendo-se instantaneamente.

Entretanto, quando Margarida completou 17 anos, sua mãe e seus irmãos decidiram que ela devia se casar. Deixando-se levar pelo amor filial, a jovem aos poucos começou a tomar parte nos folguedos de sua idade — embora se guardando de ofender a Deus — e a acariciar a idéia de contrair matrimônio, mesmo porque já tinha vários pretendentes. No seu interior travou-se então uma demorada e intensa batalha: de um lado, a atração pela vida comum lhe sussurrava ser até um dever de piedade filial constituir um lar, pois assim poderia amparar melhor sua mãe enferma. De outro, a voz da graça lembrava-lhe o voto de castidade perfeita que fizera já na infância, bem como a promessa de fazer-se esposa de Cristo. Não importa, você era muito criança para entender o que dizia, portanto, essas promessas não tinham valor; você agora é livre! — era a resposta que lhe vinha em seguida à mente.

Esse cruel embate de alma durou alguns anos. Mas, ajudada de modo sensível por Nosso Senhor, a vocação religiosa acabou por vencer: em 1671, ela entrou como postulante no Mosteiro da Visitação, de Paray-le-Monial.

Santa Margarida Maria AlacoqueSanta ou visionária?

Desde a infância, Margarida fora beneficiada por experiências místicas. As mais importantes, porém, ocorreram no convento, a partir de 27 de dezembro de 1673, quando passou a receber uma série de revelações do Sagrado Coração de Jesus, o qual a incumbia de ser a encarregada de divulgar essa devoção.

As três superioras que, a cada seis anos, assumiram sucessivamente a autoridade no convento de Paray-le-Monial convenceram-se da santidade de Margarida e da autenticidade das revelações que recebia. Contudo, ela sofreu acirrada oposição dentro da comunidade, que a tratava como uma excêntrica visionária. Seu principal apoio veio de São Cláudio de la Colombière, jovem sacerdote jesuíta que foi durante certo tempo confessor das freiras e testemunhou serem reais as visões da Santa.

São Cláudio foi enviado à Inglaterra, como confessor da duquesa de York — esposa do futuro rei Jaime II —, e ali pregou pela primeira vez a devoção ao Sagrado Coração de Jesus, obtendo várias conversões entre as damas da nobreza. No entanto, sofreu perseguição em virtude de um complô anticatólico, e passou um tempo na prisão. De volta à França, com a saúde abalada, poucas vezes pôde encontrar-se com Santa Margarida, morrendo muito cedo. Sua partida deste mundo, porém, não abalou a religiosa. Por sua perseverança, docilidade, espírito de obediência e caridade, ela acabou vencendo as oposições e conseguiu cumprir sua missão, começando por introduzir em 1686 — no início para um círculo restrito de seu próprio convento — a festa do Sagrado Coração de Jesus. Esta se espalhou com rapidez por outros mosteiros da Visitação, e transbordou para o exterior da congregação.

Após uma existência na qual consumiu-se sem cessar no amor ao Sagrado Coração de Jesus, Santa Margarida Maria Alacoque morreu em 17 de outubro de 1690, aos 43 anos de idade. Foi canonizada por Bento XV em 1920. Seu corpo está colocado sob o altar da capela do convento onde viveu, e os peregrinos que ali vão rezar a ela alcançam insignes graças.

Fé e razão: arco do conhecimento

agustin_2 copyLuisana Miguelina Estévez

Deus, ao criar o homem à Sua imagem, num ato libérrimo, “deu-lhe alma, dotada de razão e de inteligência, que o tornou superior aos animais restantes, terrestres, nadadores e voadores, destituídos de mente” (SANTO AGOSTINHO. A cidade de Deus. L.XII, c.XXIII). E também lhe deu a plena liberdade, infundindo-lhe no coração o desejo de conhecer a Verdade Absoluta, que é Ele, para que conhecendo-O e amando-O possa chegar à verdade plena e perfeita de si mesmo (JOÃO PAULO II. Fides et Ratio).

Ora, o entendimento humano, na luta por alcançar tais verdades, depara-se, pelo caminho, com uma série de dificuldades, produto das sequelas do pecado de Adão; e estas, muitas vezes, levam-no a desistir ou a duvidar, em sua procura, ou até mesmo, em certas ocasiões, a negar aquilo que não quer admitir como verdadeiro.

Disto resulta que muitos dos filósofos antigos, no seu interesse por querer explicar a origem de todas as coisas, caíam, na maioria dos casos, em grandes erros, posto que suas teorias eram unicamente baseadas no que o intelecto humano podia alcançar, sendo que existem verdades que não podem ser demonstradas pela razão humana. Quão equivocados estiveram estes homens “que desejaram a natureza sem a graça [e] a razão sem a fé” (CLÁ DIAS, 1996, s.p.).

O Doutor Angélico (S.C.G., L.I, c.4) ensina que este descobrimento possui uma profundidade tal, que faz com que o entendimento humano, só depois de muito exercício, se encontre em condições para captá-lo pela via racional. Devido a estas dificuldades, o conhecimento pleno de Deus é mais acessível com o apoio da Revelação. Por isso, o apóstolo Paulo menciona e adverte que o cognoscível de Deus se compreende porque Ele mesmo o manifestou (Rm 1, 19).

Desta maneira, se faz mister a Revelação Divina, uma vez que Deus quer que “omnes homines vult salvos fieri et ad agnitionem veritatis venire” ― todos os homens se salvem e cheguem ao conhecimento da verdade (I Tim 2, 4). E a própria Sagrada Escritura ressalta o papel fundamental da fé nos homens, quando nos diz que “a fé é o fundamento da esperança, é uma certeza a respeito do que não se vê” (Hb 11, 1).

Apesar de tudo isso, não se pode negar o importante papel que desempenha a razão, nem se quer estabelecer um divórcio entre uma e outra, mas o que se quer é acentuar e tonificar a união fraterna que deve existir entre ambas, já que se poderia dizer que constituem duas asas com as quais o espírito humano se eleva para a contemplação da Verdade (JUAN PABLO II, Fides et Ratio). Diz Clá Dias (2010) que a fé é um rationabile obsequium, um reforço da inteligência, já que lhe proporciona o que esta não consegue alcançar. Corrobora tal afirmação João Paulo II (Fides et Ratio, no.42) quando afirma: “a fé requer que seu objetivo seja compreendido com ajuda da razão; por sua vez a razão, no apogeu de sua indagação, admite como necessário aquilo que a fé lhe apresenta”.

Consequentemente, uma leva a outra pela mão. A fé, que diviniza os atributos humanos, e a razão que, divinizada pela fé, compreende melhor o que por si só não compreenderia.

Esse problema da relação entre Filosofia e Teologia, ciência e fé, razão e Revelação esteve presente já em muitas das indagações dos primeiros Padres da Igreja, nos primeiros tempos do Cristianismo, como nos explica Adriano (2007, p.36): “a questão era saber se com o surgimento da fé […], a razão ainda conservaria qualquer utilidade ou se tornaria um perigo para o crente”. Enquanto uns discutiam sobre a antinomia entre ambas e seu total desacordo, outros defendiam sua completa harmonia, afirmando serem elas “duas forças noéticas que trabalham para o mesmo objetivo: a posse da verdade” (ADRIANO, 2007, p.36).

Não pode haver uma separação entre fé e razão, posto que “formam nisto um par de gêmeas peculiares, não podendo nenhuma das duas separar-se totalmente uma da outra e, todavia, cada uma deve conservar sua própria tarefa e identidade” (BENTO XVI, 2008, apud CASTÉ, 2009, p.24), pois o mesmo Deus, que dispôs a Revelação para a salvação do homem, infundiu no espírito deste a luz da razão (PIO IX, Dei filius), para que fazendo uso dela demonstre quão certas são aquelas verdades à que se teve acesso pela fé.

O batismo do sino

Sino1 Irmã Carmela Werner Ferreira,EP

Melodioso, disciplinado e amigo, o sino sempre nos lembra seu caráter genuinamente cristão.

Quem não se encanta ao ouvir o sonoro timbre do sino que, do alto do campanário, nos convida a elevar nossa mente ao Céu e dirigir a Deus uma súplica, um louvor?

O sino é uma verdadeira maravilha da arte, pela simplicidade de suas linhas, beleza de suas proporções e riqueza de suas notas.

Origem do sino
Os judeus e os pagãos conheceram somente o tintinnabulum ou campainha. Esta miniatura do sino é nomeada pela primeira vez no livro do Êxodo. Deus ordenou a Moisés guarnecer de campainhas de ouro a orla inferior do manto de Aarão, o primeiro Sumo Sacerdote, e acrescentou: “Aarão será revestido desse manto quando exercer suas funções, a fim de se ouvir o som das campainhas quando entrar no Santuário, diante do Senhor, e quando sair” (Ex 28, 35). Em número de 72, destinavam-se elas a recordar aos filhos de Israel que a Lei lhes havia sido dada ao som da trombeta.

Entre os gregos e romanos, as campainhas eram usadas em diversos atos civis e religiosos, desde a abertura dos banhos públicos até a consagração de algum templo.

Durante o período das perseguições, deveriam ser silenciosos os meios de chamar os cristãos para as reuniões, de modo a não despertar a atenção dos pagãos. Depois de Constantino, a Igreja do Ocidente passou a servir-se de trombetas para essa finalidade, e a do Oriente usava duas lâminas de cobre, que se batiam uma contra a outra.

Não se sabe quem foi o idealizador do sino como hoje o conhecemos. Segundo relato de Santo Isidoro de Sevilha, falecido em 636, sua origem é a região da Campânia, Itália, muito provavelmente a cidade de Nola.

Sino5 copyO sino nasceu católico
Nos tempos de Carlos Magno, que reinou de 768 a 814, os sinos eram já muito conhecidos. A propósito da solicitude deste soberano pelas coisas eclesiásticas, o monge de Saint Gall nos conta este singular fato:
“No império de Carlos Magno vivia um hábil fundidor que fez um excelente sino. Apenas soube disso, o imperador ficou penetrado de admiração. Prometeu-lhe o fundidor fazer um muito mais belo se, em vez de estanho, ele lhe desse cem libras de prata.
“A soma foi-lhe logo entregue; mas esse mau homem usou estanho, em vez de prata, e em pouco tempo apresentou o novo sino a Carlos Magno. Gostou dele o imperador e ordenou que lhe pusessem o badalo e o içassem ao campanário.
“O guardião da igreja e os outros capelães tentaram tocá-lo, mas não conseguiram. Vendo isso, o fundidor pegou na corda presa ao badalo e pôsse a puxá-la. Mas o badalo se desprendeu, caiu-lhe na cabeça e o matou.”
E o monge cronista conclui: “Aquilo que é mal adquirido, a ninguém aproveita”.

O sino nasceu católico, sua invenção foi reservada à Igreja. E esta o ama como a um filho, a ponto de até batizá-lo. Bem entendido, não se trata do Batismo sacramental, que nos torna filhos de Deus, mas de um cerimonial de consagração, como se faz com os vasos sagrados.

A cerimônia de batismo
O batismo ou bênção do sino era uma cerimônia outrora reservada ao bispo, e somente os sacerdotes tinham o direito de tocá-lo.

Vejamos como antigamente ela se realizava.

Era um ato solene. Reuniam-se os fiéis em torno do sino, suspenso alguns metros acima do solo. Perto dele estavam colocados a água, o sal, os santos óleos, o incenso, a mirra, o turíbulo aceso. O bispo apresentava-se em trajes pontificais, acompanhado do clero e seguido do padrinho e da madrinha do sino. Depois de cantar sete salmos que exaltam o poder e a bondade do Criador e, num contraste tocante, confessar a fraqueza e as necessidades do homem, o bispo benzia a água e aspergia o sino, ao qual conferia o poder e a missão de afastar de todos os lugares, onde o seu som repercutisse, as potências inimigas do homem e de seus bens: os demônios, o raio, o granizo, os animais maléficos, as tempestades e todos os espíritos de destruição.

Em seguida, os diáconos o lavavam com água benta, por dentro e por fora, e o enxugavam. Logo após, recitavam com o bispo seis salmos que convidam todas as criaturas a louvar o Senhor e agradecer-Lhe por seus benefícios.

Seguiam-se as unções com os óleos sagrados, traçadas pelo bispo em forma de cruz: sete no exterior do sino, com o óleo dos enfermos, simbolizando os sofrimentos e a morte do nosso Salvador; e quatro no interior, com o óleo da crisma, significando a Ressurreição de Cristo e as quatro qualidades dos corpos ressuscitados, que são a agilidade, a claridade, a sutileza e a impassibilidade.

Em seguida, o ministro deitava incenso e outros perfumes no turíbulo, e colocava-o debaixo do sino, enchendo o seu interior de uma nuvem suave e odorífera.

Cabia aos padrinhos escolheremlhe um nome, o qual devia ser sempre o de um Bem-Aventurado do Céu. Uma vez escolhido o nome — por exemplo, São Miguel —, o bispo dirigia-se ao próprio sino: “Em honra de São Miguel, a paz doravante esteja contigo, caro sino”.

A cerimônia terminava pelo canto do trecho do Evangelho no qual é relatado o simbólico episódio de Marta e de Maria (cf. Lc 10, 38-42). Uma eloqüente maneira de dizer que o sino ensina aos cristãos a vida ativa de Marta, mas sem descuidar a vida contemplativa de Maria.

Quando estiver suspenso no campanário, seu bronze sonoro convocará os vivos, chorará os mortos, reunirá o clero, dará brilho às solenidades. Ele será arauto de Deus, colocado entre o céu e a terra.